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Por Jugoberto Candela
Leer la entrevista a Jorge Edwards es como sentarse a conversar, con un whiskacho en la mano, con un viejo de La Dehesa en la terraza de un club de golf. Escuchar, entre el murmurllo del follaje, sus opiniones frívolas y contradictorias, al voleo, sobre lo que venga, sonando todo el rato al compaz del filtro de una piscina cercana. Barullo. Justificaciones cruzadas inconscientemente por sus miedos atávicos –genéticos- al populacho, al saqueo, al guitarreo y a los hombrecitos de a pie. Blablablá, “mucho huachaqueo”. En un extraño ejercicio de espiritismo, es como escuchar las opiniones del abuelo o el tatarabuelo del entrevistado salir mágicamente por su boca.

Qué vulgaridad. Como cualquier viejujo de esa calaña (contradictoriamente, de la elite del último suburbio del planeta), se abanica en el palco del Municipal con su visión de la cultura completamente belle epoque, completamente club de lectores de El Mercurio. Cultura es contratar a un buen director de orquesta sinfónica en Europa….

Pero es bueno que exista esta figura, que habla por el sentido común de estos viejujos casposos; hay que darles mucho espacio. Son muy pocas las páginas de la vida social de los diarios.

En el fondo, la vida de este hombre es un largo arco de regreso al seno familiar, lo que es muy humano. Pero también es una trayectoria de vuelta a las opiniones cómodas y predecibles de quien espera el aplauso de sus más cercanos, de los aburburjados que sufren y putean porque está tan difícil encontrar una buena empleada.

Y toda esta predicibilidad, toda esta comodidad, todo este apoltronamiento; en resumen, toda esta vida, es justificada por un vulgar incidente diplomático protagonizado por el papagayo en una república bananera del Caribe (casualmente de izquierda). Un incidente ocurrido hace algo así como 40 años.

Repite y repite el hecho como si fuera un trauma, una marca, un aprendizaje… cuando es solo una justificación para seguir pensando lo mismo que pensó papi y mami. Es su excusa para su propio y cómodo desaprendizaje. ¡Qué latero más grande! Si seguimos el curso de su carrera, me temo, lo que continúa será observar cómo le compran un pony, o la nana le cambia los pañales y le echan talco en el “popó”.

Un poco de pudor, señor Edwards, por favor.