POR JAIME COLLYER
Después de años investigando, Jaime Collyer presenta el primer tomo de su historia sexual de los chilenos, que escribió con ayuda del argentino Federico Andahazi, que hizo hace unos años la versión argentina del libro. Acá adelantamos, en exclusiva, el primer capítulo, “El sexo y la historia”.
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Recrear la historia sexual de una comunidad implica necesariamente leer entre líneas, atender a lo que es explícito en sus crónicas y lo que permanece velado, a los discursos en voz alta y lo que está en el trasfondo. A aquello que la historia oficial registra y eso que es preciso deducir de sus textos deliberados, tan heroicos, tan rotundos. Es un recuento que circunscribe en apariencia su objeto a esa dimensión específica, la de la sexualidad y la vida íntima, pero esa dimensión integra y explica de algún modo su vida entera. La sexualidad suele estar presente, con carácter protagónico, en su génesis como nación y sus episodios fundacionales, sus héroes se mueven no pocas veces impulsados por el deseo, igual que sus élites, igual que el pueblo en su propio entorno. El sexo compromete desde las emociones básicas de sus gentes hasta sus ideales de belleza, sus definiciones acuñadas históricamente de lo que es una vida satisfactoria o un sentido para su nación, la estima y autovaloración de sus gentes, sus preferencias éticas, incluso la forma en que se ejerce el poder en su seno o sus nociones del propio devenir, su idea de la trascendencia y de cómo sortear la propia finitud. La apuesta es clara: da por sentado que a la historia de un país subyacen un despliegue sexual y unos devaneos de alcoba que en alguna medida perfilaron el curso de varios de sus episodios fundamentales. O, lo que es lo mismo, que tales acontecimientos se vieron condicionados en algún grado por esos avatares íntimos y por las nociones que sus gentes sustentaban al respecto. La historia local abunda en ejemplos de ello. Francisco de Aguirre, conquistador español que desperdigó con generosidad su simiente entre Chile y Argentina, justificaba sus más de 50 hijos ilegítimos señalando que tener hijos mestizos era un servicio a Dios más que un pecado, alarde en el cual se evidenciaba de algún modo la noción avasalladora y pragmática que inspiró la turbulencia sexual de la Conquista. Los gestos visibles y decisiones históricas de O’Higgins, hijo “natural” de un alto funcionario imperial y una jovencita de la élite chillaneja, están –es dable imaginarlo– influidos en algún grado por su condición de tal y por un estilo de paternidad muy arraigado en la América española. Incluso los avatares bélicos en que Portales embarca a Chile en el XIX obedecen quizás, al menos en parte, a la misma impetuosidad que lo impulsaba a su ajetreada vida nocturna y sus deslices madrugadores en el barrio santiaguino de la Chimba. En la esfera íntima laten comportamientos y actitudes que sustentaban las facciones étnicas originarias, esas que sumaron su propio acervo cultural y sus genes a la conformación de las varias naciones americanas. Por vía de más ejemplos, quizá sea la propensión decimonónica de las élites chilenas a lucir a sus mujeres ante los visitantes –hábito ceremonial del que hay variados testimonios en las crónicas– un derivado remoto de las ofrendas que en ese mismo sentido hacían algunas comunidades originarias de la región. Y bien puede ser que el doble discurso respecto al sexo, la tendencia tan criolla a vivirlo desinhibidamente en privado y hacer un discurso pacato en público, sea fruto de las dos grandes cosmovisiones –la indígena y la hispánica– que nutren a la nación chilena, las cuales, por estar perpetuamente confrontadas, no llegaron a fundirse jamás o conciliar de veras sus respectivas propuestas. Hubo mestizaje, encuentro de los cuerpos, pero no una fusión a ultranza de los propios valores y hábitos, a consecuencia de una guerra que fue aquí más implacable que en otras latitudes. Cada facción siguió, en virtud de ello, sustentando en lo profundo su propia noción de la sexualidad, polígama y hedonista en el caso mapuche, monógama y pudibunda en el de los hispanos. El cronista español Alonso González de Nájera refiere, para muestra, el comentario de un indígena que en 1614, dialogando con un cristiano, se muere de la risa al saber que el rey de España tiene una sola mujer. Le cuesta creerlo, lo percibe como un síntoma evidente de que su pretendido poder imperial no es para tanto.

