Mi editor, por molestarme y reírse de mí, me ordenó que escribiera sobre el Nobel a Vargas Llosa. Y la verdad es que ese tema le interesa a los interesados por ese tema, explico la redundancia, lo que está en juego ahí (o aquí) no tiene que ver con el trabajo que hacemos nosotros. El Nobel es una noticia internacional no muy relevante. Se trata de un premio que nadie parece merecerlo hasta que se lo dan. Uno que no es ni siquiera premio municipal (disculpar autorreferencia, pero el editor también me hizo esa exigencia) toma el asunto con absoluta sensación de distancia.

Hay un tema nacional y continental en este tipo de premiación al hacerse relevante una especie de lucha por la supremacía cultural continental y la etnia que lo caracteriza, ya sea asiática, negra o blanca, o latina. Está también el reparto del mundo y su ciencia y cultura, y el sentido común busca y gusta del ranking y la competencia que lo consagra. En este sentido me encanta que los peruanos tengan un Nobel de literatura, porque los que hemos jugado el juego de las paradojas extremas siempre hemos pensado que Vallejo era mucho más interesante que Neruda y esto viene a ser como un acto de justicia para un país que produce “buena literatura”. Además el pisco es peruano y nos han enseñado a cocinar y comer mejor, además de otras cosas.

Lo que nos dice, en el fondo, este premio del peruano español es que para este logro hay que haberle tributado de algún modo a la diplomacia internacional, formal o informal, y construir redes, muchas de las cuales se arman a partir del campo editorial, que define en parte el campo literario, y por cierto, mucha cercanía con el negocio periodístico y con el campo político, ya sea de derecha u otras.

Me imagino que para ciertos chilenitos esto es lo máximo, para Ampuerito, por ejemplo, o para Edwards, que consideran a Varguitas -como le decía su tía personaje- el epítome del escritor, canónico, flaubertiano, un escritor de verdad.Para esos chilenitos entusiastas del sentido común de derecha, este premio es el triunfo de lo permanente, de eso que no es alterable por la voluntad de cambio o de vanguardia, como es el genio, el buen escribir, tan lejos de los vanos juegos de lenguaje de algunos que sólo pretenden hacer pasar imposturas lingüísticas por literatura.

A mí, en lo personal, me gusta leer a este novelista; como profesor de colegio he tenido que darlo a leer varias veces, y claro, su trabajo suele ser un correlato anecdótico de la historia, lo que resultaba bien útil en un contexto integral pedagógico. A veces una reescritura decorativa e ilustradora de acontecimientos que abultan la historicidad y la lectura ideológico representativa de los acontecimientos.

Ahora, desde el sentido común de izquierda, podríamos decir que estamos empatados, Gabito es nuestro y es mejor porque representaría el triunfo de la voluntad de ficción, del mundo organizado como relato paródico, en cambio Vargas Llosa representaría ese conservadurismo fatuo del lugar común o del mundo ya construido e invariable. Simplismo necesario para el periodismo culturoso que representamos.

Gana con este premio, finalmente, un registro literario del siglo XIX, fascinante por lo demás, no es un autor, es la novela como género que inaugura un nuevo orden cultural, el complejo mundo de cierta modernidad cuyo paradigma persiste, porque como nos recuerda Rancière: “Cuando aparecen Madame Bovary o La Educación Sentimental, estas obras son percibidas como ‘la democracia en literatura’, a pesar de la postura aristocrática y el conformismo político de Flaubert”.

Tenemos Nobel, gocémoslo.