POR MACARENA GALLO

Hace poco publicó “Vendo casa en el barrio alto”, novela que aborda el clasismo existente en la clase alta, un mundo que conoce perfectamente. De paso por Chile, Subercaseaux, autora de numerosas novelas y libros de investigación periodística, habló con The Clinic de la burguesía, del nuevo gobierno, de la iglesia, de Jorge Edwards y de la desigualdad chilena: “El exceso de dinero en unos poquitos es tremendo”, dice.

¿Qué la motivó a destapar, en “Vendo casa…”, el clasismo de la clase alta?
-Siempre me ha molestado el clasismo. Hace un daño tremendo. Lo he visto, por ejemplo, en el trato que se le da a las empleadas domésticas. Me acuerdo que en un tiempo era bastante frecuente que a ellas les dieran otra comida que la de sus patrones. Se notaba el clasismo en el poco acceso a los colegios, a los clubes sociales, a prácticamente todo. No era lo mismo veranear en Zapallar que en Cartagena. Y sigue siendo así. Por eso siempre he sido muy crítica de la sociedad chilena, y ahora me he dado cuenta que Chile cada vez se está volviendo más clasista.

¿Por qué será?
-Porque llegó el elemento del dinero, que produce tremendas discriminaciones. Y el exceso de dinero en unas poquitas personas, que son las que están en el poder, es tremendo.

Usted ha dicho que su trabajo es observar a la clase alta. Más allá de eso, ¿cómo se podría resolver el tema de la desigualdad? ¿Desde la economía, la política?
-No soy economista y tampoco política. Pero hay muchos caminos para resolver el tema de la desigualdad en una sociedad. Desde luego las políticas económicas que se apliquen; la política tributaria es siempre importante, la educación -que requiere tiempo- es la madre de todas las batallas en este caso. Es un problema bien complejo. Volvemos al tema del clasismo. Porque no sólo en Chile, sino en todas las sociedades latinoamericanas hay clasismo. La gente está acostumbrada, y estamos todos acostumbrados, a que las clases sociales no dialoguen, no se comuniquen. No se trata de que no haya clase social, se trata que esas clases sociales compartan los mismos espacios, se comuniquen, hagan como si vivieran en el mismo país, pero acá en Chile hacen como si vivieran en países totalmente distintos. Hay un muro altísimo entre las distintas clases.

¿Qué arreglos haría en la clase alta?
-Que tuviera más conciencia de lo clasista que es, que aumentara sus niveles de conciencia, que se diera cuenta de que no puede ser bueno ni justo ni sano para una sociedad que existan estas minorías súper privilegiadas económicamente hablando. Porque estamos hablando de plata y ninguna otra cosa. Que existan estas minorías con estas oportunidades para hacer todo lo que quieran, y por otro lado mayorías que viven apretadísimas, a las que todo les cuesta el doble, es tremendo. No pueden seguir pensando que esto sea lo normal, porque lo que es malo para el país también es malo para la clase alta.

¿Cómo?
-O sea, venir a pensar que la clase alta quiere para el país lo peor es una aberración. Porque, obviamente, todo el mundo quiere lo mejor para el país. Pero hay pocos niveles de conciencia.

Pero, ¿cómo se podría hacer algo concreto?
-Se podría hacer con una mayor participación social en general, como se ha hecho en países desarrollados del mundo. Con gente que cuando el salario mínimo no le alcance para vivir, salga a la calle, reclame o tenga sindicatos poderosos. Todas esas cosas van elevando y poniendo los temas, como la educación, en el tapete. Mira lo que le pasó a la Michelle Bachelet, por ejemplo, cuando los estudiantes salieron a la calle: movieron algo. No creo que tenga todo que pasar por una revolución, pero sí con una fuerte participación social donde estos grupos se encuentren. En la Concertación hicieron en gran medida eso siempre.
No veo de otra manera aumentar la conciencia.

PIÑERA Y LA EFICIENCIA

¿Se pijerizó el gobierno?
-Se puede haber pijerizado, pero no sé si usaría esa palabra, en el sentido que, si bien es cierto que los ricos son los ministros ahora, no tengo problema con eso. No me importa que el ministro tanto sea riquísimo, lo que me importa es si tiene o no conciencia de hacer gobierno paritario y justo. El otro día, la ministra de Vivienda decía “nosotros -me imagino que lo decía por ella y su marido- pertenecemos a la derecha austera, porque no andamos en helicóptero”. Pero la medida de la austeridad no puede ser si tú te movilizas en helicóptero, en yate o en bicicleta.

¿Sino?
-Lo que entiendo por austeridad pasa por tener conciencia sobre la equidad, la igualdad. Decir “nosotros somos la derecha austera” equivale a decir que esos que se movilizan en helicóptero son unos rotos con plata. Al final, ese es un comentario clasista. Y así no funcionan las cosas.

