Por Rasmus Sonderriis

¿Qué tiene en común algo tan terrible como un terremoto con algo tan rico como el sexo? Pues, más que pura fuerza, intensidad y movimiento oscilatorio. Como ahora muchos hemos sentido en carne propia, más allá de las explicaciones científicas, no se sabe realmente qué es ninguno de los dos hasta probarlo. Eso sí, deben ser muy pocos que han vivido ambos fenómenos a la vez. Ya que el terremoto no se anuncia, tendría que pillarle a uno por casualidad justo en el acto sexual, y la excitación tendría que ser desbordante, a punto de su culminación, para querer seguir adelante en medio de tanta destrucción y sufrimiento. Por eso, las únicas personas que quizás pudieran haberlo pasado bien en esta ocasión fueron los accionistas de fábricas de cemento, y no los amantes.


Foto: Alvaro Díaz

Sin embargo, a mí me tocó estar con mi familia en una casa de madera en campo abierto. Fue tan fuerte como en Santiago, pero en ese edificio pequeño y liviano no podría existir mucho peligro. Aunque el bienestar de mi familia fue sin duda mi principal preocupación durante el par de minutos que duró, también me permití apreciar los extraordinarios movimientos del suelo, mirar los cerros, contemplar las nubes de polvo, prestar oídos al bullicio y decirme a mí mismo: “¡Qué increíble! ¡Qué fuerza más impresionante! ¡Qué grande haberlo experimentado!” Además, como estuvimos abrazados como familia, fue un momento romántico, sobre todo después, recordando los fuertes instintos maternales que demostró mi mujer en sacar rápidamente de su cuna a nuestro hijo pequeño. Por el corte de luz, pasaron muchas horas en que nada sabíamos de la desgracia y desesperación que se vivía más al sur.
Hoy se están desarrollando tecnologías de construcción con resortes gigantes y medidores de temblores conectados a computadores que prometen compensar y neutralizar los sismos más violentos al punto de no sentirlos. Será aburrido, pero sin duda preferible a pasar por un “terror-moto”, y claro, muchísimo mejor que arriesgar vidas y bienes inmuebles. Pero somos criaturas del siglo XXI. Podemos aspirar a cada vez más control sobre la naturaleza. Llegará el día en que podrá predecirse cada terremoto con la misma exactitud que los eclipses solares. Entonces, todos nos prepararemos para disfrutarlo desde algún punto seguro y bien acolchonado. Como el país con más terremotos fuertes en el mundo, habrá un masivo “turismo sísmico” a Chile. Recordemos que los eclipses solares también eran temidos como la peste en épocas pasadas, pero hoy generan toda una industria de locos de diversa índole que viajan de eclipse a eclipse. No faltarán quienes querrán aprovechar también los movimientos telúricos para hacer fiestas, tomar drogas y tener sexo. Algunos verán en eso la destrucción reemplazada por la autodestrucción. Pero hay que ser muy recato para no ver en el desenfreno de los sentidos un mal menor que los estragos que hoy causan los terremotos.