En 1994 el cardenal Jorge Medina estaba a cargo de arzobispado de Valparaíso. Preocupado de la supuesta existencia de una crisis moral que sacudía los cimientos mismos del país, el prelado escribió una carta pastoral titulada “Acerca de la Castidad”. El sorprendente texto alcanza a ratos tintes proféticos. Como en el siguiente pasaje, que más que referirse a la “crisis moral” noventera, parece describir los entuertos de la Iglesia Católica en el 2010:

La provocación de las pasiones ajenas es un pecado para quien las produce. El ‘escándalo’, en el sentido moral de la palabra, es una acción que constituye un tropiezo para otro en su camino hacia Dios. Son severas las palabras de Jesús a este respecto: “…al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y lo hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero, ¡ay de aquel hombre por quien viene el escándalo!” (Mt 18, 6s). La extrema gravedad de escandalizar a un niño no significa que carezca de importancia escandalizar a una persona joven o adulta. Quien causa escándalo, poniendo impedimiento para que otro hombre avance hacia Dios, da muestras de no pensar en la propia responsabilidad moral no sólo toca a nuestra propia persona sino también, en cierta forma, a nuestros hermanos. Jamás puede un cristiano repetir las palabras de Caín: “¿quién me ha hecho el custodio de mi hermano?” (Gn 4, 9).