POR RAFAEL GUMUCIO

Y si Karadima fuera una víctima y no un victimario? ¿Si ese probable monstruo fuese nuestro monstruo, el de nuestros deseos y pecados ocultos, el de nuestro orden de clase, el de nuestra fe a medias? ¿Y si Karadima sólo fuera el extremo horrible, sólo la caricatura de nuestra miseria, de nuestros juicios y prejuicios comunes? El dios menor de una superstición a la que le entregamos corderos y palomas en sacrificio como si nada por años. El ídolo al que derrumbamos sólo cuando ya no nos trae la lluvia o las cosechas fértiles de antes.

Fácil, tan fácil es juzgar como difícil tratar de comprender. Bastaría situar a Karadima en su contexto para darnos cuentas de las pocas alternativas que le quedaban: Un joven homosexual con un apellido raro -un apellido inmigrante- en el Chile de los años cincuenta. ¿Tenía muchas más alternativas que la que tomó Karadima? Estaba por cierto la alternativa de resignarse a su suerte, de ser el gerente segundón de alguien de apellido vinoso. Podía haberse hecho peluquero, actor, modisto o irse a vivir a Miami o San Francisco. Podía haberse casado con una mujer solterona, o muy paciente, esperar que sus hijos se casaran con niñas bien. Vivir sus verdaderos placeres, como tantos lo hicieron, debajo de los puentes, o sólo en viaje de negocios.

Rebelarse, soltarse las trenzas, revindicar su clan -el familiar, el sexual-estaba fuera de cuestión. Las fuerzas con que lo hubiesen castigado de entrada eran demasiado fuertes para una alma tímida, que sólo cometía el pecado de desear lo que todo el mundo desea: cuerpos lindos, gente decente, aplausos y plata fácil. ¿Por qué habría que ser santo o héroe para ser simplemente el mismo? Ante una sociedad impermeable a sus deseos, ante un mundo que podía aplastarlo en cualquier momento por besar a quien quería besar, por querer lo que quería tener, Karadima buscó su salida, su única salida: la iglesia, donde no es mal visto usar faldas, donde el poder se logra a través de la palabra, donde sus posibles pecados son perdonados tantas veces.

Como tantos de nuestros altos ejecutivos, como tantos de los que nos dirigen ahora mismo, Karadima eligió el integrismo religioso como una forma de borronear su origen, como una forma de hacer perdonable sus pulsiones. El Padre Hurtado, representante de la iglesia más comprometida pero también de la más antigua, le pidió que no se hiciera jesuita. ¿No era ese rechazo la punta del iceberg de tantos otros rechazos que le esperaban al mundo de los liberales? La iglesia neoconservadora, la del Opus y la de los Legionarios no podían darse el lujo de rechazar un soldado tan entusiasta.

En esa nueva iglesia encontraron los karadimas del mundo, un dios que perdonaba la riqueza, la nueva como la antigua, que las mezclaba en el mismo abrazo fraterno. Un pastor que de alguna forma recogió los corderos abandonados de la iglesia de Silva Henríquez, esa que se preocupa de los viejos pobres y deja de lado los nuevos ricos. Esa que no comprende que ese nuevo Chile necesita creer a un dios a su medida, uno que tiene el sagrado derecho a tomarse revancha del mundo y bajar las manos hacia las piernas de un joven de vez en cuando.

¿A quién engañaba Karadima? Sus incoherencias eran visibles, sus modales no dejaban lugar a las dudas sobre sus inclinaciones. ¿A quién puede sorprenderle que un cura que celebra la dictadura abuse cuando puede de la debilidad de los otros? ¿Sus feligreses no celebraban ellos también tantas veces el abuso, el exilio, las torturas de sus vecinos, compatriotas y contrincantes? Consagró obispos, fue bendecido y alabado por cardenales y papas. ¿Por qué iba a reprimir sus deseos, por qué iba a respetar el cuerpo de unos jóvenes que de no llevar sotana se burlarían de él? ¿No habría recibido bofetadas y risotadas de intentar, vestido de traje y corbata, tocar la pierna de uno de estos jóvenes de los que habría abusado por años en paz?

Años de sonrisas, millones, viudas enamoradas de sus vagos gorgojeos marianos. Años de saber que ministros, jueces, generales mantenían la misma doble vida suya, sin que nada les sucediera. ¿Por qué a él? -debe estar preguntándose ahora. Años, siglos, de comprender, de enseñar, que así son las cosas, que nunca dejarán de serlo. Y de pronto la televisión, las denuncias, el escándalo. ¿Cuándo? ¿Cómo? Usado, burlado, engañado, lanzado al despeñadero cuando ya no le sirve a nadie. Como Pinochet en su tiempo, mirado con asco por los mismos que se vistieron de sus bendiciones. La lealtad que le prometieron, los obispos que sacó de la nada, el gran espectáculo apostólico y romano con que divirtió a su público, todo eso no importa. El Papa necesita un ejemplo, la iglesia necesita su sangre, Chile quiere parecerse a Estados Unidos.

Por haber volado demasiado alto, por haber actuado demasiado solo, sus alas se derriten tristemente. Cae justo donde más temía caer, en la vergüenza y el ridículo del que buscó toda su vida arrancar. Pienso en esa tortura, pienso en ese calvario y todo el cinismo, y todo el descaro con que habría actuado el presbitero pasa en mí a segundo plano. Lo veo, hundido en sus contradicciones que son las nuestras, y veo que en el fondo mismo de todos esos abusos probables, hay también un abusado.