Por Patricio Fernández

A diez días de ocurrido el terremoto, Chile está entero conectado. La electricidad ha vuelto a todas partes y, salvo en unos pocos lugares, también el agua. Hay sitios donde ya no quieren que se envíe más ropa, porque sus necesidades al respecto están perfectamente cubiertas. La alimentación está llegando a los destinos en que se la requiere. El drama persiste, pero la violencia animal que se apoderó de muchos chilenos en un primer momento –ricos acaparando en los supermercados, ciudadanos comunes y corrientes (aparte de los grupos lumpenescos) sacando lavadoras y refrigeradores de las bodegas y las grandes tiendas, periodistas y autoridades haciéndole coro a la violencia-, dio paso, a medida que transcurrieron los días, al entusiasmo por la solidaridad patriótica. Antes hubiera sido el pueblo, ahora era Chile quien se levantaba. Pasamos de presentarnos como una nación con el alma corrupta, “fracturada” decían algunos, “más gravemente que nuestra tierra y sus edificaciones”, a estar todos de la mano en torno a Don Francisco, según parece, el hombre más importante de Chile. De las escenas de saqueos condenados con furia hipócrita, pasamos a las notas humanas, en la mayoría de las cuales se mostraba el espíritu prístina de nuestra gente enfrentada al dolor. Llegamos a presenciar escenas quizás únicas en la historia de la humanidad: tipos devolviendo en fila lo robado, y algunos pidiendo perdón, reconociendo que no podían entender cómo cayeron en la fiebre de olvidar la urbanidad. Se cometió, es cierto, un error inconmensurable: no haber dado cuando correspondía la alarma de tsunami. Con todo lo que hemos sabido después, al menos podemos concluir que hay veces en que la estupidez se paga carísima. Al sábado siguiente, el mar continuaba devolviendo cuerpos a la orilla. Además de militares, más o menos tarde, se movilizaron jóvenes cristianos, grupos de amigos espontáneamente reunidos, cadenas de ayuda por internet y otra sarta de organizaciones civiles que desconozco. Los partidos políticos brillaron por su ausencia. Al menos yo no supe de cuadrillas comunistas o socialistas como las que décadas atrás se organizaban para colaborar con la Zafra cubana. Hasta los supermercados aparecieron ante la opinión pública como organismos más solidarios que los partidos de izquierda. ¿Y los demócratas cristianos, y los pepedés? ¿Tan golpeados están por la derrota que olvidaron que la política no sólo es para gobernar? ¿No se les ocurrió pensar que las tierras arrasadas por esta catástrofe eran la transcripción literal de su propio desastre, y que sólo levantando casas, acarreando escombros, con las manos en el barro, mezclándose con la gente nuevamente, por más de lo que dura una fotografía, comenzarían a reconstruir el sentido de su proyecto? Ahora que cambia el mando, que llega al poder un empresario con un gabinete de gerentes, ¿qué país se levantará desde las ruinas? Porque de que será levantado, lo será, y al menos yo apostaría que no en demasiado tiempo. ¿Se fortalecerán las caletas de pescadores o una empresa pesquera los contratará con sueldo fijo? ¿Generarán su propia energía o dependerán de una mega central hidroeléctrica? ¿Cómo serán las casas, florecerán estilos auténticos o lo que nazca lo regirá únicamente un criterio de rentabilidad comercial? ¿Aspiraremos a más y más resorts? ¿Sobrevivirán los pequeños almacenes o menguarán producto de las réplicas del retail? No hay que adelantarse; por el momento queda mucha gente durmiendo en carpas y tiendas de campaña, y se vienen las lluvias cargadas de enfermedades. El logo que eligieron para el nuevo gobierno, en todo caso, no invita a transformar el mundo, pero aceptemos la posibilidad, mil veces comprobada, de que la vida se encargue de sorprendernos. En fin, hemos dicho tantas cosas en tan pocos días, lecturas sociológicas, teológicas y filosóficas de la catástrofe. Hace tiempo que no se veía semejante proliferación de ideólogos en la plaza. Bachelet terminó abrazada con Piñera, y el país entero unido en un sueño sin forma, más allá del deseo de seguir viviendo.
Se trató de un terremoto. Habrá que ver cómo llegamos al siguiente.