Autor de “La Independencia de Chile”, “El Chile perplejo”, “El peso de la noche”, “Espejo retrovisor” y tres tomos de “Historia General de Chile”, profesor y columnista de este pasquín y otros medios: usted ya lo conoce. En las páginas que siguen está el repaso del 2010 que Jocelyn-Holt hizo –sentado en el tercer piso del bar The Clinic– con especial detenimiento en la derecha y el gobierno, cuyo desempeño aprecia, y en Karadima: “Bendecía los 4×4. Escandaloso. Eso me sorprendió. Que le tocara las campanillas al sacristán no tanto”.

En una columna que publicaste aquí en diciembre del año pasado, definías el 2009 como “el año en que los chilenos perdimos el pudor”.
-Farkas era el factor, las “farmafias”, Piñera mismo.

¿Y cómo definirías el 2010?
-Se mantienen las constantes. De un tiempo a esta parte veo puras continuidades en vez de quiebres o cambios. Yo creo que lo que ha ocurrido este año es una combinación de sucesos azarosos, inesperados en algunos aspectos. Es en la manera cómo los tratamos donde se muestra la falta de pudor, y ahí se mantiene una cierta constancia con el año pasado. Han ocurrido tantas cosas: el terremoto, el cambio de gobierno, la huelga de hambre de los dirigentes mapuches y lo de los mineros –que ocurrieron al mismo tiempo, sin embargo la huelga cobró atención solamente después de que los mineros fueran salvados–. Y después hemos tenido el accidente de un bus, la situación horrorosa de la cárcel de San Miguel. La manera cómo ha sido cubierto todo esto –fundamentalmente a través de la televisión, que hace muchos años que no tiene pudor– me parece que le ha dado un cariz melodramático innecesario.

¿Por qué?
-Lo de los mineros podría haber sido algo más épico –hubo gente que lo vivió épicamente–, pero la forma hiperbólica, tan exagerada en que se lo cubrió, y la comercialización que lo rodeó, y la sacada de punta que le hizo el gobierno, es tan superlativo. Una huelga de hambre o un terremoto tienen componentes dramáticos, pero pareciera que se les da un valor agregado, adicional, que transforma todo en un evento –Jorge Navarrete lo decía el domingo pasado en una columna en La Tercera–. Una persona como Balzac podría escribir bien de todo esto, o Tom Wolfe o Rabelais. Y el efecto que se ha producido es casi como el de esas series que ocurren durante todo el año y coinciden con los eventos del año real. Ha sido una especie de Peyton Place.

No entiendo bien por qué te llama la atención el tono melodramático de la cobertura televisiva, que a mí me pareció de lo más esperable; más me sorprendió el tono moralista con que los animadores de noticias comentaban los hechos.
-Sí, el modelo parece ser el del reality, que es una competencia, están enjuiciando, son jurados, son animadores que, en vez de guiar el programa, tienen un rol estelar. Y son melodramáticos en la medida que se apela a las emociones únicamente. Se confunde así el juicio a la Quintrala –la señora Pérez– con algunas de estas otras tragedias que han ocurrido en el año. Uno vive eso intensamente, lo ves en el pauteo periodístico. El periódico se hace eco de lo que sale en la TV.

Y lo que no sale en la tele pareciera no existir.
-No existe.

Por ejemplo, este año la huelga de casi dos meses en Farmacias Ahumada, con la que medio Chile se topaba a diario en las calles, no salió ni en broma en la tele. Lo mismo la huelga reciente en Almacenes París del Alto Las Condes.

-Así es.

Evidentemente esto no aparece porque se trata de los auspiciadores, pero esos hechos quedan en…
-En un limbo. Y no aparecen por los auspiciadores, sí, pero también por razones de orden ideológico, y ahí eso a uno lo hace recordar la dictadura militar.

¿Por qué?
-Porque la dictadura censuraba, muchas veces por omisión. Afortunadamente, hay medios que complementan, como Ciper, El Mostrador, The Clinic, El Ciudadano. Uno camina por la calle y ve a los huelguistas al frente de una farmacia –o yo acabo de pasar por la municipalidad de Providencia y hay unos carteles por el paro de empleados públicos– pero eso uno no lo encuentra en los medios, que prefieren agarrarse de las noticias melodramáticas. Este año se han festinado. Un festín total. Pero también es cierto que los medios dan lo que la gente quiere o lo que se supone que quiere, y entonces tiene un efecto de consumo, de emotividad exagerada, cruda. La cobertura de lo de la cárcel ponía atención en las caras de los familiares cuando estaban recibiendo la noticia. Ahí evidentemente se perdió el pudor. Es sensacionalista de más y no permite reflexión.