¿Cómo cree lo ha hecho Piñera en el gobierno?
-Es muy temprano para emitir un juicio definitivo. Hay que darle, por lo menos, todo este año para opinar con propiedad. La reforma tributaria me gusta tanto como me irrita que la Concertación no haya querido o no haya podido hacer lo mismo en 20 años. Sin embargo, yo no me pondría a cantar victoria todavía, primero porque estos impuestos son, según dicen, transitorios. Aunque yo creo que no existe tal cosa como un impuesto transitorio, y seguramente este impuesto va a quedar. Espero que quede. Yo tengo una teoría con respecto a Piñera.

¿Cuál?
-Piñera no es un animal político sino un técnico. Es un hombre muy inteligente, y un ganador. No creo que su interés fundamental sea hacerle un colchón a los políticos de derecha para que sigan gobernando después de él, sino hacer un buen gobierno, salir con el mismo 80% de aprobación de Bachelet y dejar un excelente recuerdo suyo como presidente de Chile. Pienso que Piñera va a hacer lo que a ÉL le parezca que hay que hacer, sin mirarle la cara a la UDI ni a nadie. No creo que sus admiraciones estén puestas en los políticos sino en una palabra: eficiencia. Y la verdad es que los intereses políticos y la eficiencia muchas veces están reñidos. Yo espero que las lealtades de Piñera sean con el país y no con los intereses de los empresarios ni de los partidos políticos que lo ayudaron a llegar al gobierno.

¿Qué piensa de la eficiencia de Piñera?
-Cuando estamos hablando de la eficiencia y de la rapidez para solucionar un problema muy puntual, muy urgente, como es el terremoto, está muy bien, pero encuentro mucho más importante la comunicación.

¿Por qué?
-Estamos hablando de solucionarle un problema, no a números, sino a seres humanos que han perdido su casa, chiquillos que han perdido su colegio, personas que han perdido su trabajo. No pondría tanto el foco en la rapidez y la eficiencia de ministros que no duermen y del Presidente que se levanta a las dos de la mañana.

¿Sino?
-Más bien me pondría a dialogar con esa gente y haría las cosas con ellos, para ver qué necesitan, qué privilegian ellos, ¡si es la casa de ellos la que vamos a levantar! No es un número la cosa. Esa es una mentalidad muy empresarial esta cosa de costo-beneficio. Siempre hablan de eso, pero están pensando en números, no en personas. Por supuesto que me gusta que sean lo más eficientes posibles, sobre todo ahora que viene el invierno, donde hay que actuar rápido y contra el tiempo, pero me gustaría ver menos reuniones a puertas cerradas, menos sumas y restas de números y más personas trabajando in situ con la gente. Eso falta.

ROTEO Y CUIQUEO

Para usted, ¿que es ser de clase alta en Chile? ¿Qué determina la pertenencia a ésta?
-No lo tengo muy claro. En sociedades que no son clasistas, como la norteamericana, las clases están más bien determinadas por la situación socioeconómica, y también por la cultura. Por ejemplo, te pongo el caso de mi propio marido, quien es de un origen sumamente modesto. Él es norteamericano, pero su padre era un campesino irlandés que no sabía leer cuando llegó a Estados Unidos y su hijo, en una generación, hizo una carrera brillante, con toda clase de doctorados, y llegó a ser profesor de Literatura Hispanoamericana, es una persona cultísima. Y mi marido no es de la clase alta, es de la clase media norteamericana. El problema de los países nuestros es que la clase media no existe. O está demasiado restringida y con mucho problema.

¿La clase alta le teme a los nuevos ricos? Al leer esta novela da la impresión de que venden sus casas para no pillarse con esta gente nueva que vive en edificios.
-No creo que vendan sus casas para no pillarse con gente nueva que vive en los edificios. Las casas las venden, en general, porque las constructoras pagan unos precios fantásticos por esas propiedades y la gente de la clase alta está empezando a mudarse a edificios elegantísimos que se han construido en el barrio alto, departamentos de 300 y 400 metros cuadrados, con vista a la cordillera. Lo que se insinúa en mi libro es que a la gente de la clase alta no le gustan los nuevos ricos, no que les tengan miedo, simplemente no les gustan, los ven como “rotos con plata”, gente “poco austera”, “de escaso refinamiento”, “gente nueva”, “sin tradiciones”.

¿Será por incultura?
-No soy partidaria de generalizar así, tampoco me atrevería a decir que la gente de clase media es culta y que el pueblo chileno es tan culto o tan inculto. Más que eso, he visto que la gente cuando está preocupada de ganar plata no se da el tiempo de cultivarse. Hay ciertos oficios y ciertas opciones que los hacen alejarse del mundo de las ideas. Están mucho más preocupados de hacerse ricos que de leer o de saber qué es lo que pasa en otras disciplinas.

Hemos hablado de lo malo de la clase alta, hablemos ahora de lo bueno. Por ejemplo, ¿cómo es el humor cuico?
-No sabría decirte cómo es el humor de toda una clase social, porque me imagino que habrá tipos con mucho sentido del humor y otros con ninguno. Lo peor que se puede hacer, cuando hablamos de estas cosas, es caer en generalizaciones. Dicho esto, lo que a mí siempre me ha molestado de cualquier clase social es la facilidad con que le ponen etiquetas a la gente: “este es un roto”, “este otro es un siútico”, “esta es una ordinaria”. Lo mismo el “cuiqueo”: “esta es una cuica”, “este es un pijecito”. Creo que no hay una sociedad más despectiva a través de las etiquetas que la nuestra y eso funciona para lado y lado. Otra demostración de lo clasista que somos los chilenos.

