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Opinión

23 de Julio de 2010

El recurso de la familia

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Por Galo Nómez

En estos cuatro meses que lleva en el gobierno, Piñera ha convocado a dos fugaces e intrascendentes cadenas nacionales. La primera, realizada el mismo día de su asunción, tuvo como excusa a las víctimas del terremoto del veintisiete de febrero; pero es un hecho que se trataba de una presentación en sociedad de la nueva legislatura, oportuna ya que además incluía un cambio de pacto político. La segunda, que pasó hace dos días, fue motivada por la reciente encuesta CASEN, que denunciaba un aumento de dos puntos en el nivel de pobreza, de trece a quince por ciento, quebrando la tendencia descendente de las últimas dos décadas. La verdad es que, si no es porque ambos discursos fueron emitidos en un horario privilegiado, inmediatamente antes de los noticiarios (y en eso hay que reconocerle méritos a su exclusivo protagonista, que aparte de presidente también es dueño de un canal de televisión), nadie se enteraría de su existencia. En cambio, han servido como un aporte más a la ya interminable lista de sátiras y ridiculizaciones a las cuales diariamente se ve enfrentada tanto la administración como la persona misma de don Sebastián. Sarcasmos que en todo caso bien merecidos se los tiene.
Al igual que en la ocasión anterior, Piñera elaboró una breve intervención sazonada y saturada por un cúmulo de frases hechas, adjetivos insípidos y alegorías rimbombantes, más propias de una campaña política que de la conducción de un país. Para superar la pobreza en forma definitiva (de eso se trata, si no estas redes televisivas no tendrían justificación), propuso olvidar las rencillas y trabajar unidos, lo que en términos más simples y menos hipócritas, significa exigirle a la oposición que en el futuro apruebe sin condiciones los proyectos que sobre el particular emanen del ejecutivo, por muy inefables que éstos sean. Incluso, a entender por el tono del planteamiento, equivale a respaldar todas las iniciativas que tengan el rótulo de “medidas para combatir la pobreza”, aunque a ojos vista favorecieren a quienes se encuentran más lejos de la precariedad social. Pero lo más llamativo es sin duda lo que el gobernante señaló hacia el final de su alocución (porque el remate conclusivo lo dio con su enésima invocación a Dios, aunque sólo se trate de un Jesús personal, como la canción de Depeche Mode), donde habló de “fortalecer la familia”, un eslogan repetido hasta la majadería en la época en que la iglesia católica, aliada precisamente con los sectores políticos, económicos y sociales que más tarde llevaron a Piñera al poder, utilizaba todos los medios legales y oscuros para frenar la promulgación de la ley de divorcio. Y que por lo mismo, se creía desterrado.
Es interesante que, inevitablemente, la familia siempre acabe convirtiéndose en el último recurso de los mafiosos, los oligarcas y los conservadores. Las mayores entidades del crimen organizado, cuando se ven acorraladas por la policía, tienden a replegarse según sus lazos de consanguinidad, a fin de proporcionarse apoyo mutuo. Es más: cuando alguien muy reconocido, ora porque se trata de un empresario, un ministro religioso o un político influyente, comete un delito grave, su círculo más cercano se adelanta para pedir comprensión a la opinión pública, porque “hay una familia detrás”. Más aún: en Chile, tanto cuando un criminal peligroso es capturado, como cuando un carabinero comete excesos, los medios de comunicación actúan de la misma manera: presentan a sus familiares, de preferencia a sus madres, quienes en forma disciplinada y efectiva se muestran sollozantes frente a las cámaras. Algo que jamás ocurrirá con el propio Piñera (principalmente porque sus padres ya están fallecidos). Pero a quien se le atribuyen conductas turbias relacionadas con sus mismas actividades de especulador y de inversionista en acciones. Por ejemplo, quiebras fraudulentas ( el fantasma del Banco de Talca, que lo persigue como una funa, es el caso más patente) y uso de información privilegiada. Y si bien el ciudadano de a pie, puede o no estar de acuerdo con tales acusaciones, no deja de sorprender el hecho de que se trate de irregularidades económicas endilgadas a un político conservador. Dos factores clave al momento de solicitar el salvavidas de la familia, en tanto ideología como presencia física.
Y es que si analizamos los rasgos más sobresalientes de los hermanos de Piñera, nos damos cuenta que alrededor suyo tiene a un socialcristiano (Pablo, que al menos hasta el 2009 era militante de la DC), un conservador a ultranza que participó en la dictadura de Pinochet (José), una mujer (Magdalena) que como todas las de su estrato social no cuenta con opinión, y un libertino indisciplinado y dado a los excesos (Miguel). Pero a todos los une un factor común: son empresarios, o al menos están relacionados con el mundo de los negocios. Es decir, esa capacidad que tienen los sectores más pudientes de producir individuos con diversas tendencias –siquiera en apariencia-, lo cual, a la larga les permite abarcar las diferentes esferas de la sociedad y de ese modo acumular la influencia necesaria para mantener sus privilegios. (Resguardando, eso sí, el orgullo del origen, pues en la fraternidad Piñera no existe un miembro de inclinaciones más izquierdistas, aunque en un país como Chile no les hace falta). Eso los impulsa a recomendar matrimonios con una inmensa cantidad de hijos, desde cinco hacia arriba, cosa de repartir de manera conveniente la heredad y tener soldados para conquistar los territorios aún sin dueño. Un mecanismo eficaz para apropiarse de lo otro. Que las mafias, ya que fueron anteriormente citadas, emplean de una manera reñida con la legalidad; pero que logran blanquear merced a su inclinación por los nunca descritos “valores de la familia”, tanto en la teoría como en la praxis. Y su mayor prueba de pureza es unirse en connubio –¿qué otra cosa, no?-, con los grupos más acaudalados y ancestrales, que vienen efectuando dichas prácticas desde hace un buen rato.

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