IMPUESTO A LA CARNE
    Diamela Eltit
    Seix Barral
    2010, 187 páginas

Sin lugar a dudas, para bien o para mal, llevamos dentro una parte de nuestros padres. Yendo un poquito más lejos, enfilando a Atenas o a Viena, el puro hecho de ser hijos es una tragedia. Son los padres quienes se interponen entre la locuaz infancia y la tempestuosa adultez. Son ellos quienes retrasan o apuran ese inevitable, y doloroso, tránsito. No hay tragedia posible sin padres e hijos.

En esa estructura relacional, concebir a la patria como madre o como padre es una manera de otorgarle a una tragedia doméstica carácter nacional. “Deutschland über alles, über alles in der welt”: por sobre cualquier cosa del mundo está nuestra patria. Nuestra patria es nuestro mundo.

Ese nacionalismo espeso, productivo para la conformación de las naciones, pero también para la xenofobia, es hoy considerado patrimonio de las cepas más reaccionarias del viñedo nacional y las peyorativamente llamadas subclases. Sentirse chileno parece ser un asunto de extremos. Quienes adhieren sin fatiga y con orgullo al escudo patrio parecen olvidar que la nacionalidad, hoy por hoy, en países como éste, es una inevitabilidad insignificativa en casi todo, salvo en un aspecto económico.

Diamela Eltit prosigue en “Impuesto a la carne” su examen sobre la historia nacional. Sobre un trasfondo hospitalario, donde los médicos son los centinelas -como no podía ser de otra forma- de la normalidad, una voz femenina discurre con liberalidad acerca de su madre, la patria y la sangre. Compuesta en alegorías (contra todo lo que se dice sobre Eltit, nada crípticas), que en la novela esta mujer lleve literalmente a su madre dentro de sí y sea por eso catalogada como una rareza, un monstruo, una deformidad, no debiera arrojar falsas pistas: es una rareza, es un monstruo, es una deformidad simplemente porque es mujer. La historia de Chile desde la perspectiva de una minoría sin poder real.

Esta mujer, esta voz universal -¿es esto posible?- se enfrenta a un corro de especialistas de la medicina cuya única verdadera especialidad es la de destazar cuerpos. Mutilaciones, sangre y sesos. Chile es, para sorpresa de nadie, un conjunto de cadáveres. Una morgue en la que la historia cambia de sentido como cambia la vida de un enfermo de apendicitis. Eltit sigue su programa de relatar la sociedad desde la “microfísica del poder”: cuerpos individuales sometidos a una se diría casi espontánea evolución de los mecanismos de control social. Monsieur Foucalt en estado puro.

El rigor intelectual de Eltit se despliega en cada una de estas páginas con la solidez que la caracteriza. Su prosa, sin embargo, no alcanza las alturas de otros de sus libros. Ciertos adjetivos y adverbios son desafortunados, y en el peor de los casos, cliché. “Molecularmente muerta” es una hipérbole brutal. La presencia de los “fans” es de una ironía sin mucho sacapuntas. “Madreórgano” no funciona del todo.

Son estas objeciones, a mi parecer, razonables a un programa crítico tan robusto como el de Diamela Eltit. Su narrativa entrega un placer retardado. Una felicidad infame, intelectual, que prospera en el reconocimiento de que tras la pila de basura ideológica hay una montaña de ideología.