Foto: Alejandro Olivares
Dedicó gran parte de su vida a salir de la pobreza y a ayudar a otros a hacer lo mismo. Hace dos años que dejó el campamento Lo Boza, de Renca, y se fue a vivir a 200 metros de ese lugar, en una casa de subsidio, de tres pisos y con tres piezas. Desde ese momento ha sido voz autorizada para hablar de pobreza: el lunes pasado estuvo como panelista en el lanzamiento del estudio “Voces de la pobreza” y al día siguiente lanzó un manual del dirigente social, el que, asegura, será la base para que a los dirigentes no se les pase gato por liebre y puedan efectivamente ayudar a sus comunidades.
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Desde la experiencia tuya como dirigenta de un campamento ¿qué visión tienen las autoridades sobre la pobreza?
Todos los actores relevantes han contribuido para que el tema de la pobreza se vea sólo en términos materiales. Eso se ve muy reflejado en las propuestas de las campañas de los políticos como el sueldo ético, y otras cosas más, que lo único que hacían era posicionar al pobre como una persona a la que le faltaba plata.

¿Lo mismo pasa con la forma en que se mide la pobreza?
La forma en que se mide la pobreza en Chile no muestra la realidad y no le conviene a ningún gobierno buscar un método que sí demuestre cuántas familias pobres hay en el país. Chile es un país que tiene una pobreza dura desde hace muchos años y que no ha terminado. La visión de pobreza en el país tiene que ver mucho con el tema del sueldo, cuando en realidad la pobreza también pasa por las oportunidades y por la libertad que tengan las familias más vulnerables a decidir sobre lo que quieren o cómo lo quieren. Los avances sólo se han concentrado en cuántas casas estamos entregando y así se ha medido. Si la familia obtiene una vivienda sólida a través de un subsidio, deja de ser pobre y no son sujetos de beneficios de ningún tipo, cuando esa realidad no es así: las familias siguen viviendo en sus casas nuevas, pero siguen siendo tan marginales y pobres como antes.

¿Qué pasa entonces cuando la familia sólo recibe su vivienda?
La vivienda es un elemento importante para que las familias dejen de ser pobres. Hay una política habitacional que te permite participar, que la familia se involucre, pero si no se aplica bien, pasa que la familia deja de mojarse, deja de pasar frío, pero sigue viviendo con la misma plata que el marido ha ganado toda la vida; sigue yendo al mismo consultorio de mala calidad y mal atendido que hasta el día de hoy usa; y sigue teniendo a su hijo en el pésimo colegio de su comuna, porque no le alcanza para más. Hay otros mínimos que no están resueltos en el país y principalmente tienen que ver con la participación y en cómo se involucran las familias más pobres en la superación de esa pobreza. Hasta hoy, ningún gobierno ha invertido en la gente, en la organización social, en el trabajo comunitario. Por lo tanto, hoy tenemos los mismos pobres que teníamos hace 10 años y muchos más por el terremoto.

¿Y eso pasa porque a los pobres no se los escucha?
Es que la pobreza tiene mucho que ver con la libertad de decidir sobre lo que uno quiere, pero también con las oportunidades. Se supone que la casa debería ser efectivamente un cambio de vida para las familias, pero si no viene con el resto de las oportunidades, si no viene con estas familias preparadas para pagar luz y agua, efectivamente la casa va a ser muy linda, pero en un par de años va a estar abandonada, que es lo que pasa hoy o simplemente no va a haber ningún barrio.

¿Qué pasa hoy?
Hay una cantidad enorme de viviendas desocupadas que se construyeron en poblaciones sin preocuparse si habían lugares de encuentro como sedes comunitarias o canchas que generaran barrios sustentables.

Y por eso las familias se van de los barrios.
Claro, porque no hay un trabajo comunitario. No hay una red social, porque la gente no aprendió a usar ni siquiera las redes que existen para ellos. La gente muchas veces ni siquiera sabe que el consultorio de la esquina es el que le pertenece y no el del otro lado; no tiene idea para qué sirve un municipio, porque no nos han educado. Al final, lo que tenemos son ciudadanos desinformados y con cero participación. Hoy, la burocracia, la insensibilidad, la falta de voluntad y la falta de compromiso son trabas importantes. Los chilenos estamos viviendo por sí solos: cada uno mata su piojo. Más allá de invertir en carreteras o en casas, lo que no hay es inversión en la gente y en sus espacios comunitarios. Eso es lo único que puede asegurarnos de que Chile no se plague de delincuencia ni de droga.

