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Opinión

8 de Septiembre de 2010

¡A muñequear!

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¿Qué conviene más? ¿Un gobierno de “centro-izquierda”, que viva haciendo méritos ante el empresariado? ¿O un gobierno de derecha (finalmente, de los empresarios), que necesite urgentemente congraciarse con la opinión pública? A estas dos alternativas parece reducirse el panorama inmediato en Chile.

Hacer méritos. Seducir. En el caso de la derecha chilena, conjurar el fantasma de la propia monstruosidad. El estigma de ser, posiblemente, una de las facciones políticas más reaccionarias del planeta. Una, que todavía reivindica horrores que nadie en el mundo occidental quisiera cargar. Y que recuerda públicamente estas abominaciones como actos justos y necesarios.

Borrar este cariz es una tarea titánica y –aparentemente- imprescindible, si se llega al gobierno, con la ayuda de los santos, y la intercesión de Frei y MEO.

Algunos harán notar el dato, no menos cierto, de que un importante porcentaje de la población chilena tiene pobres convicciones, si se trata de democracia, de derechos civiles, y de todo lo que se refiera a los tres ideales de la vieja Revolución Francesa. Siguiendo este argumento, la derecha chilena no necesitaría borronearse a sí misma, ni probarse cuanta careta encuentre botada en la vereda.

Claro, en nuestras calles no escasean los amantes del Viejo Orden y el garrote. Esa horda quejumbrosa y barbárica. Extraña suma de lumpen, de familias esforzadas, de personas atemorizadas por la delincuencia y de gente que piensa que nadie más que ellos trabaja en este mundo. De empresarios que lanzan monsergas, durante generaciones, sin que nadie se las rebata, porque –cómo- si tienen la sartén de su corral personal por el mango. Quién va a perder el tiempo en aclararle las cosas al gallito de la pasión.

Pero esa horda es la mitad menos uno. O la mitad menos un millón, si se quiere. La otra porción, la gran mitad, no es tan así. Aunque tampoco se trate de un grupo de fervorosos creyentes de la Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Con sus virtudes y defectos, esta última es la mitad importante y mayoritaria. La mitad grande es el objeto de deseo. Y sin ser especialmente sofisticada o escéptica, es el único oyente importante. Por lo menos, mientras no se recurra al expediente del golpe de estado; que, como se sabe, para nada es una rareza en nuestra historia.

LA MITAD CHICA

La pequeña mitad, la del garrote, es más simple y maniobrable. Se conforma con menos. En este caso, le basta con que haya arriba uno de los suyos. Y, haga lo que haga este gobernante, simbólicamente salido de sus entrañas, lo defenderán por lealtad de cuerpo. Por disciplina. Por último, porque son amantes de la autoridad. Y le son -en el fondo- indiferentes las sutilezas: corporativismo, estatismo o libremercadismo. Porque, en su imaginario, su hombre es el sheriff que barrió a los malos, a la corruptos y a los flojos. Barrió a esa enorme masa formada por casi todos los demás seres humanos: los mediocres del mundo. Así piensa el partidario del garrote, desde su puesto de combate como conductor de taxi o importador de blondas chinas.

En la práctica, a la mitad chica le importa un bledo que se ahuyente a la inversión extranjera (como en Barrancones). Que por decreto se le despache con su música a otra parte. Y esto, pese a que la mentada inversión internacional está al tope de la lista de las cosas que, según su catecismo, serían intocables. Tampoco le molesta que se eliminen las excesivas atribuciones de la justicia militar y la ley antiterrorista, aunque ellos mismos estén siempre pidiendo mano dura y medidas draconianas. Les es indiferente, pero sólo en caso de que estos cambios democratizadores los haga uno de los suyos y, ojalá, beneficie a otros de su partida. Por ejemplo, que signifique la libertad de un puñado de militares con las uñas encostradas de sangre. Y si no resulta el trueque… Pues la mitad chica aguanta, que para eso está.

Es que esa mitad no digiere mucho los matices, ni las definiciones, ni el articulo en sí… ni los principios generales, ni los ideales abstractos. Pero si retiene símbolos, jerarquías, rostros y un par de tabús. Con eso le basta.

La pequeña mitad, como gran parte de la humanidad, únicamente está hambrienta de seguir y agradecer. Solo que, no a cualquiera. Ojalá a alguien que brille con las luces de lo que entienden por prestigio. Con los refulgores de la fuerza, la autoridad, la belleza, la limpieza (física), la raza blanca, el dinero, el apellido y la masculinidad. Los uniforme, por ejemplo, sean de policía o de línea aérea, reúnen muchos de estos requisitos, pues generalmente están planchados y tienen algún distintivo jerárquico. Pero, en realidad, cualquiera de estos atributos les sirven. Y también sirvieron a la Concertanción, no se me hagan los de la chacra. Que la mitad grande es casi una evolución milimétrica de la mitad chica.

El que tiene a la pequeña mitad consigo una vez, ya podrá contar con ella casi para siempre. Aún cuando se sea descubierto infraganti, llevando una bolsa de dinero fiscal a las Islas Caimán. En ese caso, los chicos dudaran, se resistirán a creer y esperaran prudentemente a que reaccione algún cacique principal, antes de decidirse a pensar algo.

Por esa misma lealtad irreflexiva, que no es otra cosa que adscripción incondicional al prestigio, la mitad chica del país, en realidad no le importa mucho a nadie. Y esta hora importa menos que nunca. Salvo al desconocido, al nuevo, al arribista. El verdadero jefe, si es dueño del prestigio, ya tiene a la mitad pequeña en su puño. Y puede olvidarla durante buen rato sin ningún temor, para concentrarse en convencer a la mitad grande.

Por lo mismo, no es una maniobra arriesgada el elogiado “pragmatismo” de las nuevas autoridades. Este pragmatismo consiste en que están dispuestas a hacer todo lo contrario de lo que se cree. A actuar en contra de sus convicciones habituales; sólo para pololearnos, para seducir a los que no estamos en la mitad del garrote. Así que, el que tenga oídos que entienda. Mientras este humor (esta inseguridad) dure allá arriba, estaremos viviendo la suprema hora de muñequear, compatriotas. De conseguir avances impensables ayer mismo, y de lograr políticas involuntarias de parte de la autoridad. A maniobrar y moverse, que la liquidación está buena, y no dura para siempre… Cuando la inseguridad de arriba se disipe, veremos -realmente- para qué fue que se esforzaron tanto en subir.

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