por Patricio Fernández

Hay problemas en la familia concertacionista. Quienes estuvieron en el cónclave, cuentan que había miradas que chocaban como espadas y sacaban chispas, mientras los ex presidentes, tras la intervención del poco iluminado Latorre, discurseaban. Muchas de las sillas del estadio El Llano permanecieron vacías. El Presidente Metropolitano de la J.D.C., Jorge Andrés Cash, había llamado a suspender el encuentro: “Si no existe claridad respecto a qué Chile quiere construir cada Partido, mal podrá ofrecerse un plan serio de reconstrucción para el país”, aseguró. Y harta razón que tiene: cada partido o el conglomerado en su conjunto requiere qué Chile quiere, porque ¿de dónde saldría el plan de reconstrucción si no es de un sueño de sociedad, de una idea potente capaz de resumir el sentido de las acciones, de un acuerdo básico sobre el país al que se aspira? La convocatoria se vio enrarecida por discusiones poco estimulantes, por cálculos más bien picantones, y hasta la elección de la palabra “cónclave” anunciaba un aire espeso, aunque, al parecer, más que densa, la jornada fue olvidable. Poco antes, miembros de la Democracia Cristiana enarbolaron la sospecha de que el evento sólo serviría para ensalzar la figura de Lagos y Bachelet. Cohabitarían en su interior hermanos y primos enrabiados. Marcelo Díaz v/s Rossi, Girardi v/s Lagos Weber, Latorre v/s la Michelle, y todos contra Gómez. Las rabias, sin embargo, se mantuvieron a nivel de miradas. Como en las familias mal avenidas, “tras la paletada, nadie dijo nada”. No hubo refriegas explícitas. Todos entendemos que es mal visto pelear en los velorios. Los viejos baluartes -los ancianos de la tribu-, se encargaron de imponer su respeto. No querían escándalos, y a la sombra de sus homilías, los picados bebieron bilis.

La noticia de lo que ahí sucedió, duró lo que una raya en el agua. El viernes anterior, Carolina Tohá había bajado su candidatura a la presidencia del PPD, porque su marido, Fulvio Rossi, quería presidir el PS y, con toda razón, el menjunje no le parecía presentable. La decisión sorprendió incluso a muchos de los políticos más cercanos a ella y, para el más cercano de todos, su cónyuge, fue un garrotazo terminal. Desde ese día, Rossi fue blanco de la furia femenina, y no hubo esposo que aspirara al cariño de su esposa que no se sumara al coro de las pasionarias. Fueron cientos los twitteros que le cayeron encima al galán del Senado. ¿Por qué no había sido al revés, si aquí la estrella era ella y no él? De hecho, si se le hubiera adelantado se habría leído como una muestra de amor, y se ve tan poco de eso en la política que sus bonos se hubieran ido a las nubes, o un poco más abajo, para no exagerar. Muchas lo hubieran hallado “tierno”, pero, en cambio, optó por la ambición, y rompió el saco. Recién terminado el gobierno de la primera mujer presidenta, lo suyo fue un papelón. El martes, acosado por el descrédito, renunció. “No quiero que nadie más se llene la boca con mi nombre y mi prestigio. Con mucho dolor he decidido deponer mi candidatura en el Partido Socialista”, dijo el senador. Acusó a ciertos grupos fácticos del progresismo de “interferir con nuestro matrimonio con tal de conseguir sus objetivos”. Quienes lo vieron hablar, me cuentan que le tiritaba la mandíbula. Es curiosa la política: en apariencia pertenece al reino de lo público, pero la verdad es que suele mezclarse con la intimidad. Troya ardió por culpa de un lío de pareja y toda la tragedia griega ronda este mismo territorio enrarecido. Shakespeare lo retrató maestramente.

En fin, deberá pasar mucho agua bajo los puentes antes de que veamos nuevamente a la familia concertacionista reencantada. Quizás no ocurra bajo el mismo matrimonio. Quién sabe, en una de esas vuelve a encontrar donde mismo la pasión que perdió. Pasarán, sin embargo, tantas cosas entre medio, que no hay modo de saberlo. En esta pasada, de los testarudos será el reino de los celos.