Por Juan Pablo Opazo

La ciudad parece dormida pero la situación no puede distar más de la percepción inicial. Las constantes réplicas, las luces parpadeantes de los servicios de urgencia, el olor a humo de las fogatas improvisadas de los vecinos y sobre todo el recuerdo de aquellos 2 minutos en los cuales el suelo parecía descargar su ira acumulada no permiten conciliar el sueño. La ciudad se vino literalmente al suelo y por donde se camina pueden verse inmuebles en aparente buen estado pero con un daño estructural que hará que en los próximos días sean demolidas las viviendas que por tantos años cobijaron a las familias que ven como en segundos todos sus recuerdos y sus pertenencias se hacen polvo. Los edificios colapsaron y no por los años de uso, sino por la negligencia de las constructoras que estafaron a la clase media vendiendo supuestos lugares seguros donde vivir y que a tan solo meses de entregados yacen destruidos con cadáveres pudriéndose en su interior clamando por dignidad y justicia.
El comercio esta cerrado si así podría llamarse ya que las rejas se mantienen entreabiertas porque todo lo que se encontraba en su interior fue saqueado y por si fuera poco posteriormente quemado por una minoría de chilenos que se desbordaron y creyeron que esta sería su oportunidad de destruir lo que por años nos ha costado levantar y mantener. Durante dos días el caos se tomo la ciudad que clamaba por ayuda a la capital, aquella capital que dista a menos de 6 horas de locomoción en bus y 40 minutos en avión y que hasta antes del 27 de febrero nos parecía tan cercana, aquella capital inoperante que dejo abandonada a toda una ciudad demostrando que las regiones no tan solo estamos lejos geográficamente sino también en sus pensamientos cuando no estamos en campaña ni momentos de elecciones. Y que paso en la costa?. De que costa podríamos hablar en estos momentos cuando esta ya no existe dejando una estela de cadáveres y ciudades destruidas, personas que tan sólo quedaron en pijama o ropa interior, niños huérfanos, familias destruidas, turistas viviendo el infierno de lo que deberían ser las vacaciones de sus vidas y trabajadores que vieron como en minutos aquella naturaleza que les brindo cobijo, abrigo y trabajo arrebato sin piedad lo que costo tantos años y esfuerzo construir. Aquellas personas que flotaban en el mar y trataban de aferrarse a la vida tal vez alcanzaron a escuchar a las autoridades marítimas y de emergencia negando una ola que ya los acarreaba mar adentro sin oportunidad de obtener una explicación de la tardanza de generar aquella alarma que pudo cambiar la historia. Aquella alarma que llego a Chile desde Estados Unidos a 10 minutos de ocurrido y fue transmitida a las autoridades quienes la dieron a conocer media hora después que el tsunami ataco con fuerza y sin piedad, mientras los sobrevivientes se aferraban como podían a la vida y fue reconocida por el ministro de defensa durante la tarde cuando las voces y gritos de auxilio se apagaban para siempre.
Jamás estuvimos preparados para esto aún cuando promulgábamos a los cuatro vientos que éramos los mejores preparados y mirábamos por sobre el hombro lo sucedido en países como Tailandia o el mismísimo Haití. El porque no funcionaron los sistemas de información y emergencia, el porque no se envío desde un primer momento efectivos militares a las calles cuando reinaba el caos, el porque no se acepto la ayuda internacional que podría haber mitigado en parte el dolor y las urgentes necesidades de la población y el porque no se escucharon las voces de auxilio de una de las ciudades más importantes del país va a pesar durante años en la conciencia de los responsables y así lo haremos saber con el tiempo. No con ánimos de venganza sino por entregarles dignidad a las personas que perdieron la vida, a sus familias y a la ciudad que aún no se explica bien que sucedió y que ocurrió hace tan sólo unos días atrás.
Concepción esta en ruinas y es escalofriante caminar por sus calles pero pese a todo lo que se pueda pensar a la distancia el horizonte no lo vemos tan lejano ni tan mal dibujado. Aunque cueste creerlo, lo vemos con esperanza y aunque las lagrimas dificulten nuestra visión estamos seguros que nos vamos a levantar y que demostraremos que en esta ciudad los delincuentes, saqueadores y especuladores son la minoría y la gente trabajadora, esforzada que ha ayudado a levantar no tan solo esta ciudad sino nuestro país a lo largo de la historia podrá levantarse y volver a renacer como tantas veces lo hemos logrado, podrá generar un buen futuro a nuestros hijos y volverá a ser una de las ciudades más grandes porque ese es el espíritu de los penquistas que jamás nos doblegaremos ni dudaremos en dar la batalla frente a cualquier adversidad, incluso si es la propia naturaleza quien nos pasa la cuenta.
A estas horas la ciudad continua en aparente calma aunque a ratos resuenan los disparos y los silbidos de los vecinos que no tuvieron más opción que levantarse en armas para defender lo propio y el de reencontrarse con las fuerzas armadas quienes remendando errores del pasado luchan codo a codo con la ciudadanía para hacer de esta una nueva y mejor ciudad llamada Concepción.