El imperio de las emociones.
-Claro, y tenemos un gobierno que sintoniza muy bien con todo esto en la medida que está volcado a la acción. El presidente de la república tiene esa característica especial: se mueve de un lado a otro.

Es reactivo.
-Es muy reactivo, y siempre está. Ahí hay algo medio falso, uno lo puede leer. Se ha exagerado tanto que uno ya es capaz de descodificar todo eso que no suena natural. Yo acabo de estar en Colombia, donde se ha producido un drama bastante inédito, estas lluvias torrenciales, que han afectado también a Venezuela. Hay alrededor de un millón y medio, o más, de damnificados. El presidente Santos estaba en EEUU, voló rápidamente a Bello, cerca de Medellín, donde un alud había matado 250 personas. Él llega ahí, no hace ninguna declaración, y al día siguiente pronuncia un discurso en el palacio presidencial, y es de una sobriedad que me llamó la atención. La ocasión se prestaba para esa sobriedad, y Santos no apeló a grandes emotividades, no había una “Viva Colombia” y sí un pauteo de ministros que me sorprendió para bien. Y eso no lo veo acá.

CONCERTACIÓN

¿Cómo ves a la Concertación?
-Está cada vez más claro que fue una derrota de esta más que un triunfo de Piñera. El desconcierto en la Concertación también muestra una falta de reflexión. Uno no los ve diagnosticando, diciendo “estamos tocando fondo, tenemos que salir”.

Están más bien reaccionando a las reacciones del gobierno.
-Exactamente. Todos reaccionan. La realidad se mueve más rápido que las instancias de poder y de dirección política. Eso es curioso, es posible que nadie controle la situación, y en esas circunstancias se transforma todo en espectáculo, y para que quede en evidencia se aumenta el volumen, se aumenta el morbo si hay morbo, si hay festejos se exagera la nota, si hay que poner una bandera se ponen miles.

Una estridencia.
-Pura estridencia. De las festividades del Bicentenario no quedó nada, salvo que quien hacía banderas hizo un estupendo negocio.

¿Y qué podría haber quedado?
-Bueno, la comparación se hace con 1910, donde surgió toda una literatura crítica, gente como Alejandro Venegas, Encina, Luis Emilio Recabarren. En esa comparación quedamos nosotros muy mal.

¿No hubo discusión?
-Yo creo que el debate lo tuvimos, pero a finales de los años 90, cuando Tomás Moulián saca “Chile actual, anatomía de un mito”, se publican muchos otros libros, la Concertación tuvo la discusión entre flagelantes y autocomplacientes. Y eso se paró con la traída de vuelta de Pinochet, y luego viene el ciclo derechista de la mano de Ricardo Lagos. Pero ese debate nacional ya fue, y no tuvo la misma calidad que el de 1910, pero podría ocurrir de nuevo. En algún momento este especie de país-fonda puede entrar a dialogar en serio.

LA DERECHA

¿Es de derecha este gobierno, Piñera? Tú tenías la idea de que no exactamente.
-No es lo que nosotros esperábamos de un gobierno de derecha, o lo que algunos temían. Es más bien un gobierno de transición.

¿Transición hacia dónde?
-No sabemos. Debiera ser hacia gobiernos plenamente de derecha, y ahí es donde uno espera que la derecha se renueve y tenga legitimidad para ser alternativa… Pero este es un gobierno de gestión, y por ello no tiene características ideológicas, es pragmático.

Pero gestiona un proyecto que es ideológico.
-Es cierto, el sistema es de derecha, pero es más un gobierno de continuidad con el anterior, con la particularidad de que hay un personalismo fuerte de Piñera. Es un presidente al que le gusta estar en el sillón presidencial, sillón presidencial que se transforma a veces en asiento de helicóptero, lo cual es raro. Y tiene caras nuevas el gobierno.

