POR PEPE LEMPIRA
FOTO: ALEJANDRO OLIVARES

Todos los que algo saben de ese feo tema que es la guerra moderna, adivinan hace mucho que las marinas latinoamericanas no son más que carísimas flotillas ceremoniales, que solo entran en acción con motivo de un desfile de embarcaciones, que en el medio se denomina “revista naval”. Las últimas dos revistas que ha registrado la historia fueron sendos homenajes al almirante de la lengua estropajosa, José Toribio Merino, y al presidente Ricardo Lagos. Pues, en el gobierno de este último se debió corregir (cuando ya no quedaba otra alternativa) un oneroso e iluso programa elaborado por el almirantazgo, que consistía en construir diez fragatas en los astilleros de Talcahuano. Entonces se procedió a tirar cheques, sin fijarse en gastos, para comprar buena cantidad de buques de guerra de segunda mano en el mercado europeo, ganándose Lagos el agradecimiento de los marinos y su consabida “revista naval”. En la ocasión, el presidente saliente vio pasar frente suyo al buque madre de submarinos Merino, bautizado en honor del protagonista de la anterior “revista”. Por lo mismo, el estadista debe haber calculado que algún día habría al menos un remolcador llamado Presidente Lagos.

La oficialidad naval es idónea en eso: bautizos de naves con botellas de champán, honores de pito, protocolo gastronómico, gestos políticos con cuentagotas (por ejemplo, prestar Dawson para hacer la película de Littin) y todo lo que pueda asegurar la flotabilidad del gran elefante blanco.

UNA RELIQUIA DE ÚLTIMA TECNOLOGÍA

Pero ya hace casi ¡30 años! quedó en evidencia que, tratándose de guerras, todas esas bocas de acero y lanzamisiles, que parecen listos a vomitar fuego a discreción, no son más que un cacho que hay que fondear (literalmente) en alguna parte, para que no se conviertan en picadillo por la superioridad tecnológica circunstancial del rival. O por culpa de esos novedosos inventos llamados aeroplano, torpedo y misil, que ya cuentan con entre 130 a 50 años de vida, dependiendo del caso.

Por lo mismo, en la guerra de Malvinas, la –en el papel- respetable Flota de Mar de la Armada Argentina no pudo hacerle honor a su propio nombre y debió contentarse con trapear la cubierta de sus buques al abrigo de los puertos más protegidos que pudieran encontrar. E hicieron bien, porque cuando se animaron a incursionar con el crucero Belgrano (una reliquia, por lo demás) bastó un torpedo, lanzado por un submarino nuclear, para desatar de una sola vez una carnicería de centenares de muertos.

En la última guerra entre Perú y Ecuador, por ejemplo, nadie en su sano juicio habría osado en hacer entrar en acción a las respectivas escuadras. Y por razones parecidas. Ya no estamos en tiempos en que se pueda tolerar la muerte simultánea de cientos de personas, eliminadas de un solo bombazo y condenadas a reposar todas juntas en compañía de las sirenas del fondo del mar. Los gobiernos estiman que la opinión pública puede aceptar algunos pilotos o soldados muertos en la selva. Pero esos horrorosos naufragios los dejamos para épocas más incivilizadas. Los caballerosos marinos han encontrado solo una manera extremadamente bárbara de guerrear. Por lo mismo, todos los marinos del mundo (salvo los de la USNavy, encargados de lanzar misiles y bombarderos desde distancias cobardes) están condenados a ver la guerra por televisión. Benditos sean. A estas alturas, los últimos combates navales presenciados por la humanidad fueron escaramuzas de lanchas misileras ocurridas por los años 60, en Vietnam y en las breves guerras entre árabes e israelíes.

PIES EN LA TIERRA

En esas circunstancias, que van mucho más allá de la realidad nacional, lo esperable sería que la Armada de Chile asumiera la realidad y olvidara el deseo. La tarea prioritaria de una marina de guerra del mundo en desarrollo es el apoyo logístico a zonas aisladas, pero principalmente ejercer de policías y bomberos del mar, supliendo estatalmente todo lo que no pueden hacer los privados, como los voluntarios del Bote Salvavidas de Valparaíso, debido al gran costo de operar en el mar.

¿Y los “bomberos del mar” qué deben hacer? Lo mismo que sus pares en tierra: combatir siniestros, rescatar personas en peligro, controlar contaminantes peligrosos, alertar a la sociedad en caso de riesgo, trabajar codo a codo con la comunidad en tiempo de catástrofe y evacuar informes para que los afectados puedan intentar que las aseguradoras respondan.

Todo eso que la Armada cumple hoy como una función anexa, entiéndanlo de una vez, es a estas alturas SU PRINCIPAL tarea. El oropel guerrero es lo secundario, si es que no lo prescindible.

La irregularidad institucional de ser una organización fiscal confesional (católica), incrustada en un estado laico, ha sido tolerada por los sucesivos gobiernos al entenderse la Armada como una especie de orden de caballería náutica, en que el aristócrata puede desfogar el simulacro de su pasión guerrera al mando de unos cuantos grumetes. Pero eso ya pasó. Son policías, bomberos y abastecedores… y basta. No hay menoscabo en cumplir tareas tan útiles.

Dicho todo esto, casi no es necesario agregar que la Armada ha fallado rotundamente. Y no porque (pese a lo que afirma un espectacular reportaje de LUN) en Talcahuano sea un secreto a voces que se perdieron los dos carísimos submarinos Scorpene. Simplemente fallaron, porque parecen no saber a qué es lo que realmente se dedican.