EL CASO KARADIMA

¿Cómo recibirían a Cristo en barrios exclusivos como los de su novela, barrios donde no camina nadie?
-Si un Cristo andrajoso, de barba de varios días, con las ropas sucias, se detuviera frente a las puertas del Club de Golf y pidiera que lo dejaran entrar a tomarse un vaso de agua, seguro que no lo dejan pasar. Además nadie le creería que es Cristo. La idea que se tiene de Cristo no es precisamente la del un andrajoso, sino un hombre rubio de ojos azules con una límpida túnica blanca, y seguramente el Cristo histórico nunca fue así, sino más bien parecido a un pobre mendigo.

¿Cree en las acusaciones al padre Karadima y qué haría con los curas pedófilos?
-Lo primero que hay que aclarar es que al padre Karadima no lo están acusando de pedofilia sino de abusos sexuales. Las víctimas son todas mayores, por lo tanto el término pedofilia no cabe. En este caso, que ha sido acogido por el Vaticano, en donde hay ya por lo menos cuatro acusadores que recurrieron a la jerarquía de la Iglesia hace años y nadie les hizo caso, es para creer que efectivamente el cura abusó, pero hay que dejar que la investigación se realice a fondo, sin tapaderas, sin curitas de la jerarquía de la Iglesia poniendo cortapisas ni blindando al padre Karadima. Tampoco ayuda que la clase alta, a la cual pertenece el cura, haga una suerte de defensa corporativa. Lo que a mí me parece muy grave, en el caso del padre Karadima, es cómo, inmediatamente, sus defensores han estigmatizado a las víctimas insinuando que tienen problemas psicológicos, que mienten, que hay una confabulación en contra de la Iglesia Católica. Y más grave todavía es ver cómo tratan de vincular el homosexualismo con malas conductas, con perversiones, con abusos de poder y con maldad.

¿Qué habría que hacer con los curas abusadores?
-Primero, acoger las denuncias e investigarlas inmediatamente, a puertas abiertas, y si son culpables hay que sancionarlos de la manera más severa imaginable, expulsarlos de la Iglesia, desde luego, y encarcelarlos si amerita el delito. La Iglesia se supone un faro, una guía de las normas éticas que rigen a la sociedad, un ejemplo de la moral cristiana, y lo que se le exige a sus miembros es que actúen en consecuencia, se les pone una vara más alta por lo mismo. Pero si los representantes de Cristo aparecen abusando del poder que tienen sobre jóvenes que han depositado en ellos su confianza, sus temores, sus debilidades, su vulnerabilidad, es grave, hay que denunciarlo, investigarlo y tomar todas las medidas para que estas cosas no sigan ocurriendo. A mi juicio no hay aberración más grande que el celibato obligatorio. Eso es lo primero que deberían cambiar.

¿Basta con que la Iglesia pida perdón?
-No creo que baste. El perdón, solo, sin las acciones legales pertinentes, no sirve de nada. No sirve de nada pedir perdón para después echarle tierra al asunto y meter debajo de la alfombra lo que debería estar en los tribunales y en la prensa. Es muy importante que la Iglesia cambie de actitud frente a este gravísimo y doloroso problema que enfrentan como familia. Algo pasa en esa familia que está favoreciendo este tipo de conductas reprochables y delictuosas, y algo pasa en la jerarquía eclesiástica que lo esconde, lo minimiza y no quiere enfrentarlo. El problema es de fondo, no es de unos cuantos curitas descarriados.

JORGE EDWARDS

¿Qué está leyendo?
-Estoy leyendo una biografía de Marceline Desbordes, la actriz y poeta francesa del siglo XIX, escrita por Anne Plantagenet. La razón por la cual me ha fascinado tanto este libro tiene que ver con un viejo proyecto de escritura en el que estoy trabajando desde hace años: una biografía novelada de Clara Schumann, la bisabuela de mi madre.

Usted ha dicho que le daría el Premio Nacional a Isabel Allende, ¿por qué?
-Porque es la mejor escritora que hay en Chile, una de las más famosas del mundo y porque desde todo punto de vista se lo merece. Pero sobre todo porque es una gran escritora, no porque haya escrito muchos libros como pareció insinuar Jorge Edwards en una entrevista con esta misma revista.

A propósito, ¿qué le parece que Jorge Edwards haya votado por Piñera?
-Creo que Jorge ha tenido siempre una sensibilidad mucho más de derecha que de izquierda, aunque haya votado por la Concertación. El hecho de que haya sido un opositor a la dictadura militar no lo convierte en un hombre de las izquierdas. Yo nunca lo he visto así, así que no creo que se haya cambiado la chaqueta ni mucho menos. Me hace mucho más sentido un Jorge Edwards votando por Piñera que por Arrate.

VENDO CASA EN EL BARRIO ALTO
Elizabeth Subercaseaux
Catalonia, 2009, 239 páginas.