¿Te gusta el gabinete?
-No me disgusta para nada, tiene un componente técnico, y eso a mí por lo menos me hubiera llevado a ser muy crítico, pero me parece que en algunos aspectos son gente que se viene preparando para gobernar, son muy ambiciosos. Aunque, como no han formado parte del aparato estatal, parece que la tecnocracia concertacionista era más fría. Más calculadora, quizá el factor de izquierda, en su conversión, los llevaba a ser más severos; gente como Arellano, Cortázar, Boeninger, son distintos a personas como Felipe Bulnes. Felipe Larraín es menos duro de lo que podría haber sido Andrés Velasco.
Este gobierno es de matices, de sutilezas.

Y, desmarcándose de los partidos que lo apoyan, ha empezado a levantar la etiqueta de una nueva derecha.
-Así es.

¿Qué piensas? ¿Existe eso, es algo cuajado, conviene ponerle nombre?
-No, creo que no. Son eslóganes, operaciones comunicacionales que pueden tener efectos distractivos, sí, pero lo que es evidente es que, cuando uno está en el gobierno, particularmente la derecha –sobre todo si quiere proyectarse hacia adelante–, tiene que reflexionar, desde el poder, sobre qué es lo que quiere hacer. Y ahí automáticamente surgen alternativas, hay escisiones en la UDI, existen grupos de derecha que no están en los partidos –eso es el gabinete, en buena medida–, porque los partidos se debilitaron. Yo creo que hoy en día la derecha no es 100%, ni 70%, pinochetista. Hay elementos pinochetistas, sin duda: un personaje como Otero quedó en evidencia muy rápidamente.

Pero con Otero, más allá de su infinita torpeza, está a la vista lo que piensa, no lo puede ocultar, ni quiere.
-Sí.

Y hay ministros que uno sabe que no son pinochetistas, como Mañalich, pero hay otros que no se sabe qué piensan hoy de Pinochet, como Cristián Larroulet.
-Eso va a tener mucho que ver con cómo se mueve el país, cómo se mueve la misma coalición. Ahí vas a ver dónde se posiciona una persona como Larroulet. A mí él me parece que es bien pragmático, le creo cuando dice que tiene como modelo a Boeninger. Él tiene claro que es de derecha, que es UDI, que viene de Libertad y Desarrollo, y eso lo hace moverse, pero siempre desde ahí, como Boeninger se movía desde un centro DC. Ya en la campaña Luis Larraín, que era el segundo en LyD, se movió.

¿Se movió?
-Se movió con respecto a su hijo homosexual en la franja. Hay movimiento. Yo publiqué tiempo atrás en The Clinic un artículo criticando un informe en el que participaban Larroulet y Lucía Santa Cruz, donde objetaban la malla de historia y la terminología, decían que no se podía hablar de dictadura, etc. Y, sin embargo, la Lucía al día subsiguiente del anuncio de Lavín en educación escribió una columna que yo habría suscrito perfectamente. Estaba en una postura muy razonable. El poder te pone en la disyuntiva de marcar posiciones, de moverte. Eso me parece positivo. Otro ejemplo: las posturas que Hinzpeter ha tenido durante el año, quitándole protagonismo al ministerio de Hacienda –en el gobierno de Bachelet, Andrés Velasco era un zar–, sus exabruptos me parecen refrescantes, incluso sus metidas de pata.

¿Refrescantes de qué?
-Es interesante que haya una figura nueva como Hinzpeter, que se sienta tan seguro que no se cuida, y esto para posicionarse como una alternativa. Cuando critica a Golborne, cuando tiene este intercambio en el Congreso con el diputado Fidel Sepulveda, cuando habla de nueva derecha, cuando se transforma en un Eliot Ness contra la delincuencia…

¿Qué te parece un ministro de Interior sheriff, que dice ser él, y no el subsecretario, quien responde por la delincuencia en Chile?

-Es un estilo agresivo que al parecer Piñera tolera, o estimula. Las veces que Pepe Piñera se ha tirado contra Hinzpeter, por ejemplo, parecieran indicar que este saca de quicio a mucha gente. Eso ya es refrescante. Estábamos tan acostumbrados con la Concertación a que los ministros eran como neutros, todos parecidos. Ahora hay personalidades, Golborne, Mañalich, ciertamente Hinzpeter. Y todo esto no lo esperaba de Piñera que, siendo muy centro de atención, como hay mucha atención, ha permitido que existan estas figuras, lo cual me parece saludable desde el punto de vista de la derecha. Por eso la derecha tiene hoy día más alternativas que la Concertación, donde algunos siguen pensando en Bachelet, viene de vuelta Lagos y últimamente ha estado viajando Insulza.

