POR CLAUDIO PIZARRO • FOTO: ALEJANDRO OLIVARES
Para algunos, el trabajo de sirviente puede ser el peor de su vida pero los mayordomos siempre tienen cierta reputación. Pese a que en Chile ya casi es un oficio en extinción, dentro del cuicaje más rancio todavía quedan algunos próceres. Vladimir Silva es uno de ellos, trabajó cerca de cinco años con una familia de La Dehesa y ahora sueña con viajar a Europa para seguir atendiendo como dios manda.

¿Por qué se te ocurrió ser mayordomo?
En realidad no se me ocurrió, se fue dando casi de manera forzada. Cuando niño vivía con una tía, ella trabajaba como empleada y yo tenía que hacer todo en la casa. Ahí me di cuenta que tenía que hacer las cosas bien para no hacerlas dos veces. Después me tocó a mi trabajar en aseo y me empecé a perfeccionar. Hice cursos de gastronomía, electricidad, gasfitería, decoración y manejo de áreas verdes. Hasta que al final una señora me recomendó para trabajar de mayordomo en La Dehesa.

¿Qué se requiere para ser un buen mayordomo?
De partida tienes que ser tolerante, acatar órdenes, ser como una tumba, no hablar más de lo debido, ser austero y tener educación.

¿Alguna otra cosita?
Aguantar muchas cosas y tener un criterio a toda prueba…

¿Cómo era tu jornada?
Me levantaba a las siete de la mañana, preparaba el desayuno, que generalmente era zumo de naranja y zanahoria, tostadas, galletas, queso fresco y mermeladas, todo ultra light. Después lo disponía en la mesa y bajaban los señores.

Estabas siempre firme al lado de la mesa…
No es tan así, la gente piensa que uno está como estatua pero es bastante menos formal. Igual uno tiene una postura erguida, con la servilleta doblada en la mano, pero no es tan marcial como los ingleses.

¿Y la pinta?
No es regla general pero yo usaba pantalón negro, zapatos negros, camisa blanca, corbata o humita, dependiendo de la ocasión, camisa con colleras y vestón negro. Lustraba los zapatos todos los días y me ponía gomina en el pelo. Tenía que lucir impecable hasta para hacer aseo.

Pero el aseo no lo hace la ama de llaves, eso al menos se ve en las películas…
No, la ama de llaves está dedicada exclusivamente a la cocina y el planchado.

¿Y te llamaban con campanillas?
No, nunca tanto, la campanilla es muy antigua. Además, uno siempre tiene que estar atento para que a ellos no les falte nada.

¿No te parece un oficio demasiado versallesco, pasado de moda?
Para nada, todavía en Chile existen los mayordomos pero cada vez son menos porque la gente prefiere tener a varias empleadas. En Europa todavía existe el prototipo clásico, de castillos, como la típica imagen del mayordomo como una pieza rígida de ajedrez.

SERVICIO MILITAR

¿Eran muy cuicos tus jefes?
Más que cuicos, tenían mucha plata. El caballero era gerente de una compañía de automóviles y la señora una alemana avecindada hartos años en Chile. Vivían solos en una casona inmensa de seis piezas, cuatro baños, piscina y rodeada de jardines inmensos.

¿Te pagaban bien?
Alrededor de 600 mil pesos más algunos bonos. Yo sé que con mis estudios no podía ganar mucho más, así que por eso cuidaba harto el trabajo. Lo malo es que trabajaba puertas adentro de lunes a sábado.

Me imagino que tenías que ser ultra detallista con los “señores”.
Sí, yo creo que esa es la gran diferencia con otro tipo de empleados. Uno tiene que estar preocupado de todos los rituales. Al caballero, por ejemplo, tenía que ponerle el pijama en un perchero, las pantuflas abajo y dejarle el periódico en una mesa, junto a un vaso de agua, al lado de su bergére. Eso era sagrado todos los días.

¿Y la señora?
Ella era más pudorosa y dejaba su ropa íntima en una malla que todos los días retiraba pero que la tenía que echar tal cual en la lavadora. Nadie se la podía abrir. Ella misma era la que colgaba sus prendas para que se secaran al sol.

¿Y ese era su aporte a las labores domésticas?
Más o menos. La gente de ese nivel se dedica a otras cosas. Todos los martes, por ejemplo, se reunía con sus amigas a jugar póker. Me acuerdo que yo recibía a las señoras, las invitaba a pasar al salón y cuando llegaban, llamaba a la señora para que bajara. Mientras jugaban, tomaban té y apostaban. Algunas se iban con un buen billetito.

Te pegaste algún cagazo cuanto atendías…
Igual derramé vasos y tazas en manteles blancos. Como no podía pasarle el paño tenía que cambiar el mantel de inmediato. A veces me tenía que pegar esas pajas.

¿Cómo eran las comidas?
En general comían poco, ese era como el estilo, y todo se pesaba para que los platos tuvieran el mismo gramaje y fueran idénticos. Con decirte que hasta pesaban las zanahorias cocidas. No eran muy buenos para el diente, como se dice.

No consideras tu trabajo como una especie de esclavitud moderna…
No, a mí me gusta, nuestra profesión es la imagen corporativa del hogar.

Suena un poco arribista…
Lo que pasa es que es un trabajo de confianza. Qué mejor que llegar a tu casa y encuentres todo impecable como un hotel cinco estrellas. Tiras una moneda en la cama y rebota de lo estirada que está. El almuerzo está listo. Yo mi trabajo lo vivo como el servicio militar: nadie te puede pillar volando bajo.