Este momento político es interesantísimo. Está empezando el tiempo de las plantaciones. La tierra se sacudió en febrero, el mar borró de un langüetazo pueblos enteros, el espíritu de la Concertación terminó de huir de su cuerpo -o partidos, o dirigentes-, con la derrota electoral. No ganó la derecha, ganó una cosa rara con el apoyo de la derecha. Esta semana Longueira y Carlos Larraín, ni más ni menos que el presidente del partido del presidente, reclamaron que no se sentían considerados. Que la coalición vencedora había desaparecido bajo la sombra impredecible de Piñera y sus complices. Un amigo poeta me dice todo el tiempo: “Compañero, Piñera es un botín”. Según él, uno podría convencerlo de ideas que contradicen enteramente las esperables. Si está en la razón, sería precisamente eso lo que enloquece a la derecha más ortodoxa, que, dicho sea de paso, es la que tiene el más claro de los proyectos políticos circulantes. Ellos creen saber para qué quieren el poder: menos Estado, promoción y defensa de la familia tradicional como núcleo fundamental de la sociedad, impuestos bajos, menos cháchara con la protección social y los derechos civiles, que, en realidad, no son más que una entelequia para llamar a la degradación de las costumbres. La cosa del medio ambiente les resulta zonza y hippona. Lo importante es crecer, y esto se consigue con trabajo y el trabajo lo crean los mejor dotados de la naturaleza. Habrá pobres y ricos, “¡por supuesto!”, dirán, “pero si los hay en todas partes, aunque los pobres serán menos pobres, y eso es lo que cuenta más allá de los resentimientos”. La concentración del dinero y el poder no los angustia para nada. El secreto está en trabajar, trabajar, trabajar (receta dictada muchas veces desde una mecedora, pero en fin). Piñera, en todo caso, no es de estos, y el que diga lo contrario es porque seguramente sigue preso de las caricaturas. La oposición, de hecho, no sabe bien por dónde agarrarlo. Las trizaduras se están produciendo de lado y lado, y muchos concertacionistas, aunque lo callen, sienten mayor cercanía con él que con sus socios izquierdistas.

Después vino lo de la mina, que es como un sembrado profundo de vida en un terreno rocoso, o sea, de brote lentísimo. Por lejano que parezca, algún movimiento obrero –minero o qué se yo- debiera surgir de ahí. Un dirigente sindical canadiense, del rubro, se apareció por el yacimiento San José pregonando que hasta aquí era todo anecdótico, que había que preocuparse de las responsabilidades de los empresarios dueños del mineral para con sus trabajadores, y de la rigurosidad con que el gobierno las debía hacer cumplir. Cristián Cuevas, el dirigente de los trabajadores más vital de los que rondan, es homosexual y entiendo que participó de la marcha que, este fin de semana, reunió a varios miles de gays y lesbianas y defensores de la dignidad de las minorías sexuales. Durante esa jornada, twitteó como gay y representante obrero al mismo tiempo, lo que, convengamos, hasta hace poco era inimaginable. La huelga mapuche se eternizó. (Al publicarse esta nota ya debiera haber terminado, pero igual se eternizó). Cuesta hablar de otra cosa, y como sucede cuando un tema se extiende, también se expande, y ya son muchos los matices ante los que la sociedad discute: ¿qué es terrorismo, cómo convive una cultura con otra, cómo se hace para que la imperante no aplaste a la más débil, cuánta autonomía resiste una comunidad al interior de otra, cómo tratamos a los indígenas, cuánto vale la vida de un huelguista comparada con la institucionalidad, tiene derecho a inmolarse un hombre por lo que cree? Bajo los conflictos políticos urgentes, están comenzando a latir temas que vuelven al fondo de los asuntos. En el último programa de Estado Nacional, uno de los nuevos panelistas – los que convengamos que son harto menos asertivos e interesantes que los antiguos-, se trenzó en una discusión airada con el invitado de la udi, y si bien el litigio no alcanzó un alto vuelo, al menos a mí me retornó algo de alma al cuerpo: volvía a manifestarse, repentinamente, el choque de posiciones, el no todo es unidad, el juego de los átomos que se repelen para que la biología exista. El vacío que ha reinado en la dinámica ideológica durante los últimos años, debiera ir renaciendo alrededor de nuevos temas. Los políticos “progresistas” están lejos de hallarles una formulación. El mundo de la cultura no los está precisamente iluminando. Los periódicos los soslayan sin querer queriendo. El arte los sobrevuela como un perfume vanidoso. Los filósofos pareciera que andan perdidos en una post metafísica que no alcanza la carne. Estamos en un punto de partida abonado por una larga y compleja historia, y bajo un gobierno que participa, riega y salpica esta falta de rumbo, este remanso conmovido, extraño, y que a ratos da náuseas, como los embarazos en los primeros meses de gestación.