Cuando en Chile los derechos fundamentales fueron relativizados por la seguridad nacional, el crecimiento económico o la pureza ideológica, hubo una institución que se levantó y luchó valientemente por estos derechos, sin distinción: la Iglesia católica. Esto le valió la enemistad de algunos y la admiración y respeto de muchos. No ocurrió sólo en Chile: en el mundo entero una parte importante de la Iglesia luchó por la dignidad de las personas sin distinciones políticas, religiosas o raciales. Muchos lucharon contra los abusos totalitarios nazis, comunistas, pinochetistas, castristas, capitalistas y estatistas porque lo inaceptable es el abuso, porque ninguna ideología, ningún dogma es tan absoluto que pueda relativizar la libertad y la dignidad de las personas. La dignidad de las personas es el único absoluto, capaz incluso de relativizar todos los dogmas. La Iglesia católica era, además, cristiana: Jesús había relativizado lo que los fariseos absolutizaban: las instituciones, el respeto por el sábado, la pureza, etc.

Pero cuentan que el cardenal Silva Henríquez, al comienzo de su gobierno de la Iglesia de Santiago, no fue muy enérgico en la defensa de los derechos humanos, y que en una ocasión un joven sacerdote fue a visitarlo para pedirle ayuda puesto que habían detenido a uno de sus amigos. El cardenal le dijo que no se meterían en política y este joven sacerdote golpeó la mesa y le dijo: Cardenal, ¡no sea poco hombre! De ahí en adelante, cuentan, se comprometió en la defensa de los derechos humanos, hasta ser un emblema de esta lucha.

Chile cambió y la Iglesia también. Chile reconstruyó su democracia y la Iglesia jerárquica se escondió en la sacristía. Recobró su lenguaje incomprensible, jerigonza preconciliar y sus peleas contra fantasmas. El discurso episcopal centró sus dardos en una moral sexual robótica o angelical, pero en ningún caso humana. Y al mismo tiempo, secretamente en sus sacristías, como se ha hecho público este año en todo el mundo, abusaban de las confianzas, conciencias y cuerpos. Y no eran na’ poquitos. Se quiso minimizar la realidad, silenciar los casos, y lo único que se logró, y con eficiencia, es silenciar la Iglesia misma. La Iglesia enmudeció y nadie la hizo callar: ella misma se tapó la boca. No es que no pronunciaran palabras, sino que la palabra de la jerarquía de la Iglesia ya no tenía valor porque no tenía credibilidad. Esto se vio verificado el domingo pasado con el rechazo a su propuesta de indulto general. Papelón ejemplar: para tener voz hay que tener un respaldo ético. La Iglesia tendrá que hacerse hombrecita, escuchar para volver a hablar, tendrán que escuchar la voz de la mujer, de los más pobres, de los que piden auxilio, de los que son y fueron abusados. Defenderlos a ellos inequívoca y efectivamente. De lo contrario, no será más que una campana que repica triste y cansada en iglesias vacías.
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*J.A. Murillo dirige la Fundación para la Confianza