POR JAIME RIVERA

    Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
    Horacio Quiroga

Entonces te das una vuelta y ya está ahí, sobre ti, un latigazo de luz blanca y un sonido de vidrios rotos, no hay dolor, apenas la sensación fresca de la sangre que te salpica el cuello.

Es así como luego despiertas y aún está oscuro, hay un pequeño momento en que todo es una pregunta y luego sí, llega el dolor como respuesta primordial y absoluta. En esas condiciones hasta el charco de agua sucia resulta algo agradable, como si pudiera lavar tu cuerpo, desde tus mejillas a los pies que recién ahora intentas mover. Algo quiere acercarse por dentro de tu cabeza, pero no le das la oportunidad, ya no quieres más memoria, si el golpe no te mató esperas que el dolor si lo haga.

Pero el tiempo avanza, la sangre se va secando, si no es por las ganas de vomitar quizá hubieras podido seguir con la mente en blanco, pero la convulsión es más violenta que cualquier cosa de lo que has vivido esta noche y te obliga a levantar la parte superior de tu cuerpo con ambas manos, el flujo desde el estómago hasta la calle es liberador, ojalá pudieras irte también junto a los restos de comida y alcohol que salen de tu boca, perder la conciencia para siempre al contacto con el aire y estallar en el pavimento.

Y ahora tu vientre está vacío, ni el tener los ojos cerrados te salva de la terrible certeza de estar vivo; como el peso del universo sobre el corazón de una hormiga vuelve toda tu memoria. Sabes que no estás solo, aunque no se vea ni se escuche nadie en toda la calle donde yaces boca arriba, junto a un charco de vómito y sangre. Hay ojos que te vigilan, desde los bloques y desde el basural, no te matarán todavía, no a menos que intentes algo, algo más que quedarte sujetándote la panza, sangrando de cara a las estrellas.

7 años tenías cuando ya andabas todo embarrado, a la orilla del río, tirándole piedras a los tarros vacios que encontrabas, queriendo achuntarle a las ratas y a las palomas. La Fani te acompañaba en esas correrías, flaca como un pedazo de madera seca. Era la perra guardiana de la casa, la mascota que había traído de regalo un vecino unos años atrás, de pequeña recibía algunas atenciones pero ahora la ignoraban la mayor parte del día. Pero tú sí jugabas con ella, le tirabas las orejas hasta que gemía, incluso le pegabas en las costillas porque te gustaba el silbido que hacía el aire al salir bruscamente de sus pulmones, ella te miraba triste y se dejaba golpear hasta que te aburrías y salías corriendo. La Fani entonces abría el hocico hasta el límite, pegaba un bostezo largo y salía detrás de ti, avanzaban lentamente a través de los años y los golpes. Ahora la perra te mira desde arriba, llamándote para que la sigas corriendo por el cosmos, que a fin de cuentas también está hecho de polvo, barro y frío.

Encontrar un rostro conocido en el cielo negro es de algún modo un consuelo entre tanto sin sentido. La cara del animal se mueve en cámara lenta abriendo su mandíbula flaca, luego se queda como congelada hasta que simplemente ya no está, entonces parece que la herida en la cabeza latiera más rápido.

Y bien, tú sabes que podrías levantarte, luego doblar trabajosamente el cuerpo, ponerte en cuclillas, afirmarte en una rodilla y ahí poner todo el peso del cuerpo hasta que tus piernas hagan el resto. Ya estarías de pie, con movimientos lentos te alejarías, como un zombi sangrando por el barrio. Podrías intentarlo, podrías dejar de lado esos recuerdos de pendejo y esas caras de quiltro que se aparecen en el cielo y ponerte de pie.

Podrías hacerlo, pero no lo vas a hacer, porque sabes que no lograrías llegar al primer callejón sin que te atravesara una bala.

Los recuerdos del pasado más reciente ya no importan tanto, o más bien se ven reducidos a una serie de imágenes chiquititas, como las láminas de un álbum que se apilan una sobre otra, ahí van quedando el desayuno, una lata de atún con la fecha a punto de vencer, el pan recalentado, la ropa sucia y el calor de la desembocadura de la mañana hacia el mediodía. Todas las cosas sin importancia que formaron este día, tiradas a tu lado, mezcladas con la sangre, el vomito y el vidrio.

Lo que es más importante para tu cabeza rota tampoco es la posibilidad de morir, es cosa de que algún vecino sapo llame a los pacos o a la ambulancia, si eso no sucede habrá que esperar al sol para acumular calor y levantarse. La advertencia que te están dando no es nada de sutil, pero sigue siendo clara en su mensaje, no eres más vivo por ser soldado de narcos, no eres más choro por haber matado a un hombre, a un viejo más encima, a un tipo que se iba a morir cualquier día, porque ya no era más que una bolsa de piel y carne colgando de un par de huesos y un cerebro reventado de tanta droga.

Lo que de verdad importa es esta sensación que crece, es como si por ratos se diluyera el tiempo, como si se derritiera y mezclara con el dolor y el frío tan inmediatos. Es como si la cara del viejo, sorprendido, con los ojos atrapados en una expresión intermedia, entre la súplica y el miedo, fuera de pronto tu cara reflejada en un gran charco de agua. Y mientras le pones la escopeta en la frente y aprietas el gatillo recuerdas un golpe en la cabeza, recibido después de esconder la escopeta en el basural, cerca de la casa donde acabas de matar a alguien. Entonces tu cara tampoco es tu cara, menos es la del viejo, al que a estas alturas le queda rostro solo desde la nariz hacia abajo. Entonces cierras los ojos de nuevo, y lo que allí encuentras termina de masticarte el corazón.

