Por Patricio Fernández
 
Entrar al pequeño pueblo de Boyeruca, en la región del Maule, a dos días de que la lengua insoportable de un tsunami le pasara por encima, quita el habla. Fue el final de un recorrido que hicimos con Álvaro Díaz, poco después del desastre, desde el interior de Rancagua, hasta la costa de Curicó. Partimos intempestivamente, sin mayores planes, casi como una continuación de las vacaciones que esa madrugada del sábado 27 terminaron de golpe y porrazo. Esta vez, sin embargo, no se partía a lugares de agrado. El ánimo contenía algo de esa adrenalina juguetona, por macabro que parezca, que hay en todo viaje a lo remoto. Mientras nos aperábamos, nos sentíamos expedicionarios. Además de agua, alimentos y un whisky, Álvaro echó dos cajas de alfajores para regalarle a los niños que encontráramos. Llenamos el jeep de bencina con la preocupación de no llevar bidones extras a una zona que, según indicaban las noticias, estaba enteramente desabastecida. Pero no fue eso con lo que nos encontramos. Recién saliendo de la ciudad, al atravesar Hospital producto de un desvío en la ruta 5, comenzaron a aparecer los muros de adobe en el suelo. Desde ese momento, el adobe derrumbado fue una constante que invitaba a pensar en el fin de una historia. A las finales, el pasado de Chile, de la Colonia en adelante, es de adobe, y con este terremoto terminaba de marcharse. “El adobe, nos dijeron dos borrachos en una esquina, no resiste”. Pero también encontramos calma. Algo han de tener los campos de la zona central que lo ralenta todo. En Doñíhue, famoso por sus tejedoras, algunos campesinos y tenderos deambulaban por sus calles repletas de escombros en remoción, cubiertos por unas mascarillas blancas que les daban un aire médico. El dueño de una peluquería en ruinas recogía sin apuro los últimos aparejos que le quedaban, mientras la dueña de la verdulería vecina tejía en la puerta de su local. Ella me contó que ahí no habían campamentos, porque todos tenían algún familiar o conocido que los amparara. En Peumo también reinaba ese aire de domingo sin destino, y quienes intentaban limpiar la calle Walker Martínez, sobre la que ahora estaban tumbadas las casas que antes la escoltaban, hacían parecer sus palas escobas, por lo desacalorado de sus movimientos. Según carabineros, habían muerto tres personas y de la funeraria Campos quedaba sólo la fachada, y, no obstante, en la plaza había gente tendida en el pasto, esperando que atardeciera. En el trayecto, los locutores de la única radio que alcanzábamos a sintonizar, hablaban de saqueos en Concepción, de turbas desenfrenadas, de una violencia que sólo podrían frenar los militares, si no querían que la gente tomara las armas para defenderse. Nosotros sabíamos que no estábamos en el meollo de la tragedia, al menos no en la que le gusta a los medios, con más acción que dolor pausado y resignación. En estos pueblos en ruinas –Población, Peralillo-, parecía que la gente aceptara sin locura que nada es para siempre y que un muro caído es un muro por levantar. Las grandes ciudades, evidentemente, son más intensas.

A Pichilemu llegamos de noche. El mar, que ese sábado alcanzó a retirarse cientos de metros en playas de la región, se llevó en los alrededores de la ciudad a dos niños mientras corrían tras su madre. La escena, de imaginarla, produce escalofríos. Si los destrozos materiales no fueron mayores, es porque allí casi todas las construcciones se encuentran en altura. La costanera, en cambio, estaba convertida en una prolongación negra de la playa. Pichilemu, el balneario más grande y populoso de la zona, estaba enteramente a oscuras. Salvo la bomba de bencina, el hotel Pacífico (hasta las 22.30), la botillería One y La Casa de las Empanadas, donde unos pocos jóvenes -rara mezcla de lugareños y surfistas extranjeros-, miraban la televisión, en ninguna parte había luz eléctrica. En todos esos sitios, en realidad, había una televisión prendida y un piquete en torno, como si se tratara de una fogata. Si la oscuridad no era completa, es porque una luna inmensa y naranja lo impedía. Por las veredas aparecían y desaparecían linternas, y por las calles pasaban las balizas preocupantes de la PDI. El escenario olía a frontera, a entrada en un ámbito más tétrico y desolador. A diferencia de los pueblos del interior de la región de O’Higgins, en Pichilemu rondaba el fantasma del tsunami. Difícil concebir amenaza más grande. Sobre el cerro de la Cruz, unas quince familias provenientes de los barrios bajos dormían en carpas. Esa cima era el último punto con señal telefónica que encontraríamos antes de seguir recorriendo la costa. Durante la noche tembló varias veces.
Cahuil y Bucalemu fueron parcialmente destruidas por el agua. La feria de verano de Cahuil, donde los adolescentes, hasta la semana pasada, seguramente jugaban en traje de baño, estaba ahí como un campamento repentinamente abandonado, frente a casas chuecas y acumulaciones de arena en su avenida principal. Quienes deambulaban lo hacían como perdidos, como perros vagos durante marzo en Cartagena. Si en Constitución, Concepción o Talcahuano, la violencia y la desesperación campeaban, esa mañana en Bucalemu los militares en tenida de campaña parecían cosechar un huerto de verduras podridas. Nadie había muerto ahí gracias a que carabineros y bomberos, sin que nadie se los ordenara, habían dado la voz de alarma. Había colchones al sol, tipos conversando en las cunetas, retroexcavadoras llenando camiones con redes y otras sobras de vida. Por la noche, grupos de canallas se habían encargado de robar las pocas cosas útiles rescatadas del naufragio. No obstante, a quien se le preguntara, advertía que la desgracia de ese pueblo no era nada si se la comparaba con Boyeruca.
Boyeruca está emplazado en la desembocadura de un estero, de las salinas de Lo Valdivia hacia el Pacífico, justo donde estas dos aguas se encuentran. Desapareció prácticamente entero. Sus habitantes cuentan que el mar se retiró tanto que aparecieron rocas desconocidas a lo lejos antes de que la ola gigante las emprendiera en su contra. Felizmente, a diferencia de lo que sucedió en Iloca, todos tuvieron tiempo de escapar hacia el cerro, sólo que cuando volvieron, su pueblo era como un maizal recién arado. Hasta los patos murieron ahogados. Yo vi a uno agonizando en torno a su pata muerta en las aguas de un charco. La mañana estaba siniestramente bonita. Una atmósfera de paz y tranquilidad reinaba en el desastre. Casas hundidas, casas sin muros, juguetes tirados, refrigeradores arrastrados hasta la ribera, mujeres lavando ropa, colchones al sol, todo transcurriendo a un ritmo con visos de sagrado, donde cualquier grito hubiera enturbiado la extraña paz de lo irremediable. Había muerte, es cierto, pero el mar una vez más estaba en su sitio. Nada indicaba aún que el Estado hubiera llegado para ayudarlos. Pasearse por ahí era como ingresar en otra dimensión, una donde el mundo estaba recién creándose nuevamente, como si sus habitantes acabaran de abandonar el arca de Noe luego de viajar una vida entera construyendo sueños. Al mismo tiempo, un poco más al sur, el furor de la selva se manifestaba en plenitud. Los vándalos y la política rugían como bestias en medio del dolor. No era el grito de los que pedían ayuda ni el lamento de los deudos ni la tragedia de los desesperados la que se dejaba oír, sino el espectáculo de nuestra naturaleza brutal, ésa que late tanto en el que mata como en el que vibra viendo matar.