Los siguientes son algunos párrafos que hemos seleccionados de una columna escrita por nuestro colaborador habitual Rafael Gumucio, para el diario El País de España:

“(…) La reciente victoria de la derecha en Chile es para mi generación más que un simple cambio de nombres y siglas en el poder. Más que tristeza o alivio, veo en mis amigos y compañeros de oficina una sensación de vértigo que crece con los minutos.

Da lo mismo que en gran parte estas elecciones más que ganarlas la coalición de derecha, las haya perdido la Concertación y su incapacidad para buscar un candidato convincente. Da lo mismo que haciendo casi todo mal, la Concertación siga convocando al 48% de la población. Da lo mismo que la gran promesa de Piñera, un hombre que votó el No y se presume liberal, sea la de continuar con los logros de la presidenta Bachelet. El vértigo sigue ahí. Un vértigo que explica en gran parte los errores y la resignación de la Concertación. Un vértigo que explica la prudencia y moderación con que Piñera recibe el poder en sus primeras horas de presidente electo.

Con el fin de la Concertación terminan muchas, demasiadas certezas al mismo tiempo. Lo hace, lo que es más extraño aún, sin disparos, en completa, en compleja, normalidad. Gobiernan ahora los que, marcados por un pasado de horror dictatorial, parecía que jamás volverían a gobernar en Chile. Lo hacen con otros que no comparten el estigma de Pinochet. Hijos, como los que votaron por la Concertación, de estos 20 años de transformaciones sin precedentes que deja un país que ha crecido tres veces más que sus vecinos pero que es también uno de los más desiguales del continente. Un país en que la presidenta Bachelet goza de un inédito 80% de popularidad, pero que vota por quienes hasta hace poco pensaban que no daba el ancho y había que desalojarla como sea. Un país que, según las encuestas, pide más Estado y protección social pero vota por quien ha sido, toda su vida profesional, un ferviente partidario del neoliberalismo económico (…)

La enumeración de estas contradicciones, de estas transformaciones vitales y morales creo que explica en gran parte ese vértigo que me inmoviliza ahora mismo. ¿Quiénes somos? ¿Qué hicimos bien? ¿Qué hicimos mal? ¿Se puede separar los logros de los fracasos, el Museo de la Memoria que recuerda las torturas y los energúmenos que en la celebración de Piñera cantan loas a Pinochet? ¿Quiénes somos? ¿Un ejemplo para todos los organismos económicos internacionales o una vergüenza para todos los nostálgicos de la revolución? ¿Un país ordenado del Tercer Mundo, un país desigual del Primer Mundo?

Sé yo que estos 20 años han sido mi juventud. Sé que ahora tengo 40 años y tengo que hacerme responsable de mis actos, sin padres, presidentes o coaliciones que me protejan o salven. Sé qué me toca, sé qué le toca también al país, la triste gloria de ser adulto“.