POR RAFAEL GUMUCIO

Resentido. En miles de comentarios de blog, en cientos de conversaciones: resentido como único argumento, como juicio definitivo. Eso es todo, eso basta, eso sobra. Cuestionar la relación de Piñera con el dinero, la incapacidad de deshacerse de sus negocios a tiempo, el uso y abuso de la información privilegiada, o su trato vejatorio y patronal sobre los periodistas y sus editores, preguntar por esas cosas, perder el tiempo criticando lo incriticable es ser automáticamente tachado de resentido. Resentido, simple resentido: no se discute así argumento alguno. No estás equivocado, eres equivocado. Tu problema no es ideológico, político, o siquiera moral, sino sicológico. Una pulsión más fuerte que tú te fuerza a quitarle méritos al que es mejor en todo que tú. Una mezquindad te impide ver la grandeza del que gana, del que por el hecho mismo de ganar tiene que tener la razón.

Resentido, pobre y simple rezagado en la escala del éxito que no tiene la fuerza de sumarse a él, que temeroso de naufragar se abraza a la pobre balsa de los argumentos, de los ejemplos internacionales, de la moral cristiana o no. Todos esos restos de nada que no son más que una justificación ante el brillo del triunfo. Resentido como los que criticaron a Menem, a Fujimori, a Collor de Melo, o a Berlusconi, hombres que no hicieron más que hacer legal lo que es evidente, real lo que todo el mundo sabe es la realidad: el que gana gana, el que pierde pierde y el resto es sólo cinismo legal, cristianismo mediocre, discursos para la gilada, señoras subidas de peso que se dedican a escuchar gente que no supo aprovechar sus oportunidades.

“Y si sabe ganar plata que la gane, si todos sabemos que son todos ladrones, si al menos ese no disimula. Y no te gustaría ser como él en el fondo”. Discurso de taxista argentino que en el fondo nunca se equivoca. Eso complementado con la idea racista de que los chilenos somos intrínsicamente honestos y aunque hagamos lo que hacen los vecinos de la misma manera siempre seremos distintos.

“Pero no es así, pero no es para tanto compadre, no seas resentido”. Resentido el que desconfía de entrada del que no puede robar porque necesita hacerlo porque es rico, porque se hizo rico por sus propios medios sin el papá Estado, sin pitutos y sin arreglines. Porque ya se sabe que sólo es corrupto el que tiene conciencia de que se corrompe, el que se deja corroer por la culpa que inmoviliza y mata. Sólo son ladrones los que se llevan lo que no es suyo y nunca lo es quien cree que todo es de alguna manera suyo por lo que tiene derecho a llevárselo consigo.

Resentido, entonces, porque todos queremos ser ricos, muy ricos, demasiado ricos. Resentidos esos que piensan que se puede ser demasiado rico. Demasiado rico de manera tan lamentable y tan triste como se puede ser demasiado pobre. Resentidos los cuatro evangelios, el Corán, las enseñanzas de Buda, de Moisés o de Zaratrustra que no sólo critican la riqueza excesiva sino que abogan por la pobreza común. Resentido por cierto Marx, pero también Darwin que creía que ni una selva podía sobrevivir con sólo leopardos. Resentidos todos los cuentos de hadas, Walt Disney, los Simpson, Hollywood y Bolliwood. Resentidos y mentirosos los que ganan para vivir, los que aman los lujos que pueden oler, devorar, sentir. Resentidos los que piensan que hay algo enfermo en poseer más de lo que se puede disfrutar, ver, dejar. Resentido el que cree que hay algo triste en ese arte de ganar hasta quedar solo con su sombra, en ser Presidente sólo para decir lo que las encuestas dicen que hay que decir, en tener siempre algo que esconder en las entrevistas, en depender todo el tiempo de guardias, colaboradores que amenazan, llamadas por teléfono a los editores. Triste defender la libertad y ser el menos libre de los hombres, preso de lo que tiene y lo que le falta, poseedor de tantas cosas que no duran, que se apagan, que no importan, luchando para dejar algo que importa y que dure pero ensuciándolo con incontinencias, viejos negocios, ansia sin control que no están a la altura ni siquiera de las escasas ideas que te quedan, de los recuerdos que te abrigan, de las promesas que te hiciste cuando no eras nadie, o sea cuando no eras todos, cuando sólo eras tú.

Resentidos los que se preguntan si eso tiene algún sentido, si va hacia alguna parte ese poder que desnuda nuestras hambres más primordiales, que se alimenta de nuestros miedos más infantiles, que nos recuerda que somos todos igualmente necesitados, desabrigados, desnudos, que todos queremos ganar, que los que no ganamos estamos perdidos, indignados en nuestra debilidad, dolidos en nuestras insuficiencias, incapacitados para opinar o preguntar, porque nos falta todo lo que al otro le sobra.
Resentido, pobre y triste resentido, dicen los vencedores remarcando con ese mote que no ganaron sólo una elección, sólo un gobierno, sino el derecho sobre el deseo, sobre el sentido mismo, sobre lo que todos debemos, queremos. De todas las derrotas de esta elección esa es la única grave. Perdimos todos de una sola vez, por 51 por ciento de los votos, el derecho a desear otra cosa del jefe.