Los países, como las personas, son en gran parte lo que creen ser. Mientras ese deseo sea más alejado de la realidad, más dramática y más intensa es su existencia. Chile a mediados del siglo XIX se creyó distinto, y hasta cierto punto superior, del resto de sus vecinos. Las bases de esta creencia, que casi todo desmentía, sería larga de enumerar. Baste aquí decir que este sueño chileno fue, como tantos otros, importado, hijo de los exiliados argentinos, refugiados venezolanos y viajeros polacos, franceses, y bávaros que nos visitaron. Más ordenado, o más autoritario, más compacto y más pobres, nos creímos ese cuento que de alguna forma se hizo parte de nuestra verdad.

Gran parte de lo que fue nuestra clase media se educó bajo ese deseo expreso y subterráneo: ser una Latinoamérica ordenada y legal para llegar un día a no ser Latinoamérica del todo. La pobreza en que secularmente recaemos no permitió que ese sueño sea tan agobiante como en Argentina. El color de nuestra piel, la pequeñez de nuestros cuerpos cuadrados hizo el resto. Nunca salimos del horroroso Chile. Los que iban a París se descubrían ahí como los peruanos resfriados, los argentinos de provincia, los bolivianos a nivel de mar que en el fondo somos. Esos baños de realidad sin embargo no ahogaron nunca del todo esa ilusión. Una de las cosas que la clase media chilena no le perdonó nunca a la Unidad Popular fue su latinoamericanismo. Gobiernos de todo pelo y señas han hecho de la desconfianza con el resto del continente la piedra angular de nuestra política exterior.

Malos para el futbol pero también para la guerrilla o los golpes militares, le debemos a ese sueño el estúpido racismo contra los peruanos y bolivianos, pero también el legalismo y la austeridad que tantas veces nos ha salvado del descalabro. De esta pretensión que explica tantas cosas se han salvado dos clases sociales en Chile: el pueblo llano y los millonarios. Sólo en la más rancia aristocracia o en el más bajo pueblo tener parientes peruanos, o bolivianos, escuchar música mexicana, vivir como se vive en Colombia o en Lima, no es un descrédito sino una suerte de aspiración natural. Si para la clase media chilena Buenos Aires y luego París fue el sueño, en el campo y al fondo mismo de las poblaciones, era México y las cumbias colombianas.

Tanto para los extremadamente ricos como para los extremadamente pobres esa ilusión legalista, esa austeridad gris, ese nudo de restricciones y cuidado ha sido siempre un corsé del que han soñado liberarse. Así en el Canal 13, el más universitario y conservador de todos, se instaló el pionero de la estética más pachanguera, más sentimental, más miaminesca de todos: Don Francisco. Así nuestros empresarios más grandes se han instalado con completa naturalidad en Perú o en Colombia, países en que hemos descubierto, mucho más que un mercado, un espejo.

Chile quiso ser diferente, y para bien o para mal lo fue. Su revolución lo fue, lo fue de cierta manera también su dictadura (abriendo el mercado al mismo tiempo que cerraba todo lo demás), lo fue aún más su transición. El gobierno de Piñera representa en cierta forma en ese sentido una normalización, un retorno de Chile a los estándares del continente. Cansados de ser ejemplares, agotados de jugar a ser serios, el gobierno de Piñera nos devuelve a la chapucería, el populismo apatronado, la política como una sucursal de la televisión, el movimiento perpetuo que en el fondo no mueve ni cambia nada. La política de un país que ha conseguido a través de procesos políticos inéditos peores estándares de igualdad que sus vecinos. Un país que rompió con muchas cosas menos con la concentración de la riqueza y la forma colonial de administrarla.

Pelotillehue ha ido tapando los agujeros de sus calles, esas por las que salían cocodrilos, despertando sonámbulos y reemplazando los rayados del roto Quezada por ideogramas exportados de Nueva York. Ya no es pobre pero tampoco quiere ser honrada. Siente profundamente que esas dos palabras, pobreza y honradez, son dos caras de una misma moneda. No quiere ninguna de las dos cosas. La isla separada de sus virreinatos posibles (el de La Plata y el Perú) por montañas, océanos y hielo de miedo y pretensión, se ha abrazado a su continente. Lo ha hecho en el peor momento y por las peores razones, para venderles y comprarles baratijas. Se abre ahora al riesgo mestizo, al sueño de una Colombia sin guerrilla, de Miami austral donde Gabriela Mistral se mezcla con Lipigas y donde los que desconfiaban de todos los que tenían demasiado éxito fuera de Chile, desconfían ahora de los que no lo tienen. Resentimiento al revés, histeria bipolar, exigimos feriados, recreos, soluciones, luz, ecología, porque algo en nosotros siente que hemos llegado.