Por Rasmus Sonderriis
¿La Concertación se está dejando engañar? Si Piñera hoy quiere dar sufragio a los chilenos residentes fuera del país, tiene que ser porque sus análisis predicen que a la larga el voto extranjero favorecerá a la derecha. ¿Qué es lo mucho que puede aprender la Concertación sobre este tema incluso de un pobre y aguerrido país africano?

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Hasta hace poco, la propuesta de otorgar el voto a los chilenos residentes en el extranjero estaba sujeta a un vigoroso debate, aunque naturalmente marcado por el cálculo político. Con un estudiado discurso patriotero, la Concertación ha pretendido reparar la injusticia del exilio dejándose elegir por personas que no usan Transantiago ni alcanzan a cansarse de tener a los mismos en el poder durante tantos años. Pero la derecha habría hecho lo mismo si hubiera calculado algún beneficio suyo de la reforma, mientras que sus objeciones también han sonado a una simple racionalización del verdadero argumento “no nos conviene”, al igual que en la discusión sobre el sistema binominal.


La circunscripción de Estocolmo

Muchos oficialistas han querido ver una “incongruencia” y “contradicción” en que Chile, como uno de los pocos países del mundo, otorga derecho de voto a extranjeros avecindados por más de 5 años en territorio nacional, es decir, a personas como yo. ¿Por qué permitir a los inmigrantes lo que se les niega a los connacionales? Pero las reglas para ambas categorías de personas reflejan un solo concepto consecuente de la ciudadanía, que no es como nacionalidad heredada, sino como participación en la sociedad. Es como lo querían los próceres de la independencia de Chile y de todas las Américas, por lo que las constituciones americanas son algo más abiertas a facilitar que sus extranjeros residentes tengan esta “ciudadanía sin nacionalidad”. Uruguay pide 15, Venezuela 10 años de residencia. Con sólo 5 años Chile gana el premio como el más generoso, así es que: ¡viva Chile! Lo prefiero para vivir y como la patria de mi hijo. Tengo pasaporte danés y si tengo alguna raíz étnica es como danés. Sigo de cerca los acontecimientos en Dinamarca, pero ni puedo ni me interesa votar allá, sino en Chile, que es donde veo mi futuro.

Al revés, la idea de que no es sólo un poder que tenemos los votantes sobre los que van a tener poder sobre nosotros, sino toda una tribu que ha de verse identificada y representada por su líder, parecería más de derecha que de izquierda, y de hecho lo es en otros contextos donde se imponen otros cálculos. Aún así, las preconcepciones sobre qué es derecha y qué es izquierda pesan poco comparado con una herramienta estratégica para que la Concertación siga ganándole a la Alianza y haga valer un montón de otras y muy válidas visiones. Persistir en un conjunto de principios coherentes rara vez ha sido una vía al poder, y menos a un mundo mejor. ¡Pero a la Concertación le saldrá el tiro por la culata si a la larga los chilenos en el extranjero resultan ser más de derecha!

Porque ésa es la propensión ideológica que tienen los residentes en el extranjero de numerosos países, tengan o no derecho de sufragio. Hay factores más generales que el exilio particularmente chileno que condicionan los ideales de las llamadas “diásporas” (originalmente esa palabra se refería a los judíos fuera de Israel, pero hoy se usa sobre cualquier comunidad étnica fuera del territorio asociado con su origen o identidad). En primer lugar, tienden a ser emprendedores y tener una mejor situación económica dada su iniciativa de emigrar. Pero además, llama la atención que son nacionalistas, a veces incluso belicistas, comparados con el promedio de sus compatriotas a distancia. Los armenios y judíos en Estados Unidos lo ejemplifican. Sus organizaciones de interés han apoyado con dinero y lobby a fuerzas políticas intransigentes y chovinistas en Armenia e Israel en desmedro de voces más moderadas. Siendo que su relación con la patria es más idealizada y romántica que real y práctica, muchos de ellos sienten la necesidad de compensar con un patriotismo histérico sin detenerse en las consecuencias. No hacen servicio militar ni pagan impuestos en Armenia o Israel, lo que les da cierta tranquilidad al convocar a los de su misma etnia allá lejos a que invadan países vecinos.

Aprendí sobre este fenómeno durante un viaje de más de tres meses en 2004 a Eritrea en el Cuerno de África. Aunque este pequeño país era muy pobre, me fascinó con su hospitalidad, cultura, limpieza y total ausencia de delincuencia común. Sin embargo, el régimen dictatorial y su prensa monopólica se obsesionaban con un continuo conflicto con Etiopía sobre Badme, un pueblito limítrofe en el semidesierto sin recursos naturales por el que ya habían muerto unos 100.000 jóvenes en las trincheras en 1998-2000 en una feroz guerra fratricida entre dos países histórica y culturalmente entrelazados. Eritrea perdió Badme en el campo de batalla, y según el gobierno, el país entero estaba enfocado solamente en recuperarlo.

Sin embargo, toda la juventud eritrea a la que conocí en persona – sometida a la conscripción universal de hombres y mujeres hasta los 40 años y entrenada para servir como carne de cañón – tenía cero interés en Badme. A ellos lo que les importaba era la violación de sus derechos, por ejemplo, la estricta prohibición de salir del país. También se quejaban de la represión contra la música pop de Etiopía, su género favorito. En fuerte contraste con la propaganda oficial, estos soldados obligados me hablaban siempre maravillas del supuesto enemigo Etiopía. Si algún día pueden eligir a sus propias autoridades, la paz estará asegurada.

La excepción fue un joven eritreo que conocí en el hotel. Él sí se identificaba con la pasión antietíope que se transmitía constante y muy altisonantemente por televisión. En su inglés perfecto me entretenía durante horas sobre la injusticia de las pretensiones etíopes, sobre lo psicópata que era el líder etíope, y sobre lo profundamente eritreo y nada etíope que era la importantísima tierra de Badme. Según él, el régimen eritreo nunca tuvo otra opción que movilizar militarmente a toda la población, por las buenas o las malas. Pero había algo que marcaba toda la diferencia. Él también tenía pasaporte del Reino Unido, donde había vivido desde niño. ¡Sólo estaba en su país de origen de visita, entrando y saliendo a gusto!


Soldados y soldadas de Eritrea

Si bien la realidad de cada país es distinta, la lección de Eritrea para el oficialismo de Chile es clara. Advierte contra la tentación de casarse por supuesta conveniencia con una interpretación tribal de la ciudadanía, porque luego divorciarse de principios jurados será embarazoso, y liberarse de la cuestión legal incluso imposible. Por ello, si quiere medirse con Piñera, la Concertación debería calcular aún más a fondo. ¿Cuáles son los efectos de dar el voto a quienes no sentirán en carne propia las decisiones que resulten? ¿A quién le beneficia en última instancia cuando el poder para gobernar ya no emana solamente de los gobernados?