Playa de Puerto Aldea. Maniobras anfibias de la Infantería de Marina. Un hombre muere y otros dos resultan heridos en presencia del Presidente de la República y las más altas autoridades de Defensa del país. En la tribuna todos se van en tropel a Santiago y nadie dice nada. Como si se tratara de un bochorno de protocolo que más vale no mencionar. O de un pequeño desaguisado vergonzoso en la organización.

La institución a cargo del evento, la Armada de Chile, deja pasar dos horas antes de comunicar algo respecto de lo ocurrido a la sociedad. Y lo hace sin dar ni pistas de qué fue lo que realmente pasó. Cuando ya es inevitable. Cuando los primeros medios de prensa (entre ellos este blog) hacen circular la noticia y ésta se difunde como una certeza sin caras ni nombres… Esto no es trivial.

Este muerto no lo cargo yo, dice la cumbia. Y también dice el generalísimo de las Fuerzas Armadas de Chile. Y se suma al coro el ministro de Defensa, Jaime Ravinet, mientras hace congas el comandante en jefe de la fuerza naval. Todos testigos, todos citables a declarar. Todos autoridades. Todos adultos. Todos mirando para el lado.

Nadie exige que las identidades de las víctimas se hagan públicas antes de comunicarla a las familias. Pero la Armada es una institución que colaboró en ahondar el mayor desastre natural de los últimas décadas con su hermetismo, con su renuencia a hacerse responsable, a asumir, a meterse en honduras, a meter la pata. En definitiva, a dar la alarma. La marina ahora también se encuentra complicada (a través de la Dirección de Territorio Marítimo) en supuestas irregularidades concernientes a informes de daño ambiental en la franja costera. Esta institución debiera sentir en las presentes circunstancias -uno supone- una compulsiva y urgente necesidad de mantener la transparencia a todo trance.

De los civiles que estaban en la testera, Ravinet y Piñera, era más esperable la huída. Preocupados del olor a maldición. Del fantasma de Palmenia Pizarro. De mantener una imagen positiva y sonriente, asociada a situaciones siempre felices. Pero, ellos mejor que nadie, debieran saber que el país está asqueado de “antucos”. De la carne de cañón que se pudre en la orfandad. Debieran olerse que llegó el momento de renunciar a la vanidad mediática; de ponerse los pantalones. Que llegó la hora de cargar a los muertos.