POR MARCELO MELLADO
ILUSTRACIÓN: ALEN LAUZÁN

Excluyendo el de sus viajes, hay unos cuantos libros que relatan el paso del naturalista por distintos lugares de Chile, ya sea por la Patagonia, por Chiloé, por el valle del Aconcagua o por otros lugares del país.
También estuvo en Casa Piedra, como nos recuerda Rafael Gumucio, y todo el periodismo escrituroso apela a los lugares comunes sobre el viajero insigne. El mismísimo Mercurio envió a Warnken a recorrer los senderos del inglés, como una especie de Jemmy Button neoliberal en busca de un bello cautiverio.

Siempre me ha apasionado este capítulo de la historia austral, el capítulo de Button. Su nombre yámana era Orundellico y la anecdótica histórica lo ubica como un personaje clave en la historia no institucional de la República. Lo cierto es que el primer encuentro con Chile de Darwin es el contacto con este “chileno” que viene de vuelta en el Beagle, el del siniestro capitán Fitz Roy. Estamos ante el comienzo del otro relato colonial, el que nos bautiza como los ingleses de América Latina, supongo. Es decir, como diría mi hermano, “la historia de la cultura es la historia de su transporte”. Y este canoero austral hizo un periplo épico hasta volver a sus canales de origen y el misterio se lo lleva en un registro nebuloso que incluye una sangrienta resistencia. La historia del Otro siempre es una tarea pendiente.

Hasta que Darwin llega a nuestro puerto -¡y cómo no iba a pasar por San Antonio si existe la democrática necesidad de que nos rectifiquen el origen!- aprovechando una feria del libro usado que se hace por acá y que pretende dedicar el evento al recuerdo del investigador imperial decimonónico. Obviamente hay un eslabón perdido que se encuentra, siempre lo hay; la idea es conectarse con la extraña celebración bicentenaria, como la de la República. Chile y Darwin tienen una relación muy estrecha, qué duda cabe, él es un viajero que no sólo habló de nosotros, también nos fundó, en cierto sentido, para la dependencia cultural y nos hizo victorianos. La pregunta de si la corriente de Humboldt existía antes de Humboldt o si el Estrecho de Magallanes existía antes del navegante, tienen una respuesta precisa: NO. La nominación da existencia legítima, sobre todo si viene de Europa. Algo así ocurrió con su visita, él nos honró con su viaje, porque nos tuvo en su itinerario, nos recogió, nos recolectó, nos clasificó y nos comentó, y muchos objetos llevan su nombre, cómo no mencionar el darwinismo social y más de un pajarraco austral.

Según leo en su libro de viajes, lo más cerca de San Antonio que pasó fue por Navidad y Casablanca. Pregunté en el mesón del Caoba (Darwin también estuvo en ese bar de Llo-Lleo) cuál de las dos localidades quedaba más cerca y no hubo acuerdo, pero es un hecho que, por lo menos, Darwin anduvo por Llo-Lleo. Algo le comenté a mi amigo Padilla (con quien nos disputamos el lugar del mesón que está frente a la tele).

Esto de Darwin fue el 22 de septiembre de 1834, y pasa muy enfermo, camino a Valparaíso. El mismo autor comenta que un rico hacendado le da hospedaje y que aunque estaba enfermo recoge algunas conchas marinas. Y el 24 de septiembre se dirige hacia Valparaíso.

Yo me imagino que cruzó por ahí por Leyda y tomó una ruta por arriba (la de la costa no exixtía), la que hasta el día de hoy conduce a Casablanca, cerca de Lo Zárate (donde está mi casa original), por las comunas de San Antonio y Cartagena. Sí, Darwin pasó por acá. Y la ruta, aunque poco arbustiva, debe haber estado plagada de palmas, de ésas que el naturalista encontró feas.

En ese contexto, son fascinantes las reflexiones que hace Darwin sobre derecho minero (ya nos penaba el tema del Royalty), sobre el paisaje y sobre la población; un botón de muestra es cuando está en la zona del Aconcagua, camino a Santiago, duerme en un rancho y (cita textual) “el patrón, hablando de la situación de Chile en comparación con otros países, se expresó en términos muy humildes: ‘Unos ven con dos ojos y otros con uno; pero por mi parte no creo que Chile vea con ninguno’” .

Percibo en nuestro panorama culturoso las ganas de ser relatados por otro que nos legitime y rectifique, sobre todo si el relator marcó una impronta discursiva. A este respecto el sentido común académico nos dice que Darwin habría dado un duro golpe al ego de la especie, Galileo habría hecho lo suyo y también Freud; no somos el centro del universo, no somos dueños de nosotros mismos y este otro que nos dice que somos meros objetos evolutivos, pero que igual hay que rescatarlo para el bicentenarismo cultural (a pesar de la cultura católica), porque nos incluyó referencialmente en su texto.

Darwin no fue Pedro de Valdivia, aunque cumplió una función parecida, también representaba a un imperio. Y si queremos incorporarlo al barrio de nuestra identidad tenemos que partir porque ciertas avenidas importantes lleven su nombre, y también algunas instituciones, como universidades y colegios públicos.