POR PEPE LEMPIRA
Sábado en la noche. Regado cumpleaños en una parcela a las afueras de Santiago. Globos plateados flotan sobre la fría piscina, mientras un dj hace girar sus primeros discos. Una conversación: “El Juanito no va a venir. Acuartelaron su regimiento, y les avisaron que esta noche iba a haber otro terremoto” “Waa. No hueís”. Y nada más que contar de esa noche.

Puede ser. Si los tratan como pendejos. Y también lo hacen porque son niños. Al interior de los cuarteles corren las leyendas, y los simulacros se vuelven reales en la boca de cualquier instructor de poca monta. Tal como los juegos pueden transformarse en verdad en la mente de unos boys scouts. Es cierto, las fuerzas armadas, en su base, no son otra cosa que asociaciones infantiles. Solo que potencialmente muy peligrosas, debido al reemplazo del pañolín por las municiones.

Otra escena. Me la cuenta alguien que estuvo en Constitución el día del cambio de mando. Llega la réplica fuerte y la gente comienza a evacuar tranquilamente el sector de despacho de canastas familiares de alimentos básicos. Entonces llegan unos soldados apuntando sus metralletas a la nada. “¡Corran! ¡Corran por sus vidas!” gritan esos rostros de niños espinilludos, que podrían prestar la cara para empaquetar bolsas en la caja de cualquier supermercado. Entonces, sembrado el pánico, la gente corre hacia los cerros, mientras camionetas aceleran desbocadas entre la multitud de peatones asustados, como dispuestas a llevarse a unos cuantos por delante. Todo recuerda a la huida de Scarlett O’hara en medio del incendio de Atlanta.

A fines del siglo XVIII, dice Vicuña Mackenna, medio Santiago abandonó la capital al esparcirse -durante unos ejercicios de milicias- la falsa noticia de que los mapuches caían por sorpresa sobre la ciudad tras hacer un rodeo a través de las pampas argentinas y bajar armados por el Cajón del Maipo.

Con un poco de memoria todos puede recordar otra anécdota, pero del 2005. Un rumor se esparce por Concepción y alrededores. Se trata de una alarma de maremoto que moviliza a decenas de miles de personas, en una histeria colectiva sin precedentes en la historia del país. Se decía que el mar se había recogido. Que había que huir cuanto antes. El temor desatado era comprensible, pues veinte días antes la costa occidental de Indonesia había sido arrasada por tsunami de dimensiones escatológicas. Los habitantes de Coronel, San Pedro de la Paz, Talcahuano y Concepción habían visto el evento por televisión y no necesitaron mayores precisiones.

En la falsa alarma, una mujer, Rosario Balladar Echeverría, murió de un infarto mientras intentaba llegar a un cerro a bordo de un automóvil. La prensa de la época informa que hubo otros 3 casos de paros cardiorrespiratorios. Se contabilizaron luego una treintena de personas fracturadas en la tole tole. Y se estimó que en medio de la noche 15 mil ciudadanos habían abandonado sus hogares con lo puesto. Un saldo que era aterrorizador en esos momentos (sobre todo por lo injustificado), pero que ahora parece cosa de niños, observando lo que si puede hacer un maremoto real.

El, entonces casi desconocido, SHOA hacía circular su declaración tranquilizando a la multitud: “Cabe recordar que para que exista un Maremoto o Tsunami deben reunirse ciertas condiciones como son la ocurrencia de un evento sísmico de Magnitud 8.5 y/o superior y su epicentro debe ser en el mar; situaciones que no ocurrieron durante esta presunta alarma”. Tema aparte… No sé que cambió, porque ahora todos hablan de 7.5 como umbral del maremoto y se informa que el epicentro fue tierra adentro.

¿Pero qué importancia tiene esto hoy, frente a la ausencia de alarma en el momento del maremoto real? Espere, y verá que aparentemente bastante.

Luego de la falsa alarma se inició una investigación para sacar a la luz a los autores de la broma macabra. El ministerio público rastreó la pista de la mentira, hasta llegar a la Isla Quiriquina, de propiedad de la Armada. Un paño de tierra ubicado en la entrada de la Bahía de Concepción, donde funciona (entre otras instalaciones) la Escuela de Grumetes.

Entonces, los fiscales –sin atribuciones legales para indagar en el sacrosanto campo militar- se declararon incompetentes y entregaron sus antecedentes a la comandancia naval. Esta mantuvo abierta la investigación por unos meses, antes de que fue sobreseída (era que no) a fines de ese mismo año 2005.

Lo concreto es que lo que pasó Quiriquina ese verano del año 2005, se quedó en Quiriquina. Imagino, igualmente, que los responsables deben haber sudado y tenido pesadillas con comisiones investigadoras, sumarios y bajas administrativas. Si hubo formas alternativas de justicia al interior del cuartel, de eso nunca nos enteraremos, estando sellados los labios por la lealtad institucional.

Pero, como en el cuento de Pedrito, se perdió la credibilidad y se olvidó al lobo. Finalmente, la mala lección aprendida, fue temer más al sumario que al maremoto. Un aprendizaje mutante y burocrático que recorrió de boca en boca casinos de oficiales y entrepuentes.

Pero no es solo cosa de marineros. Este es un país en que la gente pasa de niños a oficinistas impávidos sin mayor escala que unos cuantos cagazos de por medio. Aquí los niños son disfrazados de recepcionistas encorbatados en la escuela, mientras que los burócratas hacen la cimarra y fuman en la escalera hasta que los sorprende la jubilación. Así que tampoco nos sorprendamos tanto de esta seguidilla de torpezas, que se remontan a cinco años atrás.