POR PATRICIO FERNÁNDEZ

Yo he tomado ayahuasca. La primera vez fue en Mapiá, al sur de la Amazonía brasilera, en la región de Río Grande du Acre. A ese caserío en medio de la selva se llegaba tras varios días de viaje en canoa, una parte por el río Purús y el resto por afluentes de los que no recuerdo el nombre. Durante el viaje, cuando empezaba a caer la noche, el que conducía la canoa atracaba en la primera casa que hallaba en la orilla y ahí nos arranchábamos hasta la mañana siguiente sin necesidad de pagar. El botero recorría la zona llevando carnes y otros víveres a cambio de plátanos y cultivos locales. Mapiá era el final del camino, y no se trataba precisamente de una villa indígena, aunque los había, ni de una localidad centenaria. Sus habitantes, aunque mayoritariamente del Brasil, provenían de diversos puntos del planeta, y habían renunciado a todo para quedarse ahí. La localidad en cuestión había sido fundada unas pocas décadas atrás por los seguidores del Santo Daime, una religión sincrética en la que se mezclan ritos y lecturas cristianas con otras de la India, más un salpicado de creencias varias, a decir verdad, sin ton ni son. Al centro, el ayahuasca, o Santo Daime para sus feligreses. Había, como en todo rincón perdido, dos familias de origen chileno instaladas ahí, y fue con una de ellas que me quedé casi un mes. Dormía en una hamaca de género hasta que me despertaba el grito de los monos y las noches eran tan oscuras (no había luz eléctrica) que, salvo contadas excepciones, nadie se alejaba mucho de las casas, por temor a los animales y a no encontrar el camino de regreso. En las mañanas picaba piedras para construir la terraza que tenía en mente el dueño de casa, al comenzar la tarde me iba de pesca y al final del día participaba de las ceremonias daimistas. A la marihuana le llamaban Santa María, y la utilizaban después de la cena en las oraciones domésticas. El que fumaba para divertirse era pésimamente mal visto. No hay espacio aquí para describir las alucinaciones e introspecciones que experimenté durante la fiesta de San Juan, cuando me ofrecieron el brebaje.

La segunda vez, quince años más tarde, fue en Iquitos, la capital del Amazonas peruano, una ciudad que floreció durante las fiebres del caucho y que al día de hoy es tristemente célebre por sus altísimos niveles de prostitución adolescente, su gran mercado fluvial y los chamanes ayahuasqueros. Desde este puerto hasta la triple frontera de Santa Rosa (Perú), Leticia (Colombia) y Tabatinga (Brasil), todas ciudades ribereñas del gran río Amazonas, es territorio de curanderos. Ahí la ayahuasca es considerada sagrada y medicinal. Quienes la suministran son tipos del lugar, gente por lo general sencilla que está muy lejos de hacer de su actividad un negocio. No creo que arriesgue mucho al decir que todo lo contrario, que en ellos prima una obligación de tipo sacerdotal. Ahí vi llegar individuos enfermos, tipos postrados que llegaban en brazos de sus seres queridos buscando remedio para el cáncer, para males de ojo o tormentos personales. Quienes buscan aquí experiencias de otro tipo son mayoritariamente extranjeros provenientes de occidente, curiosos o conversos a una espiritualidad que satisfaga esas demandas ignoradas por el desarrollo tecnológico. Todo esto sucede en medio de la naturaleza, en un ambiente de recogimiento, y obedeciendo dietas estrictas que marginan las grasas, el alcohol y el sexo. Supe de borrachos y adictos a la cocaína que buscaban remedio en ella.

Dos veces la he tomado en Chile, ambas con grupos pequeños de gente que dista mucho de ser viciosa o carretera, profesionales adultos más bien serenos y, según recuerdo –porque esto sucedió hace ya tiempo–, extremadamente gentiles y desinteresados.

Cuando hace unos días vi en los noticiarios chilenos a Danae Sáenz y a César Ahumada esposados en medio del rito como unos delincuentes, aparte de compadecerlos, sólo pensé en la ignorancia de sus captores. No pretendo discutir si esta liana sagrada hace bien o mal para la salud, porque el misterio no dialoga fácilmente con la razón, y probablemente aparecerían argumentos válidos para ambas posiciones. De lo que sí estoy seguro es de que no estamos ante un problema social, ni ante nada parecido al narcotráfico criminal, y de que confundir todo con todo bajo la palabra droga es tan nocivo como considerar santo a cualquier pelmazo que ponga los ojos en blanco y se persigne a continuación.