POR DIAMELA ELTIT
Ilustración: Max Bock
La chilena Jeannette Hernández, que aparentemente mató a su pequeño hijo y dejó gravemente herido a su otro hijo adolescente, parece rescribir (teatralmente) una parte del guión denso y ultra destructivo de Medea.
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Resulta impactante observar cómo ciertas ficciones -míticas o literarias- son capaces de re-producir realidad y más aún, pueden proporcionar instrumentos para analizar y hasta comprender los engranajes de situaciones fundadas en trasgresiones difíciles de tolerar por el conjunto de la sociedad.

Desde esta perspectiva, la literatura griega es un espacio privilegiado para pensar las zonas más intrincadas o revueltas que conforman la naturaleza humana. Esos espacios en donde el sentido común se contamina y se enferma ante la fuerza incontrolable de los sentimientos más primitivos, o bien donde el ejercicio del poder adquiere un halo maligno que profana y destruye.

El antiguo mundo griego fue el que pensó las ciudades y puso en marcha una forma inédita y radical de democracia. Pero también entendió el teatro (la dramaturgia y la representación) como un poderoso dispositivo estético-político que aunaba a sus ciudadanos. Esa experiencia teatral -fundacional y fundamental- fue la que legó la cultura griega al mundo occidental a través de un conjunto magistral de textos que no han perdido un átomo de vigencia.

La gran tragedia griega, plagada de divinidades y derrumbes, puso de manifiesto que el drama por excelencia lo constituye la tragedia familiar, y desde ese abismo se desprenden sus personajes más tormentosos y conflictivos, como Edipo, el esposo de su propia madre, el asesino de su padre, y la brillante pero subordinada Medea, que se venga del abandono de su esposo mediante un conjunto de cruentos crímenes que incluyen a sus dos hijos.

Los asesinatos, las traiciones y las trasgresiones familiares tocan los puntos más sensibles de la comunidad. Perturban, porque en cada persona yace incubado el horror a que se desencadene una tragedia irreversible que horade y destruya todo el porvenir de sus lazos familiares. Porque la familia es la primera unidad social, un espacio en el cual se generan, ocurren y transcurren los indispensables afectos pero también los más dramáticos desafectos

Pero las tragedias (familiares) ya no se representan en la polis griega, sino que hoy están alojadas en la crónica policial. Forman parte de los espacios delictuales que horrorizan a la ciudadanía que ven en la página roja (de sangre) los excesos familiares.

Jeannette Hernández aparentemente (en la medida que el juicio aún no concluye) mató a su pequeño hijo y dejó gravemente herido a su otro hijo adolescente. Los noticiarios que cubren profusamente el juicio se refieren al “síndrome Medea” para referirse a la peluquera Hernández. Y tienen razón en la medida que Medea, uno de los personajes más poderosos generados por el teatro griego, la inteligente esposa de Jasón, urde un plan fino y definitivo para causar la muerte social de su oportunista esposo. Un esposo que la ha abandonado y ha ordenado su expulsión de la ciudad, utilizando con ella argumentos calculadores y retorcidos, para casarse con la hija del poderoso rey de Corinto.

La ira de la extranjera Medea, que ha sido cómplice y hasta artífice de los éxitos de Jason y que es temida por sus reconocidas dotes intelectuales y su capacidad retórica, causa una destrucción de proporciones: mata al Rey, a la hija del rey y a sus propios hijos y luego huye en un carromato de fuego, dejando vivo a su esposo Jason, que ya no podrá ejercer el poder que deseaba después de esa desgracia inconmensurable.

La chilena Jeannette Hernández parece rescribir (teatralmente) una parte de ese guión denso y ultra destructivo. Pero lo rescribe en el siglo XXI con los cuerpos actualizados por las nuevas tecnologías y aún por la realidad globalizada que vivimos.

Pensando de manera somera, es posible examinar cómo la Tragedia Griega (con mayúscula) opera diluida hoy en la crónica policial chilena. Jeannette Hernández trabajaba en una peluquería que le pertenece a un transexual. Ese cuerpo en tensión con los signos centristas recuerda a Tiresias, el crucial personaje de Edipo Rey que, junto con ser vidente, ciego, es también hermafrodita. Pero quizás lo más relevante en esta tragedia local que nos recuerda a Medea, sea la figura de “La rancherita”, a quien el marido de Jeannette dedicaba parte importante de su tiempo y su energía para que ella “triunfara” en el mundo del espectáculo y se hiciera “famosa”.

Más aún, fue el marido de Jeannette el que diseñó la campaña para que la cantante se transformara -es un decir- en una “reina” del canto. El marido le confesó a su esposa Jeannette que había besado a “La rancherita” mientras seguía ideando estrategias para organizar su carrera a través de redes computacionales.

En ese contexto ocurrió la muerte del hijo menor de Jeannette y las severas lesiones que dejaron no sólo herido a su hijo mayor sino también con secuelas neurológicas irreversibles.

Para los imaginarios sociales el crimen cometido por Jeannette Hernández resulta monstruoso, y desde luego lo es. Pero ya sabemos que las madres en todas partes del mundo seguirán matando a sus hijos, sumidas en oscuras, complejas y múltiples significaciones. Continuarán matando a sus hijos porque esa Medea escrita por Eurípides en el siglo V a.C. aún no concluye de elaborar el rencor que le inspira su subordinación, despertenencia y desarraigo.