POR RAFAEL GUMUCIO
Chile es un país desigual. Lo sabemos y repetimos todos cada vez que podemos. Algunos tienen muchos, otros muy poco. Hay un Chile de primer mundo conviviendo con uno del tercer mundo, una educación y una salud de calidad conviviendo con una apenas soportable. Los colegios donde no enseñan ni a leer, los hospitales donde hay que esperar meses para ser operado, contrastan de manera demasiado visible con otros colegios con canchas de hockey y rugby y con clínicas impecables donde las enfermeras le pintan las uñas a las enfermas y las madres paren en piezas coloridas y cómodas que se parecen extrañamente a la casa.

La justicia social según el gobierno y buena parte de la oposición consistiría así en darle a más chilenos el acceso a los privilegios que disfrutan unos pocos. Aunque mirado de cerca, de más cerca, ¿no son esos lujos el disfraz de una carencia? Si se mira con lupa, ¿no son estas clases privilegiadas las más estafadas del país? ¿No son su pobreza, la de sus barrios carentes de gracia, de centros sociales, de armonía, e incluso de calefacción, más alarmante aún que la de los pobres? ¿No afecta la sociedad de casta en que vivimos también a los privilegiados, obligados a hacer de camareros en Barcelona o borracho en Nueva York para adquirir lo que sus similes del primer mundo adquieren desde la infancia, el roce con la diversidad, el conocimiento de la amplitud del mundo que a ellos les fue arrebatado de entrada?

El problema de la educación en Chile no es sólo el problema de la mayoría pobre sino también de la minoría adinerada. El ciudadano que envía a sus hijos a un colegio físcal sin vidrios en sus ventanas y con profesores que hacen lo posible para faltar lo más posible tienen todo el derecho a sentirse estafados. Pero también se deberían sentir igual los que pagan a precio de oro el privilegio de separar a sus hijos de su país, ponerse uniformes ridículos, cantar canciones en inglés y aprender bastante menos de lo que aprenden los alumnos de liceos fiscales de Europa o EEUU. El enfermo que espera meses para ser atendido en el pasillo de un hospital que se demuele ante sus ojos tiene derecho a indignarse. Pero debería indignarse el que paga a precio de oro una atención digna, que es lo mínimo que podría esperar de un país que esta a punto de ser Portugal.

La miseria de los que saben de entrada que no tienen cómo competir clama al cielo. Pero no es mucho mejor la riqueza de los que deben mandar a sus hijos a dar exámenes de madurez a los tres años, mentir sobre su religión y sus divorcios para que le acepten a los niños, o mirar con horror al doctor multiplicar los exámenes que no saben si podrán pagar, o ver cómo le esconden cualquier cosa que tenga que ver con posible abortos, cualquier información que vaya contra los valores de la clínica, el colegio, el gueto donde los ha encerrado el temor a perder la nana que roba quizá, pero tú sabes cómo está el mercado de las nanas, y la sensación cierta de vivir sobre la lava tibia, porque también el jardinero, el maestro chasquilla, el guardia de la oficina y el de la casa en la playa miran como si supieran y saben lo que no saben, porque todo se basa en una desconfianza común, un olerse la adrenalina ajena, como los perros.

¿Quiénes son las verdaderas víctimas de los hospitales en estado de descomposición, de las escuelas municipalizadas a la fuerza, los que no tienen otra que usarla o los que no tienen otra que deslomarse y sudar para pagar un escape, un hospital en que te atiendan a tiempo, un colegio en que tus hijos aprendan el abcedario? ¿No son las cuotas de incorporación, los bonos de isapre los rescates que le pagamos a unos secuestradores que se han llevado lo único realmente inevitable, la educación y la salud a su resguardo?

La desigualdad es lo más igualitario del mundo. Todos, incluso los que parecen disfrutarla, la padecemos con la misma intensidad. El pobre no tiene alternativas. ¿Pero las tiene el rico? Sí y no, porque el miedo es urgente, porque su mundo es limitado hasta la indigencia, porque por más lejos que se sientan de la dictadura saben que ella alambró el muro que los separa también de su pasado, de su historia, de sí mismos. Sociedad escindida, cortada en pedazos, que ama aún ir al centro a hacer trámites porque algo de la energía desperdiciada encuentra ahí, porque algo de lo que perdió vuelve a su piel al ritmo de los suplementeros que gritan La Segunda. Algo de eso le atrae pero luego recuerda el miedo que nos ordena y enseña, que nos controla y conoce mejor que nadie. Se esconde luego en su barrio, su colegio, las pocas certezas que le han dejado, esas que el gobierno y la oposición le repiten el día entero: Que éste es el mejor de los mundos posibles, que esto que se parece a veces al purgatorio es el paraíso, que el infierno -la vida fiscal, el mundo sin protección- está ahí al lado mismo, que sólo una delgada pantalla de espejismo lo separa de él.