POR MARCELO MELLADO

No hitos, no balances, no recuentos, no a las periodizaciones mediáticas que buscan regularizar los quiebres que detienen las continuidades, para luego restituirlas banalmente, y así consagrar la linealidad que sintoniza con el mercado del lugar común. Digo inspirada.

Una es de otra manera, una prefiere quedarse con los gestos o prácticas invisibilizadas por la institucionalidad legitimadora de lo público. Una se identifica, altiro, con las asociatividades autónomas o con los hechos fuertes de la cotidianeidad bullente y que no alcanzan a constituirse en noticia, porque su carga indómita es muy fuerte; no es como lo hacemos nosotras con la cultura acá en San Antonio (recuperando ruinas hermosas que la autoridad trata de ocultar a los visitantes, y en cambio posibilita casinos y malls para violentar a la ciudadanía).

En el registro de cosas que nosotras recuperaríamos como válidas, conceptualmente, en la construcción del periodo imaginario que acabamos de padecer, querríamos –las de acá del territorio– mencionar dos (o tal vez tres) asuntos clave que están en pleno proceso de consagración como acontecimiento epocal, niña:

En primer lugar, la instalación del concepto “cota mil” por el padre Berríos, que sin duda marca a fuego los límites simbólicos y materiales del Chile maldito. En un comienzo se utiliza para dar cuenta de centros “académicos” que se ubican en una zona alta de la urbe, en la precordillera, cuestión que en este macabro país sirve de límite étnico (y de clase). Ahora, funcionalmente, designa el proceso de violencia simbólica que ejercen los grupos detentadores del poder, a la que debemos acostumbrarnos for ever. Al menos ese parece ser el mensaje.

En segundo término, la consagración definitiva de un eje sociocultural cuyo germen fue desarrollado en dictadura, y post también (un invento UDI-CNI, me atrevería a tesificarlo), que es nada menos que la flaitelización del país, a través de la creación de sujetos adolescentarios, dotados de un irrefrenable don de criminalidad que hoy son una especie de yanaconas modernos, porque están al servicio irrestricto de la derecha facista. En este periodo este personaje se tomó el país y es la divisa identitaria nacional, un criminal arrogante unineuronal que representa la afirmatividad pura del mismo demonio, hecho voluntad de consumo y de muerte. Quizás el producto neoliberal más genuino.

El tercer elemento lo constituiría la resistencia no quejumbrosa de sectores independientes de la población nacional que construyen su propio país, al interior del histórico y ajeno. Y ahí estamos todas haciéndole la contra a todos esos conchadesumadre, perros concertacionistas y a la derecha, y flaites culiaos, desde el eje transversal y unificador de la huevá cultural. Estamos acá en San Antonio, zona regente, pero también estamos en la Patagonia y en Chiloé, en Atacama, en el Bío-Bío y también en los alrededores de Santiago, como Puente Alto y otras zonas cercanas, preparando el asalto final.

Este año que viene será de lucha, pero esas batallas que daremos no serán la postergación de un futuro que no llega nunca; nuestro paraíso es ahora. Estamos algo entusiasmadas, no lo puedo negar, porque hemos sido capaces, a pesar del cerderío socialista, democristiano y radical, y del poder que ejercen las viejas culiá para impedir el desarrollo de la patria, de imponer nuestros registros de autonomía e independencia en la generación de obras e iniciativas. Igual nos sentimos unas reinas, porque hemos generado proyectos editoriales regionales, de bibliotecas ciudadanas, de educación popular y de producción de obra artística y de microempresas modélicas. No nos ha ido mal, perros de mierda y tomen nota los hijos de la gran… dilocuencia puta.

Pero el entusiasmo no nos neutraliza. El cerderío maraco facista que se instala en el gobierno, gracias a la perra concertación (que, a todo esto, deberá pagar por eso, sobre todo el maraquerío socialista) no le va a resultar con nosotras. Y que no se diga que una exagera y que es un error analítico hablar de facismo en este contexto. Sí, es cierto que nuestra gente ha abusado del término, pero en este caso se trata, ni más ni menos, que de la conversión de la política y de la cultura en criminalidad sistémica, ¿o no, niñitas?