Las tardes más frías se levantaba una especie de neblina desde el río, una humedad que entraba por debajo de la puerta y por los agujeros entre los marcos de las ventanas. La vieja salamandra y el brasero de la abuelita calentaban muy poco la casucha, tu padre y tu tío se dedicaban a beber vino, las mujeres a veces también, pero pronto se metían a la cama a ver algún programa de televisión. Fue una de esas tardes que la Fani se desapareció, la buscaste un rato pero después tuviste que entrar ante la amenaza de golpes de tu madre. Al otro día recorriste en vano las piedras de la costanera, una y otra vez, sin parar, con el pecho saltando cada vez que escuchabas un ladrido. No encontraste nada, la vieja amiga al parecer se había ido más allá de tu mundo conocido.

Apareció casi al mes y medio, más flaca que nunca, su cara no era más que un par de ojos legañosos sobre el hocico invariablemente abierto, el resto era un esqueleto que sostenía a duras penas la hinchazón de su avanzado embarazo. Casi podría decirse que sonreía al verte, corriste y saltaste esperando que ella hiciera lo mismo, pero la pobre apenas caminaba. La llevaste a la casa donde nadie parecía haberse dado cuenta de su desaparición, solo la abuela se compadeció del animal y le armó una improvisada cama con sacos de papas medio podridos. Los días siguientes fueron de cuidar a la Fani casi obsesivamente, de robar comida de la casa sin que se notara mucho, de dejar de comer tú para darle a ella, de acariciarle la cabeza con las manos sucias mientras ella sacaba la lengua por un costado hasta alcanzarte un par de dedos y hacerte cosquillas. Sí, podría decirse que casi sonreía.

Te encontraste con la sorpresa cuando le llevabas una marraqueta de pan, los 5 cachorritos gemían con un hilo de voz. Te diste cuenta que uno había muerto cuando los metiste en una caja con mantas de tu cama, no supiste qué hacer con el cadáver, así que te lo llevaste también, esperando que resucitara más tarde al lado de sus hermanos que se revolcaban de hambre. La perra no estaba, probablemente había salido a buscar comida en el basural.

Tu padre estaba en casa, no tenía trabajo ni ganas de trabajar, bebía desde temprano, no te habló ni tú le hablaste. Dejaste la caja en el suelo y corriste a buscar a la abuela, estabas a punto de contarle cuando escuchaste los gritos, por detrás viste a tu padre pegarle una patada a la caja de cartón mientras maldecía, y luego ya estabas encima sujetándole la pierna con tus manitas, apenas unos segundos antes de salir volando por el aire y darte de boca contra la pared, entonces desde el suelo viste como la abuela tomaba un escobillón para defenderte, pero solo recibía un par de golpes certeros, uno en el cuello que la dejó sin respiración y otro que le dejó sangrando la mejilla. Rojo de rabia se fue tu padre, mientras tú, la abuela y los cachorros quedaron como después de un naufragio, desparramados por el suelo.

Cuando llegó tu mamá fue peor, retó a su suegra por meterse en lo que no le importaba, echó a escobazos a la Fani que gimoteaba afuera de la puerta preocupada por sus hijos, sacó a los cachorros que después de todo habían sobrevivido y los metió en una bolsa de basura. Toma – te dijo- tenís que arreglar la cagada que te mandaste, y nada de llorar porque yo misma te agarro y te tiro al río. Te vigilaba desde la puerta del rancho de madera y lata, no había nada que pudieras hacer.

La perra apareció inmediatamente, te rodeaba nerviosa, desesperada metía su hocico entre tus piernas, ladraba y gemía. Cuando te acercaste a la orilla y pusiste la bolsa en el agua hizo un amague de atacar, te asustaste y pateaste el suelo haciendo saltar piedrecillas hacia su cuerpo, ella retrocedió un poco, entonces dejaste la bolsa nuevamente en tierra firme y agarraste varias piedras en tus manos, el animal no retrocedió en un primer momento, pero al recibir un golpe en el costado pegó un gemido brusco y empezó a retirarse, siempre ladrando, desde lejos todavía podías ver su cara.

Después simplemente agarraste la bolsa con ambas manos, tomaste todo el impulso que pudiste y la lanzaste hacia la corriente de más al centro, el plástico negro empezó perderse rio abajo. La Fani apareció unos metros más allá, siguiendo la trayectoria desde la orilla, ladrando y corriendo en zig zag, la seguiste con la vista hasta el final. Cuando ya no se veía te secaste las lágrimas para que tu mamá no se diera cuenta de tu llanto silencioso, volviendo a la casa viste tu cara reflejada en un enorme charco de agua, después entraste a aguantar más retos, a recibir más golpes. La perra no volvió jamás.

Al abrir los ojos todavía es de noche, tienes el cuerpo adormecido y no hay mayor indicio de algún cambio en la situación, los pacos no han venido ni ningún vecino se ha hecho el solidario llamando a la ambulancia, el viejo sigue con la cara desintegrada por un disparo allá en su casa y tus enemigos siguen vigilándote desde sus escondites. En el cielo se aparecen de vez en cuando imágenes etéreas, recuerdos o premoniciones, restos de emociones que salieron volando con el golpe que recibiste y se esparcieron por el espacio para caer como lluvia sobre los tejados. Tiritas de frío pero no te das cuenta embobado por tantas luces, te corren lágrimas, pero no las sientes perdido en tus recuerdos.

Estás en eso cuando se acercan a rematarte.