POR RAFAEL GUMUCIO
El cambio de mando empezó mucho antes del 11 de marzo. Lo presenciamos en directo en esa cadena nacional infinita que fue la Teletón Chile ayuda a Chile. Ahí la presidenta saliente y el presidente entrante pudieron encontrarse en el único espacio común que nos queda a los chilenos: la televisión. El centro mismo del liderazgo de ambos lideres, la ética y la estética de Don Francisco que ambos comparten, aunque no de la misma forma ni hasta el mismo extremo, fue su punto de unión, el lugar en que detrás de una bandera nacional rellena de artistas de la tele, intercambiaron poderes.

La ética y la estética de la Teletón es una forma de responder de manera directa, efectiva y efectista al abandono en que el Estado chileno suele dejar a los más débiles. Nació en dictadura para parchar los olvidos de esta. Ayudó y ayuda a cientos de miles de chilenos todos los días. Pero no lo hace gratuitamente. No pretende, por cierto, hacerlo. En el resorte mismo de su visión de mundo, la solidaridad es parte del mercado, y el mercado es parte de la solidaridad. El bien puede, y debe ser, rentable. Es lo único que puede hacerlo continuo. Nace esta cruzada en pro del bien de una visión profundamente pesimista del hombre: esa que cree que este sólo puede ayudar si se gana algo a cambio.

La estética de la Teletón es también la del efecto, la del ruido, la de la imagen sensible, la de la publicidad. Por pura bondad pasa por encima de uno de los principios esenciales de la caridad cristiana, que esta sea secreta, anónima. La caridad tipo Teletón repugna a los santos, esos que dan sin nombre, esos que no llegan con cheques gigantes, y no nombran empresas, pero teme también las soluciones institucionales y estatales, soluciones que nacieron justamente de ese mandato evangélico básico: que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha.

Una mano que no sabe qué hace la otra no permite el estado de permanente aplauso que las Teletones necesitan para ejercer su magia, la de darle una ritualidad trascendente al mercado, la de ayudarla a reemplazar la desprestigiada religión y la más desprestigiada política. Instituciones que al revés de la tele están llena de cosas que se ven mal pero son buenas, llena de horrores individuales pero de bondades institucionales, llena de miserias visibles que a la larga construyen casas, catedrales, universidades, cantatas de Bach y paz con los mapuches en las orillas del Biobío.

La caridad tipo Teletón privatiza la caridad, convierte el impulso altruista que es uno de los motores de la política y la religión, en una sucesión de gestos visibles y breves que iluminan por un segundo y dejan poco detrás. Rebaja al que necesita a calidad de mendigo, pero rebaja también al que da a calidad de esponsor o de artista. Necesita renovar el pacto cada cierto tiempo, hacernos sentir que todo es insuficiente, volver al escenario para calmar la vanidad, o la codicia del animador, del cantante, del empresario, para darles a todos sus pecados mortales la sensación ser útiles, de ser necesarios, de ser buenos.

La Bachelet podía sinceramente creer en la utilidad del acto. Por último, la Teletón es siempre mejor que nada. Chile ofreció mucho tiempo nada, fue demasiado tiempo mezquino con sus débiles para preocuparse demasiado de la estética del acto, de las resonancias profundas de una institución que ayuda de verdad. Piñera entiende otra cosa, no ve la Teletón como un mal necesario, un peor es nada, una muestra patente de lo bajo que cayó nuestra sociedad al tener que recurrir a la vanidad de los artistas para que no siguieran amarrando a los minusválidos a los árboles. Piñera ve en la Teletón y sus empresarios solidarios la piedra angular de lo que parece será su política. Una reconstrucción a golpes de regalos, de chicos buenos, y de empresarios iluminados tipo Felipe Cubillos. Una reconstrucción que no deje instituciones, costumbres, comunidades, sino que prolongue y consagre la modernización epidérmica, desigual y bipolar en que hemos vivido. Todo rápido, todo en televisión, todo ahora mismo. A la imagen misma del carácter que se ha inventado, un hombre de acción que mide cada palabra que dice pero no puede impedir poner en la misma frases todos los adjetivos que el focus group le dice que funcionan.

Hay que reconstruir, tirar para arriba, mirar para adelante (y nunca para adentro), agradecer a los que hacen un aporte, vengan de donde venga. Pero ¿debo agradecer a los que me regalan un porcentaje mínimo de lo que me quitaron? ¿Debo consagrar su despojo, visarlo con mi sonrisa? Empresas que pagan impuestos mínimos, o que aumentan sus cifras de ventas gracias a campañas solidarias, millonarios que se acogen a la letra chica de la ley pero que tienen además la sofisticada crueldad de querer salir en la foto donándome lo que en cualquier otro país con un sistema racional de impuestos deberían entregar sin ruidos, sin fotos, por pura y simple justicia social.

Un país que no paga sus impuestos, que paga malos sueldos, que se lleva porcentajes enormes de las utilidades para la casa, unos empresarios que desertan de su deber con la comunidad organizada a través de un Estado, no es, ni será nunca -por más teletones, colegios modulares o Farkas que den vuelta- un país solidario. Los show y puntos de prensa que ayudan a encubrirlo no son ni más ni menos que las operaciones de cirugía estética con que los narcos tratan de salvarse de la policía.