POR RAFAEL GUMUCIO
Almuerzo solo en Los Reyes, un restaurante a medias peruano, a medias japonés, a una cuadra de la Plaza de Armas. Trato de leer una colección de retratos literarios del siglo XVIII seleccionados por Cioran, pero me distraen las voces de la mesa vecina. Una mujer habla sin parar ante una tribu de machos en corbata que se ríen. De pronto un nombre que reconozco (“La Patty Roa, la que está casada con el Elizalde”), de pronto un chiste que los hace reír a todos al mismo tiempo. Sin mirarlos juego a adivinar quiénes son: Un diputado al que le hacen sugerencia los amigos; unos funcionarios demócrata cristianos que acaban de perder su trabajo con el nuevo gobierno. “No cachan nada los nuevos,” dicen, “son de una soberbia los huevones estos, puras cuicas que se ponen a llorar porque no van a poder ir a buscar a sus seis hijas al colegio. A tal o cual le rogaron que se quedara, a la otra tuvieron que volver a contratarla después que la habían humillado como a un perro”.

No se notan desesperados. Ni agriados siquiera. Están rehaciendo su vida. O quizás sólo lo está haciendo la chicoca (no la veo, pero lo insistente de su voz me hace creer que es baja). Es ella la que habla del bazar La Fortuna, “un lugar súper choro en que venden muebles carísimos” que ella quiere adaptar para modelos más clase media. “Muebles con estilo pero más chicos para que quepan en los departamentos.” Kilómetros y kilómetros de departamentos lilas y amarillentos de 60 metros cuadrados que después del terremoto nadie quiere habitar. Edificios recién inagurados y vacíos, playas y costas desiertas mientras en La Segunda de esa misma tarde el gobierno da por superada su polémica de la semana con Un Techo para Chile por contar como suyas las casas de Felipe Berríos y sus jóvenes.

Los camaradas en corbata felicitan a la chicoca por su espíritu emprendedor. La verdad es que lo tiene todo pensado, los rut que va a ocupar, los giros de su empresa, la inversión inicial, el capital, los socios (que son algunos de los comensales). Todo el vocabulario de ICARE: emprendedores, proactivo, pero también los parientes, los conocidos, las redes sociales. En La Segunda le preguntan a Longueira si éste es el quinto gobierno de la Concertación. En ese mismo diario le preguntan a Tironi si la Bachelet fue la que enterró a Frei. Pienso, al escuchar a mis vecinos del restaurante Los Reyes, que todo es más simple y más complicado que eso. La chicoca que fue funcionaria hasta hace tan poco habla como empresaria, los empresarios que tomaron su puesto tendrán tarde o temparno que hablar como funcionarios. El ministro Larraín quita la depreciación acelerada del proyecto de financiamiento de la reconstrucción, Fulvio, Girardi y companía, después de ir a ver cómo sigue la estatua de Allende, se van a felicitar a Piñera por subir los impuestos. La chicoca quebrará y volverá a levantarse y quejarse y ganar plata y odiar a los inútiles resentidos del gobierno que quieren la breva pelada y en la boca. Piñera y sus boys tendrán que dejar esas ridículas parcas rojas y ensuciarse en el barro de la política y los pactos y decir algo, o tratar de pensar en algo más que hacer que moverse por moverse, para no llegar temprano a la casa.

La chicoca terminará pareciéndose a la cuica que la reemplaza, la cuica que la reemplaza tendrá que achuncharse y aprender a escuchar si quiere sobrevivir. Desde el extranjero o la jubilación pueden criticar radicalmente ese mundo sin héroes pero sin verdaderos villanos en que vivimos los transeúntes del centro. Ese tipo de crítica -de Vidal a Arrate, pasando por Girardi- radical sólo cuando no se está en el poder, resignada cuando se está en él, en el fondo sólo resulta un alivio para seguir sin cambiar nada. En el centro siguen los que tienen que vivir, ganar su plata o quitársela a los otros. Ahí las diferencias no son radicales pero existen. El carabinero de guardia de La Moneda sonríe feliz ante un tipo de corbata y traje que le saca y pone la gorra como si se tratara de un títere. Una sonrisa de inquilino feliz de haber encontrado un patrón.

Por la razón o por la fuerza en todas partes. Ese es todo el programa que este gobierno quiere imponer. No lo logra porque a un gobierno de gerentes no le importa la razón, y a una ciudad dispersa e infinita, llena de exfuncionarios que hablan de muebles finos, no se le puede imponer tan fácil la fuerza. ¿Qué queda? El video de la ONEMI con la presidenta siendo ignorada por sus subalternos, Hinzpeter pensando que su estufa apagada apiadará a alguien en una carpa llovida del sur, una elite que ya ha usado todos sus cartuchos, sus grandes, sus pequeños, sus medianos cuadros políticos y a la que sólo le queda repetirse a sí misma, gastarse y desgastarse en la espera de un relevo que no viene, porque los esperados jóvenes, las nuevas generaciones nutridas de posgrados y postcast, se muestran aún más cómodos, más satisfechos, menos críticos que sus mayores. ¿Ideas, desafios, provocaciones? El mundo que leo en el libro de Cioran, cortesanos, regentes, príncipes muertos antes de nacer, grandes damas pero sin Boileau, Diderot, Voltaire o Montesquieu para animar la fiesta.

Este gobierno del peor es nada sólo se sostiene ante la visión espantosa de la nada misma: la oposición en todas sus formas y su propia Alianza, todos caminando como camino, los ojos salpicados de smog, yendo a ciegas entre locutorios peruanos y tiendas de ropa usada. Esa vieja ciudad tan nueva, pienso, que está aprendiendo que la mediocridad no tiene color político, que está quizás en el alma misma de este centro lleno de edificios a punto de caer o levantar, de ser o desaparecer hasta disolverse en casas y carreteras, pensiones y sedes de preuniversitarios.