Se viene Silva Cimma.
-Claro. A mí me parece que eso demuestra una cierta ventaja de la derecha.

La Concertación sigue chapoteando.
-Así es. Y es posible que eso afecte a ciertas alternativas como Marco Enríquez. Hay mucha atención puesta en el gobierno, que tiene mucho poder, y dadas las circunstancias actuales, en que no hay competencia, tiene más poder aún.
Y se pueden dar el lujo de barajar nuevas alternativas, de cometer errores y disfrutar la tribuna que tienen.

Y además son dueños del estadio.
-Son dueños de todo y se sienten cómodos con los medios. Y la sociedad civil, el público, no les exige mucho. Eso me parece grave. Ahora, es verdad que de un tiempo a esta parte hay una suerte de vértigo en la política.

¿Cómo así?
-Por ejemplo, en EEUU hubo grandes esperanzas cifradas en Obama, quien después cae estrepitosamente. Hay algo volátil en la opinión pública, en los electorados. Y eso es signo de que los partidos políticos, que antes canalizaban la opinión pública, están desgastados.

Ahora todo está en manos de los publicistas.
-De los publicistas, de los asesores comunicacionales, que potencian la novedad, y por lo tanto agilizan todo, y una novedad que busca venderse y que alguien la compre, con poca reflexión, porque si los electorados se vuelven volátiles, significa que no están pensando mucho, que están reaccionando de guata a estímulos inmediatos.

LAVÍN Y LOS DIENTES

¿Y le haces alguna crítica al gobierno?
-A mí me basta con seguir teniendo los resquemores con respecto a la derecha. Hay ciertos elementos en esta derecha que pueden llevarla a mostrar sus dientes de siempre. Por ejemplo, en el tema educacional, claramente mostraron la careta, ahí no hay ninguna novedad. Lavín y Piñera plantean esto como una revolución educacional, lo cual no es.

¿Con qué tienen que ver esos dientes que podría mostrar la derecha?
-El modelo educacional que manejamos, y que tiene tantos desperfectos, es el modelo de ellos, de la dictadura. Y efectivamente lo que se necesita es cambiarlo. Ellos dicen que vienen a revolucionarlo y en el fondo lo mantienen intacto.

¿Qué debieran cambiar y no están tocando?
-Terminar con la municipalización, y no lo van a hacer. Fiscalizar a todos los colegios subvencionados, y no están por eso sino por apoyarlos más y por reducir la educación pública. Es necesario fiscalizar a las universidades privadas, porque no han estado a la altura, la mayoría, de las regalías que van a empezar a disfrutar: más platas del Estado. Yo creo que no se merecen eso. Y Lavín lo estimula. Y bueno, quitarle horas a historia es muy evidente que les interesa fundamentalmente para tener estudiantes que sirvan para trabajos muy elementales, para ejecutar, para lo cual se necesita lenguaje –básicamente seguir instrucciones, no es que vayan a leer más literatura, es para adiestrarlos– y matemáticas –para cumplir funciones de contabilidad mínima–.

Aumentando la brecha.
-Evidentemente, porque los colegios privados, por su parte, saben que tienen que enseñar literatura, filosofía, historia, para preparar gente dispuesta a liderar este país.

Pero si el afán era potenciar lenguaje y matemáticas, ¿por qué crees que deciden restarle horas a historia y no, por ejemplo, a ciencias naturales o gimnasia?
-Eso es ideológico, ahí nuevamente queda en evidencia el diente de ellos. La discusión histórica la hemos ganado, y la derecha reaccionaria, cerrada, pinochetista, tontamente conservadora, no se la puede. Y la sala de clase, el aula, era un lugar donde su visión estaría en deficiencia. Entonces, cortan las horas en que la gente discute. Porque si hay algo que hizo bien la Concertación fue plantear la idea de que había distintas alternativas interpretativas, y se trabajó mucho eso en la educación.

