Por Rasmus Sonderriis
Algunos aguafiestas dirán que la pasión mundialera es un culto a lo trivial. Se equivocan. Está en juego nada menos que la supervivencia de la humanidad.

Otra especie inteligente podría extrañarse sobre cómo los chilenos, entre otros seres humanos, vivimos un mundial de fútbol. El juego de 22 hombres con una pelota es sin duda una hermosa vitrina de destreza deportiva, pero hay algo que, a primera vista, no tiene explicación. ¿En qué afecta la vida de un chileno cualquiera que gane o pierda su selección? ¡En nada! Entonces, ¿por qué le importa tanto?

Para contestar esto, debemos remontarnos a los orígenes de homo sapiens. ¿Por qué nuestra especie humana prevaleció sobre otras con las que coexistimos durante miles de años? Según se puede averiguar, el homo neanderthalensis, por ejemplo, extinguido hace unos 20.000 años, no era inferior a nosotros ni en tecnología ni en inteligencia. La diferencia parece radicar en una poderosa adaptación evolutiva de nuestros ancestros: ¡la identidad grupal!

Hace al menos 40.000 años, empezábamos a compartir determinados géneros de arte y otros lenguajes simbólicos a lo largo de vastas zonas geográficas, forjando así lazos entre personas que no se conocían. Son obvias las ventajas al momento de pelear con otros grupos organizados solamente a nivel de comunidades cercanas.

Eso no quiere decir que estemos condenados a oprimir irreflexivamente a las minorías. A diferencia de otros animales, cuestionamos la ley del más fuerte. El sentido de la justicia es una virtud humana apremiada por la evolución, porque sirve para generar estructuras complejas de confianza y colaboración. Sin embargo, la identidad grupal permite dejar de lado toda esa objetividad en un conflicto por territorio y recursos. A lo mejor habría más armonía en el mundo si fuéramos igualmente ecuánimes e imparciales en todos los contextos, pero la tribu que no se creyera con más derecho que los demás, habría quedado conquistada y eliminada mucho antes de las primeras civilizaciones. Por otra parte, en el mundo moderno con armas de destrucción masiva y cada vez más interdependencia global, ese mismo instinto – el de suspender el sentido crítico individual para tomar partido por la colectividad a la que nos toque pertenecer– podría llevarnos a la extinción como especie. De hecho, es altamente probable que así lo termine haciendo. La supervivencia de la humanidad requiere urgentemente de respuestas. Desde ese punto de vista, está bien tener las Naciones Unidas y la Corte Internacional de Justicia. El problema es que todo eso se contradice con una parte de nuestra propia naturaleza.


Lucha por su país. Y por salvar a la humanidad.

Es ahí donde entra en escena el “homo futbolensis” dotado de otra adaptación evolutiva asombrosa: ¡Un mundial de fútbol! Se trata de una válvula de escape perfectamente diseñada para ventilar nuestros instintos ancestrales sin causar daño. Cuando antes se nos exigía a los hombres, para ser verdaderos hombres, que matáramos a otros hombres de la etnia enemiga para usurpar sus tierras, robar su ganado y raptar a sus mujeres, hoy es suficiente que alentemos a nuestra selección. Para desahogarnos en medio del blablá sobre la hermandad de las naciones, hemos creado un ámbito simbólico y bien demarcado donde el chovinismo es totalmente legítimo. Todos podemos entregarnos al deseo de ganar nosotros e imponerles la derrota a ellos por el simple hecho de ser nosotros nosotros y ellos ellos. Lo vital de esa experiencia explica la rareza de por qué los periodistas deportivos usan el adjetivo “histórico” sobre algo tan carente de consecuencias para el destino de la humanidad como un resultado de fútbol.

Un ejemplo: Los ciudadanos de países ocupados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial celebramos cada vez que Alemania es eliminada del mundial (me incluyo por ser de origen danés). Por supuesto, sabemos que no todos los alemanes eran nazis y que los alemanes de hoy no cargan con la culpa de sus padres y abuelos. Pero en el fútbol da lo mismo. Odiamos sin razón a su selección precisamente para no tener que odiar sin razón a ellos como personas. Incluso son preferibles las barras bravas a las guerras nacionalistas. Al País Vasco, por ejemplo, debería permitírsele tener su propia selección de fútbol para que sus jóvenes se distraigan con el hooliganismo en vez del terrorismo.

Eso sí, un mundial tiene sus limitaciones, porque el hecho de nacer en un país determinado dista mucho de ser la única base de identidad grupal. La sociedad moderna y liberal nos da acceso a un verdadero shopping mall para escoger nuestras propias pertenencias colectivas, como lo reflejan las llamadas “tribus urbanas”. Esto también está repercutiendo en el ámbito del fútbol de clubes. Antes los hombres se hacían hinchas del club de su barrio o ciudad, es decir, reproduciendo el patriotismo a una escala más local. Pero hoy, los clubes más pudientes en Europa, como Real Madrid, FC Milán, Manchester United etc. tienen más seguidores en Asia, África y América Latina que en su propio continente. En una remota zona rural de Etiopía, he visto a hombres bailando con sus lanzas alzadas en un rito de celebración, cantando “¡¡¡Arsenal, Arsenal!!!”, para reafirmar su pertenencia a la tribu global de apoyo a ese club de la liga inglesa. A su vez, a los hinchas tradicionales del mismo club, habitantes del norte de Londres, nos les parece importar que su equipo se presenta en la cancha con jugadores de todo el mundo, menos de Inglaterra. A la FIFA le cuesta acomodarse a este tipo de identidad autodefinida. Todavía trata de oprimirla con normas sobre un número mínimo de jugadores connacionales, pero lucha contra la corriente. La FIFA debería dejar de resistirse a algo que está derrumbando las barreras raciales y nacionales para entrelazarnos más como humanidad.

La pasión deportiva tiene mucho en común con la religión, a la que, según algunos, está sustituyendo. En términos de la evolución, la creencia en fenómenos manifiestamente inverosímiles, digamos, en una virgen que se embaraza con un ser sobrenatural para tener a un hijo que camina sobre el agua etc. cumple una función muy parecida a la de ser hincha de algún equipo de fútbol. Es la creencia por la creencia, desvestida de toda lógica. Parece insensato, pero tiene un valioso “efecto placebo”. Tratándose de un fanatismo ciego y muy difícil de fingir, el creyente/hincha convence a los correligionarios de que su lealtad al grupo es incondicional, precisamente porque va más allá de la razón. A cambio, ve reafirmado su sentido de pertenencia y hasta el por qué de su existencia. No se sabe nada sobre la fe de los Neanderthal, pero si fueron como muchos jóvenes de hoy, negándose a la religión institucionalizada para definir su propia vida espiritual en base a la reflexión individual, o más aún, si fueron ateos racionalistas, eso los podría haber aniquilado. Es posible que fueran incluso superiores en las pichangas contra homo sapiens, pero de nada les servía eso si no alentaban fervientemente a su equipo.