¿Qué se debe hacer para que esto empiece a funcionar?
Primero, abrir espacios de conversación, sentarse con los pobladores para saber qué los afecta, porque es importante aportar desde la experiencia de vida. Pero Chile es un país que no se preocupa de la gente. Construir grandes carreteras no es preocuparse de la gente y construir 100 colegios de excelencia tampoco. Invirtamos hoy en las personas, en escuchar, en estar, en entablar espacios de diálogo donde ellos se sientan partícipes de este cuento. No se trata de escuchar al que habla adelante, sino que hay que oír qué es lo que propone la gente. Te aseguro que si eso se hiciera en todas las poblaciones tendríamos efectivamente una visión distinta del país que tenemos.

ORGANIZACIÓN Y MIEDO

¿Los pobres hoy son poco escuchados?
Los pobres no somos escuchados y si nos escuchan a nadie le importa lo que decimos. En el gobierno hay grandes personas, pero creen que el haber construido una mediagua hace diez años les da la experiencia necesaria para decir lo que yo necesito. Cuando en realidad la única que sabe lo que necesito soy yo, porque he vivido durante 20 años en el barro, porque he pasado frío, porque he vivido con treinta y tantos mil pesos mensuales. Por ejemplo, uno de los mayores aciertos que tuvimos como institución fue que a los dos días del terremoto fuimos a visitar a los dirigentes de las zonas afectadas y lo que más nos llamó la atención fue la desesperanza. Estuvimos en la playa de Constitución cuando fue la alerta falsa de tsunami y corríamos y gritábamos, pero la gente, por más que les decíamos que corriera, se tiraba al suelo, como diciendo “llévame ola”. Esa desesperanza fue lo más terrible que vivimos. Eso refleja lo que viven las familias más pobres.

¿Por qué no se los escucha?
Porque se tiene miedo a escuchar a la gente. Se cree que las organizaciones sociales están todas vinculadas al terrorismo, poco menos que si te organizas pasas a ser un comunista. El problema es que todos tienen miedo de que la gente se organice. Los mineros en la mina San José tienen una organización súper fuerte abajo, pero faltó mucho por potenciar esa organización cuando no estaban atrapados. Si efectivamente hubiese habido buenos liderazgos, esos trabajadores jamás hubiesen quedado enterrados, porque se habrían preocupado de las condiciones en las que trabajaban. Hoy lo que pasó con el tsunami, los mineros y lo que pasa con el conflicto mapuche, pasa porque ningún gobierno hasta hoy ha invertido en las organizaciones sociales.

Hay una pérdida de tiempo generando políticas sociales que no apuntan a los problemas, entonces.
Nos llevamos la vida discutiendo sobre los temas que son relevantes y al final no hay ninguna solución. Todo el mundo habla de la educación. El otro día el ministro de Educación estuvo inaugurando en Renca el primer liceo de excelencia, pero qué pasa con los otros cinco colegios de mala calidad que hay en la comuna. Lo mismo pasa en las universidades, que agarran a los mejores alumnos, que está bien, pero qué pasa con el más porro de la población. ¿Quién invierte en el que no aprendió porque en su sala de clases habían cuarenta y tantos alumnos más y la profesora no tenía ni ganas ni tiempo de dedicarse a él y tiene una mamá que llega súper tarde y no le puede enseñar?

¿Hay una generación perdida?
Sí, a esta generación, la que hoy está en cuarto medio, la sacrificamos. Y la pobreza que ellos van a vivir puede ser mucho más terrible que la que vivimos nosotros, porque a ellos se les abrió un mundo de oportunidades al cual no pudieron acceder. Hoy, las casas comerciales te dicen que la Nike es la zapatilla que tienes que ponerte, que tienes que tener un plasma en tu casa con un WII para jugar, pero esta generación no puede acceder a eso.

¿Y qué se genera con eso?
Una desesperanza terrible. Estoy segura que si se ahonda un poco más en estos cabros delincuentes o drogadictos, lo que encuentras es desesperanza, como las familias del terremoto. Y eso es terrible. La gente tiene una angustia: cuando te sientas a hablar con una pobladora, ella empieza tirándote tallas, pero al final termina llorando. Es la angustia de no poder comprar un uniforme, de no poder acceder a las zapatillas Nike que el cabro quiere, la angustia de que el marido gana 160 lucas y a fin de mes tiene que pagarlas todas en el negocio donde piden fiado. Esa es la pobreza que Chile no debería tener, porque es por falta de oportunidades.

¿Cómo se generan las oportunidades?
En la medida en que generamos espacios de participación. En la medida en que la familia, en vez de reclamar en la casa porque el consultorio es de mala calidad, vaya y lo haga en una reunión con las enfermeras. Así se generan oportunidades. A mí me duele cuando la pobreza se mimetiza, cuando a un par de cuadras cachai quién es pobre y sabí que lo es porque anda con los hombros encorvados, baja la vista, pide por favor o no tutea a nadie. Chile ha hecho que las familias más pobres nos sintamos pésimo. Si el cabro es feliz cuando tiene un gorro Nike: ¡¡¡un gorro Nike!!! Tú puedes decir que el cabro no tiene prioridades en la vida, pero lo cierto es que nunca las ha tenido: no sabe cuáles son sus prioridades porque en su vida todo los demás han decidido por él, pero sí ellos deciden se van a dar cuenta que no es importante la zapatilla Nike. Es ahí donde tenemos que apuntar.