Hincarle el diente a estas múltiples aristas implica descripciones pormenorizadas de lo sucedido pero no elude –no podría hacerlo– la especulación, el juicio arbitrario del cronista y el documentalista respecto a esos hechos, su interpretación de los mismos, la necesidad de desentrañar lo que permanece implícito, de indagar en el sobre-entendido y lo prohibido, en lo que se proclama en la versión oficial y lo que se ocultó a sabiendas. En esta misma vena, los testimonios acuñados por la crónica de lo cotidiano resultan a veces más sugerentes que las precisiones tan necesarias de lo historiográfico o sociológico. Baste pensar en un ejemplo adicional y muy contemporáneo que es todavía motivo de comentarios en Chile, aunque han transcurrido varias décadas desde su ocurrencia: es esa especie de chascarro multitudinario que suscitó la visita de Juan Pablo II en 1987, en una escala de seis días que incluyó el sonado encuentro pontificio con los jóvenes chilenos, al atardecer del 2 de abril, en el Estadio Nacional de Santiago. A él se dirigieron, esa tarde apacible, los escolares de colegios religiosos y laicos, voluntarios de las comunidades eclesiales de base, chicos y chicas de establecimientos educacionales de todo el país, adolescentes agrestes y otros más compuestitos, todos imbuidos del espíritu devoto fomentado por sus profesores y sus pastores, muchos de los cuales los acompañaron a la cita con una sonrisa beatífica y las manos entrelazadas. Se respiraba en el aire un efluvio de beatitud, de paternal consideración por esa juventud ansiosa, la nueva savia de Chile, que venía esa tarde a anunciar un futuro de reconciliación, de austeridad y recato, de pudores en su sitio y como deben ser. El resultado fue otro y recorrió al día siguiente los diarios de todo el orbe: la noticia de un gesto improvisado por la grey adolescente ante el visitante papal, a micrófono abierto, con una nota mitad discordante, mitad festiva, que esa masa juvenil introdujo de manera espontánea en el ritual. Cuando, contra el telón fulgurante del atardecer, iluminado por los focos en su tarima, el Papa le formuló varias preguntas alentadoras de su fe (“¿Vosotros tenéis sed de vida eterna…?”) y otras más específicas, indagando en su voluntad o disposición colectiva a oponerse al “ídolo de la riqueza” y al “ídolo del poder”, a lo que esa multitud de corazones jóvenes respondió con sucesivos y estentóreos “¡¡¡Sí!!!”, convencida de sus opciones, sin vacilar. El problema sobrevino a la tercera interrogante: “¿Verdad que queréis rechazar el ídolo del sexo –inquirió el pontífice–, del placer que frena vuestros anhelos de seguimiento de Cristo por el camino de la cruz que lleva a la vida…?”. Punto en que el guión oficial quedó sorpresivamente de lado y toda esa multitud efervescente que allí había, o buena parte de ella, voceó un inesperado: “¡¡¡Nooo!!!”. Fue una salida de madre no prevista por nadie, pero muy sugestiva de lo que es la sexualidad por estos pagos, de lo que ella ha sido desde sus orígenes: una práctica tan entusiasta como en otras latitudes, que aflora tarde o temprano sin muchas inhibiciones. Chile muestra cada tanto la hilacha, como sucedió ese jueves de abril. Una hilacha a su manera inclaudicable, que no repara en autoridades eclesiásticas o políticas institucionales. Es el terreno a la vez dual donde hay que indagar: entre los dogmas oficiales y la subversión espontánea de esos dogmas, a la búsqueda de sus razones profundas o su legitimidad relativa, de las restricciones fomentadas desde el podio, de los miedos y verdades discurriendo a la par. Este primer tomo de esta serie, al cual habrán de seguir otros dos volúmenes, abunda en nuestra historia sexual desde la era precolombina hasta la fase colonial. Desde nuestros inicios como nación, deteniéndose en las prácticas íntimas de las comunidades aborígenes afincadas en nuestro territorio, a la fase colonial y las circunstancias que preludiaron la Independencia. Desde los renuentes mapuches o la prolongada Guerra de Arauco, con las asonadas recíprocas de indígenas y españoles, a la Colonia y sus hábitos pretendidamente comedidos. Es un primer paso, desde luego necesario al abordar el asunto, antes de arribar a la Independencia y la fase propiamente contemporánea.

PECAR COMO DIOS MANDA
Historia sexual de los chilenos
Desde los orígenes hasta la colonia
Jaime Collyer
(con la colaboración de Federico Andahazi)
Catalonia, 2010, 248 páginas.