POR RAFAEL GUMUCIO

A mediados de los años noventa -la época en que empecé a publicar libros y artículos- casi nadie hablaba del pasado. Los que podían hablar de los setenta con conocimiento de causa estaban demasiado heridos y condolidos para decirnos nada que tuviera sentido. Eran tiempos en que Ariel Dorfman se ganó el desprecio de su amigos y contemporáneos hablando de la tortura, la época en que Frei no recibía a la Sola Sierra, una época de olvidos varios y mucha cocaína en que tres de los cuatro candidatos brillaban en los titulares.

Los diarios, pero también los libros, o las exposiciones de arte, estaban llenas de palabras que no se podían decir, de nombres que no se podían rememorar. De hecho gran parte de la literatura (nueva narrativa) y el cine (Historias de Fútbol, El Chacotero Sentimental) de aquel tiempo intentaba evitar ese tópico inevitable. En un década la cosa ha cambiado drásticamente. Los símbolos de la izquierda, desde la zampoña hasta Neruda, son utilizados por casi todos los candidatos. Un amigo mío que estuvo en una fogata hace poco con Sebastian Piñera, me contó que el candidato de la derecha sólo se sabía canciones de izquierdas. Las misma que canta -o brama- su hermano Miguel en sus CD.

Con o sin Piñera, y quizás más y mejor con Piñera, los desaparecidos, los crímenes, La Moneda en llamas serán lo que ya son, un cliché cómodo, un indiscutible lugar común para el que quiere lograr sin esfuerzo un público culposo y concentrado. La verdadera frontera de conservadurismo chileno no está ya en el pasado, por todos -o casi- asumido, sino en el presente. Las pocas obras que hablan de eso, de ese Chile nuevo y complejo que no es fácil de catalogar, donde los buenos no son tan buenos y los malos no son tan perversos, son perpetuamente perseguidos por los guardianes de nuestro paraíso consensual. Se puede decir lo que se quiera de Pinochet, se puede llorar hasta el cansancio sobre Allende, lo que no se puede aún contar es la historia de tu tía, de tu madre, o de tus amigos.

El Chile desigual, violento y a rato feliz, el de La Florida tan parecida en el fondo a Vitacura, el de Temuco ahogado en el humo de sus chimeneas, ese Chile es lo que no nos gusta mirar, lo que nos incomoda comentar. Así la película como La Nana ha recibido sus peores críticas en Chile. Éstas una y otra vez intentan probarnos que lo que vemos en esa pantalla no es Chile, no es su Chile. El crítico parece incapaz ante estas película de olvidar que es patrón, o hijos de patrones, o que su madre o su tía es Nana o hija de Nana. Venga de donde venga, su conclusión es la misma, no se puede hablar de eso aquí, no puede molestar ese paraíso terrible del que todos mamamos. La crítica chilena -esa mezcla sutil de resentimiento casi de izquierda, siempre al servicio de la censura y el temor de la derecha- no puede soportar la falta de moraleja. Quiere saber quién gana, necesita un jefe que les diga qué pensar. Le molesta así que Jorge Edwards hable de su generación en primera persona, sin mito ni pudores, que Mauricio Electorat tenga ambiciones literarias y diga garabatos en chileno, o que Pato Fernández hable de Germán Marín y el Liguria. Al margen del talento de cada cual, o de su prosa -que no comentan por falta de conocimiento en la materia- sus críticas huelen casi siempre a castigo de tía abuela que nos recuerda que hay cosas de las que no se puede hablar. Le entusiasma así que Beltrán Mena o Collyer hablen de África (en dos libros llenos de méritos, todo hay que decirlo). Al margen de lo que digan o no sobre África, le gustan que hayan ido lejos y no remuevan el caldero podrido de nuestra convivencia, de su convivencia también. Pablo Larraín, que recibió coscorrones por la incoherente Fuga, recibe estrellita por la más coherente, pero en el fondo mucho menos valiente, Tony Manero. Aguantan a Miguel Littín hoy porque siguió sin oír a los críticos que lo dieron por muerto y acabado, y se adelantó a lo que no quisieron ver entonces, pero aceptan ahora: Allende en el cine, a toda pantalla.

El nuevo conservadurismo ha inventado ya un pasado consensual sobre el que pactar. Así Warnken y Ampuero desde su militancia juvenil (oportuna, por no decir otra cosa) piden perdón por todos nosotros. Ellos no son malos, a ellos no les gustó nunca Pinochet pero sí les fascina su obra. Uno de ellos, probando una vez más que la ingenuidad no es antónimo del descaro, nos dice que hemos matado todos a Víctor Jara, exculpando a los que sí le cortaron las manos. La guerra ya no es por grandes ideas o concepciones de mundo sino sobre el plano regulador de Vitacura, las becas tal o cual, las tinieblas de un mundo tibio en que todos finalmente se mezclan en defensa del orden establecido, ese donde los Espinozas y los Vial, los Pintos, los Cavallos, los Martínez y los Politos Muñoz vuelven hacer de capataz y patrones, preocupados de que el fundo no se le desbande sin permiso del jefe. Ese orden donde los marginales tienen que seguir marginados para que recibir aplauso, ese en que como Iván Navarro o Alfredo Jaar hay que dar prueba de izquierdismo para poder triunfar en la meca del capitalismo mundial. Y el gobierno que invita a todos y a ninguno en esas comisiones (yo he sido parte de varias de ellas) en que el regionalista, el excomunista, y el experto en autoayuda piden su cuota de comprensión, su pedazo de país para que nadie pelee y nadie gane, o lo hagan los expertos en confusión. Nostálgicos e integrados juntos, como el anestesista y el cirujano a punto de cercenar los miembros de lo que queda de preguntas, de miedo, de placer.

Todos juntos han logrado que la exigencia en el arte chileno actual sea cada vez menos exigente, tan demasiado simple que casi nadie puede llegar a ser tan predecible. Chile es así en el terreno cultural el país del limbo, ese baile tropical donde hay que doblarse, reducirse y flexionarse para sobrevivir a la barrera que baja y baja cada vez más a ras de suelo. Ese suelo que justamente nos negamos a ver o a comprender de miedo a que no nos reciba cuando estemos de rodillas en él, pidiendo permiso para existir.