MINEROS Y LIDERAZGO

¿Está tomando fuerza el movimiento social?
Tiene que tomar fuerza, porque si no estamos jodidos. Nos hemos juntado con agrupaciones de pescadores, clubes deportivos, entre otros, y hemos llegado al consenso que hay que agruparse y hacer presión porque si no las cosas no van a cambiar. Hay que ser capaces de mirar al otro, de no ser mezquino, de preocuparse por cuánto va a ganar mi comunidad.

Este resurgir tiene que ver con que Piñera sea Presidente.
Esto venía de antes. La Presidenta potenció mucho estos movimientos. Cuando vimos que una mujer podía ser Presidenta, cuando vimos que le ponía corazón a lo que hacía, la gente se dio cuenta que podía meterse en esos espacios. La política habitacional fue clave para que la gente se organizara y lo que hay que hacer hoy es fortalecer el tejido social. Pero el movimiento se está levantando fuerte y ojalá podamos tomar a los dirigentes de las aldeas, ojalá los mineros cuando salgan no sólo se transformen en el chiche bonito del gobierno, sino que esa experiencia de organización sea un ejemplo. El movimiento social está prendiendo fuerte, se está ganando espacios y está siendo reconocido.

¿Hay una nueva hornada de dirigentes sociales?
Esta labor ha cambiado. Cuando decidí ser dirigente social lo hice porque creí que era tiempo que nos hiciéramos cargo de las cosas, porque donde yo vivía los dirigentes tenían cincuenta o sesenta años y se limitaban a hacer la reunión periódica y a ir a buscar los juguetes a la municipalidad. Hoy, hay una nueva camada de dirigentes sociales y nos estamos capacitando. Estamos buscando cómo ser mejores líderes y creo que nos dimos cuenta que con la lucha armada no se consigue nada, de la misma forma en que no pasa nada si nos quedamos en nuestro metro cuadrado.

¿Qué cosas han tenido que cambiar los dirigentes?
Por ejemplo, erradicar del vocabulario de las familias más pobres el “tío” y la “tía”. Tú identificabas a las familias más pobres simplemente porque te decían “tío”, incluso si eras un pendejo. Eso te pone a un nivel distinto porque ya te hace inferior. Erradicarlo fue difícil porque la gente estaba acostumbrada, porque era señal de que me ibas a escuchar, porque al decirte “tío”, tú ibas a tener una responsabilidad sobre mí.

¿Las autoridades los subestimaban por eso?
Sí, las autoridades tienden a subestimar la inteligencia del pobre. Pero la gente desde la precariedad del lenguaje tiene muy claro lo que le pasa en la vida. Hay que educar, pero también es importante entender el idioma, porque si no somos capaces de entender cuando una señora dice “estoy angustiada, qué hago”, no vamos a ser capaces de entender jamás lo que la gente quiere. Hacer un plebiscito no es escuchar a la gente, hacer una reunión con ellos tampoco, porque las políticas sociales deben ser planificadas y ejecutadas por las personas. Sólo así funciona la cosa. Hoy, la gente no sabe nada más que hacer que pedir el bono de fin de año.

Hay una dependencia de la familia pobre con el Estado, ¿qué pasa con la voluntad en esos casos?
Durante muchos años las familias recibimos mucho, la caja de mercadería, los subsidios, que en definitiva si se los quitas ahí sí que los matas de hambre. Al final nos acostumbramos a que nos dieran porque eso era lo que había y si tú no aceptabas eso, no tenías nada. Las políticas habitacionales fueron construir, sacar y que vivan, sin importar cómo vivías. Pero si esa olla común hubiese venido con una herramienta, hubiese sido muy distinta la vida de esa familia. Pero también hay que modernizarse, porque existen miles de talleres a los que la gente puede acceder, pero están fuera del mercado laboral. Tú vas a los campamentos y tienes costureras, reposteras, peluqueras, gasfiters y electricistas. Esas son las profesiones de las familias más pobres. Pero si vas al barrio chino, te puedes comprar con 10 mil pesos ropa para vestirte, pero la costurera no puede comprar género para hacer vestidos con esa plata y no puede competir. Hoy, todo el mundo hace pan amasado o cosas para vender, entonces el mercado está saturado y las vecinas se venden entre ellas. El viejo gasfíter… ya no, si hasta el Homecenter te dice “hácelo tú mismo”. Entonces de qué sirve la labor de ese señor. De nada, porque a nosotros siempre nos enseñaron las labores menos importantes.