POR RAFAEL GUMUCIO
Hace años, cuando se trataba de desacreditar a Lagos, vi con paciencia un reportaje sobre las estafas en el programa Puente. El programa volvió a concluir lo que sabemos: que en general este funciona, que en específico, en tal y cual comuna los recursos no llegan, el jefe de servicio se roba unos colchones, el alcalde engorda la cifras del presupuesto y otros chanchullos más, horribles pero comunes. Mientras avanzaba el reportaje no pude evitar distraerme y mirar al otro lado de donde el periodista quería llevarme.

Hablaba una de las asistentes sociales que debía ayudar a una familia a salir de la miseria. Ganaba doscientos mil pesos ella, atravesaba todo Santiago, se quedaba ahí, en medio de una población sin asfalto hasta que caía la noche. La encuesta CASEN no la llamaría pobre. Estudió en la universidad, se tituló, pero sabía que no tenía derecho con lo que ganaba a tener un hijo luego. Estaba al otro lado del Puente que quería que la familia pobre atravesara, pero uno podía dejar de sentir que su ribera era más fría que la miseria, más sola también porque ninguna asistente social vendría a preocuparse por ella. El periodista se horrorizaba que el programa Puente no funcionara del todo bien en todas partes, a mi me impresionó al verlo por dentro su sorprendente efectividad, las extrañas ganas de esos pobres de salir de una miseria donde las encuestas los miden y la caridad los acaricia, a una pobreza donde pagan –a través del IVA– proporcionalmente más impuestos que Sebastián Piñera.

Los grandes estafados de la transición son esas asistentes sociales que ganan sólo un poco más que la gente que aleccionan. Son esas enfermeras que atiendan mal porque es la única forma de sentir algo del poder que en todo el resto les falta. Son esos profesores que saben que sus alumnos ganarán más plata si no estudian en la universidad y trafican papelillos o juegan futbol. Son esos operadores políticos culpables de lo que hicieron y de lo que no hicieron. Culpables sobre todo de no haber seguido el recto camino y haber estudiado mientras los milicos golpeaban a sus compañeros de curso.

Esos funcionarios, esos profesores, esas asistentes sociales, esos estudiantes en prácticas de Sociología no son santos. Muchos de ellos están ahí gracias a cupos políticos, otros roban, humillan, olvidan. Pocos roban, muchos vegetan, o no saben. Algunos se ríen como tontos cuando no hay que hacerlo (como Golborne), otros toman vacaciones cuando no deben (como Golborne), pero ninguno es Golborne. Son parte de un país que gasta suma ínfimas en educación y salud (y sumas máximas en seguridad) y quiere resultados rápidos y espectaculares que calmen a la prensa; la prensa de los mismos. ¿Pero que harían los Golborne, los Echeverría, los Hinzpeter en su lugar? Una pregunta retórica, por cierto. En el lugar que les tocó, todos ellos dieron prueba de viveza, obsecuencia con el jefe, velocidad única para convertir las fallas ajenas en utilidades propias. Nadie los llama por eso grasa del Estado, problema insoluble, sobra imposible de reciclar que estudió tantas veces en las mismas universidades baratas de la que los que expulsan son directores y rectores.

En nombre de la pobreza se persigue a esos otros pobres. Los que tienen títulos pero no tienen forma de ejercerlos con dignidad. Los pilluelos a los que nos les alcanzó el apellido para ser pillos como el presidente. En los funcionarios, en las asistentes sociales, en los profesores, los gerentes que nos gobiernan castigan al otro pobre, al que no es fotogénico, al que no es encuesta, el que no votará por la Alianza nunca. El pobre que no sirve para nada, ese que debe tres veces lo que tiene, y se emborracha a veces para no olvidar quién es. Ese que vive de un sueldo que no alcanza y enseña materias que no entiende. Ese que a veces está ahí porque cree o creyó en ideas que ya no corren, como esos soldados americanos y japoneses que siguieron peleando en una isla desierta muchos años después de terminada la Guerra Mundial.

Funcionarios, asistentes sociales, esos cuerpos que cubrieron como pudieron los agujeros de la red social de Frei, de Lagos, de Bachelet. Esforzados la mayoría de las veces, siniestros otras, pero todos trabajando más horas que les corresponden, invisibles a la hora de los logros –que son del ministro, la coalición o la economía internacional–, dolorosamente indefendibles cuando los pillan robando o durmiendo la siesta sobre la pila de papeles arrumados que nadie ve ni a nadie le importan. Grasa y carne de un Estado famélico al que como ellos, se le pide todo y se le culpa de todo, pero que nadie mira o escucha, que solo pasa de urgencia en urgencia en mano de ingenieros o de políticos que vienen de visita a probar el servicio público antes de volver a lo suyo, el posgrado, el directorio, la empresa.