POR DIAMELA ELTIT

A pesar de que la Concertación dispuso a sus figuras emergentes más calificadas: Carolina Tohá, Claudio Orrego y Ricardo Lagos W. como responsables de los discursos públicos con el fin de revertir los resultados de la segunda vuelta electoral, la coalición de derecha terminó por conseguir el control del gobierno después de más de cincuenta años.

Luego de los resultados electorales, los primeros discursos (formales) de ambas coaliciones transitaron la ruta de la cautela. Apelaron a la grandeza de sus coaliciones, al amor a Chile, al corazón, al espíritu y a la apuesta a un futuro tanto para conservar el poder (la Alianza) como para recuperarlo (la Concertación) después de una etapa reflexiva. Pero también la Concertación quiso mantener su unidad interna mediante constantes menciones a la necesidad de permanencia del conglomerado para impedir así los tradicionales vaivenes, caos y deserciones que acompañan a la pérdida de los poderes centrales. Y hay que considerar que deben afrontar un habitar más incierto como minorías opositoras, pues no cuentan con medios de comunicación independientes ni con soportes económicos de la envergadura de sus contrincantes de derecha.

En principio, los primeros discursos públicos pusieron de relieve el imperativo (binominal) de gobernar juntos (Alianza y Concertación), sólo que esta vez le correspondió a la derecha contemplar al parlamento concertacionista como oposición, pero también como interlocutor para sacar adelante sus proyectos. Así, en un clima que podría denominarse como amistoso, y con componentes retóricos de índole patriótica, se consolidó la noticia del próximo traspaso de poder político más relevante de la época posdictatorial.

Por otra parte, Marco Enríquez, cuyos votantes se volcaron en un 37% a Piñera, reapareció en las pantallas para apelar a su propio futuro, manifestó que no iba a ocupar cargos de gobierno en la derecha y continuó con su discurso centrado en el “yo”, se empeñó en repasar una a una las afrentas de las que, según él, ha sido objeto. Descalificó duramente al ex Presidente Ricardo Lagos y reiteró sus palabras recurrentes como “coraje” y “moral” y afirmó que él aceptaría que la presidenta Michelle Bachelet se sumara a su referente de “futuro” y de “cambio” (ambos términos en disputa con el gobierno de Piñera).
Pero más allá de esta escenografía discursiva que alude a la posibilidad y acaso la necesidad de acuerdos múltiples, existen zonas problemáticas que no dejan de inquietar. La latente posibilidad de privatizar parte de CODELCO, una represión más fuerte aún a los comuneros mapuches, la caída de las condiciones de empleo y los derechos de los trabajadores ya muy erosionados por la aplanadora neoliberal. Los jóvenes (pobres) podrían ser un objetivo político-policíaco para establecer no sólo controles sino represiones para evitar conflictos sociales ligados a un tipo de orden que caracteriza al sector más autoritario y militarizado de la derecha. Y, desde luego, el control radical de los temas relacionados con el cuerpo y la sexualidad que, por el tramado cultural existente, discriminan, reprimen y hasta marginalizan a la mujer e impiden su inserción con derechos plenos en la sociedad chilena.

En esa misma línea de preocupaciones, inquietan las trabas y la discriminación a las minorías sexuales que continúan transitando por los bordes del sistema y que, debido a la dimensión de la estigmatización que son objetos, en muchas oportunidades experimentan la violencia en el interior de sus propias familias que hostilizan a mujeres y hombres homosexuales y transexuales por el despliegue de sus subjetividades.
En suma, las preocupaciones tienen que ver (entre otros temas) con la propiedad del cobre, la problemática de los comuneros mapuches, con los derechos de los trabajadores, con la emancipación de las minorías que no consiguen romper su subordinación porque se produce una complicidad del conjunto de los sistemas dominantes para mantenerlos cautivos y controlados y evitar así un cambio cultural que no comparten ni comprenden.

Pero también el proyecto-Piñera ha hablado primordialmente de la “mano dura” a la delincuencia y el fin de lo que se denomina “puerta giratoria”.
Y este objetivo meramente represivo es también muy complejo porque el creciente aumento del delito en gran medida (no en su totalidad) tiene relación con la desigualdad social, la marginalización de la población en general y de los jóvenes en particular. La delincuencia afecta a todo su grupo familiar y, por lo tanto, es un problema social en permanente y acelerada expansión que sin duda ya representa el gran flagelo para las sociedades más desiguales del siglo XXI.

En ese sentido, si se cumple el rígido programa de la derecha chilena, la gran obra del recién electo Presidente Piñera va a ser la construcción de cientos de cárceles a lo largo y ancho del territorio, mientras los delitos económicos se seguirán solucionando con multas irrelevantes.

Habrá que examinar cuidadosamente cómo se licitarán entonces las nuevas cárceles que serán necesarias para aplicar “la mano dura”. La misma “mano dura” que pondrá fin a una “puerta giratoria” que será cambiada por los candados ultra metálicos de lo que podría ser de un implacable y anti humanitario porvenir.