POR RAFAEL GUMUCIO / Ilustraciones: Leo Camus
La presidente Bachelet y la alcaldesa Jacqueline van Rysselberghe son la prueba viviente que el sexo no determina comportamientos políticos. Ser mujer en Bachelet es sinónimo de ser cercana, compasiva, maternal. En el caso de la alcaldesa, ser mujer es sinónimo de impaciencia, de indignación constante, de hiperventilación sin medida. La femenidad a la alcaldesa le permite justificar una visión de las cosas totalmente doméstica, sin vuelo alguno, sin mirada a largo plazo, sólo ahora y yo y mi familia y nada más y nadie más. Todo redondez una, todo ángulos la otra, todo perdón una, todo odio la otra, las dos a su manera aumentaron la crisis del terremoto convirtiéndolo en un grito que aún resuena en el fondo de nuestros oídos.

Se equivocaron las dos por razones también contrarias. La Bachelet por tratar de minimizar el temblor, por intentar, incluso en una catástrofe que se salió de cualquier normalidad, ocupar los canales regulares. Se equivocó por pensar demasiado en cómo quedar bien, cómo hacerlo suavemente, con qué imagen terminar su gobierno. Se equivocó por confiar, por esperar, por trabajar en equipo. La alcaldesa hizo lo contrario; no escuchó a nadie, no esperó nada, vio una cámara de televisión -esa televisión que suele convertir a las mujeres de su especie en héroes- y se puso a chillar a todo volumen. Sin dudarlo ni un segundo usó la lógica del reality show, donde todo lo que importa es lo que me pasa a mí, esa lógica que resume todo a un asunto personal, que simplifica los motivos ajenos hasta convertirlos en caricatura. “Si sus hijos estuvieran en Concepción se apurarían más”. Como si sólo se pudiera ayudar a los suyos, o como si nadie en el gobierno tuviera a nadie en Concepción. Luego, cuando tuvo raciones de alimento, decidió repartirla sólo en los condominios cuyos habitantes no hubiesen robado, como si todos los pobladores fueran, por el sólo hecho de vivir a lado de un saqueador, ladrones, o como si esa política de discriminación de clase no tuviera nada que ver con el odio que inundó Concepción y del que, por cierto, la alcaldesa por tres períodos no tiene nada que ver.

La Bachelet y la Van Ryssenberg, de maneras contrarias, no supieron medir la situación. Por exceso de cuidado o por falta de ello, por exceso de escrúpulos o por falta total de ellos, las dos fallaron. Pero sus errores no son iguales. La manera de enfrentarlo prueba hasta el distinto material del que están hechas las dos mujeres. Mientras la Bachelet se ha hecho los respectivos mea culpa y desnudado su sensación de impotencia ante la población, la Van Rysselberghe salió de la tempestad sonriente en sus bluejines para asumir el puesto de intendente en el nuevo régimen. Mientras la Bachelet asume y asumirá un castigo justo por sus errores, la Van Rysselberghe es premiada gracias ellos. Mientras la Bachelet se pregunta ¿qué hice mal? o ¿qué podría haber hecho mejor?, la Van Rysselberghe, en cuya administración se aprobaron los permisos de construcción de muchos de los edificios que se vinieron abajo, piensa que tiene, que siempre tuvo, que siempre tendrá toda la razón.

Es eso lo que hace tan peligrosa a la alcaldesa, la seguridad absoluta que todos sus gestos y sus palabra denotan, de ser una elegida, de estar por encima del bien y del mal, parte de una raza superior caída por desgracia en esa tierra de ineficiencia, corrupción y derechos humanos. Representante de la gente honesta que nunca roba, que nunca viola, que nunca se separa, que tiene seis hijos como si nada, que trabaja en pleno posnatal. Superior a la media, vencedora de todas las pruebas, sus ojos se animan sólo cuando se habla de venganza, matar a los asesinos, no darle su colación a los ladrones, castigar a los flojos: separar a la gente buena de la mala. Todo su cuerpo es un desafio, la prueba que se puede tener muchos hijos y conservar la forma y trabajar veinte horas diarias, y retar a la profesora, y hacer feliz al marido. Todo bien, todo al mismo tiempo, todo mejor que nadie, pero en el fondo una rabia, un odio, una primitiva sed que encuentra su desahogo en la política.

Su desempeño público, más que una entrega a los demás, es una forma de explosión de lo que no puede manifestar del todo en casa. Un grito de sus impulsos más cavernarios: la venganza, los gritos, la burla y la desconfianza al otro. La moral misma del saqueador de supermercado, ese que cree que todo le es debido, que no tiene por qué esperar ni pensar en nadie más. Una visión del mundo tan simple como el mundo es complejo, tan pequeño como el planeta es grande. Provinciana no sólo por donde nació o creció sino en cómo piensa o deja de hacerlo. Opus Dei que olvida que su Dios fue un condenado a muerte y uno de esos pobres que no quiere alimentar porque son ladrones. Siquiatra presa de un superyo paterno que deja de pronto escapar las profundidades de Ello. Sara Palin chilena, su instinto, como llamaradas descontroladas, quema todo a su paso. No deja nada tras de sí más que una enorme desolación. Esa de Concepción, la ciudad de la que era alcaldesa y en la que se convirtió en simple ejemplo escalofriante.

Uno más de esos gritos que buscaban autoridad moral, militar, política para no dejarnos a solas con el monstruos que nos habita, ese que bien puede usar maquillaje. Esa misma autoridad que perdió en el terreno la alcaldesa de una comuna que mostró desnudo el odio y la desconfianza de la que siempre hizo ella alarde. Esa autoridad que el presidente Piñera volvió a darle por decreto, dejando en claro qué tipo de error, qué tipo de horror vamos a tener que soportar ahora.