Cuando dices que la batalla historiográfica la hemos ganado nosotros, ¿a quién te refieres con ese “nosotros”?
-No solamente a la izquierda –aunque la izquierda historiográfica es muy potente: Gabriel Salazar y Julio Pinto, por ejemplo–, sino también a grupos feministas, grupos pro minorías sexuales, etc. Me refiero en definitiva a quienes se oponen al conservadurismo histórico, que fue muy fuerte a partir de 1973, en que se rescató las tesis de Alberto Edwards Vives, de Jaime Eyzaguirre, y a veces un rescate muy lúcido de la mano de Mario Góngora, pero también de la mano de Gonzalo Vial o de Bernardino Bravo Lira.

Nuestro Premio Nacional de Historia 2010.
-Eso evidencia que no hay renovación. Premian al más reaccionario de los reaccionarios. Yo hubiera esperado de Lavín algo diferente en educación. Sé, eso sí, que están muy sorprendidos por la reacción que hubo a la reducción de horas de historia, producto de la cual no siguieron quitando horas más allá de los años anunciados (de 6 básico a 1° medio), sino habrían llegado hasta 4° medio quitando. La reacción fue positiva, empezaron a hablar otros historiadores y no sólo los que siempre hemos hablado.

Esto contradice tu idea de que no hay reacción ciudadana a lo que hace el gobierno.
-No, es la excepción que confirma la regla, y un indicador de que hay que fiscalizar a los gobiernos, especialmente a éste que tiene mucho poder y ninguna contrapartida política. No queda otra que la sociedad civil supla ese vacío. Lo otro que evidencia el mismo modelo es la mirada cuántica que tiene Lavín. Lo único que le interesa son las mediciones. Ahí aparece el ingeniero comercial. Si ellos terminan siendo ingenieros comerciales, me parece que mostrarían la faceta continuista de la misma derecha.

Así con la derecha…
-Que va a continuar un buen rato. Y los siguientes gobiernos de derecha no pueden ser todos pragmáticos, eso tiene un límite, porque se corre el riesgo de que se vuelvan populistas. Y además necesitan meter a los partidos políticos.

IMPUNIDAD DE KARADIMA

Tú durante años hablaste de un bloque fáctico de poder integrado por la iglesia, el ejército y los empresarios de derecha. ¿Lo sigues viendo?

-No, está mucho más desordenado. No veo el bloque, porque funcionaba en oposición, en una transición pactada que inicialmente fue con pistolas sobre la mesa, de ahí que los fácticos actuaran como un bloque, pero ahora están desperdigados. El caso Karadima lo hace evidente.

¿Por qué?
-Porque ¿quién quiere asociarse demasiado con una iglesia que es tan abusiva de sus propios fieles? De igual manera que ya no quieren asociarse con un Pinochet que roba –estaban dispuestos a asociarse con un Pinochet que le torcía el pescuezo a la gente y la torturaba, pero no con uno que roba–. Lo mismo con un Karadima que silencia a la gente a su alrededor para que no cuente la firme de lo que pasaba en la sacristía.

Se está quedando sin condena judicial Karadima.
-No me sorprende, la impunidad ha sido la regla. Por eso que era tan grave traer de vuelta a Pinochet, sabíamos que no lo iban a condenar. Lo iban a emplazar, le iban a imputar cosas, pero se iba a morir en su cama tal como murió, es decir, inocente para los efectos legales, con sobreseimiento definitivo. Siempre he comparado a Pinochet con la Quintrala (la del siglo XVII), que siempre fue acusada y juzgada pero no condenada. Está esa imagen notable que recoge Vicuña Mackenna: que la Quintrala pende de un pelo en las puertas del infierno. Eso pasó con Pinochet. Precisamente porque no se condenó a la Quintrala tuvimos a Pinochet. Si no se condena a Pinochet, a Karadima tampoco se lo va a condenar, y así sucesivamente. Esa es la lógica de la impunidad.

Leí una carta a La Tercera de un fiel exigiendo disculpas a quienes habían ofendido al padre Fernando.
-Eso ya es la impunidad total.

Y el cardenal Errázuriz no dice nada claro, balbucea unos perdones al voleo.
-Esa es impunidad desvergonzada. Esa es la derecha dura. Y esa derecha dura existe. Pero me da la impresión que en este gobierno no ha mostrado los dientes, pero podría… Para mí no fue mayor sorpresa que Karadima hiciera todo lo que hiciera; a mí lo que me pareció escandaloso en su momento –lo denuncié años atrás– fue lo que me contó una persona que vive al frente de la parroquia El Bosque: que Karadima bendecía los 4×4. Mi pregunta es si abrían el capó o no abrían el capó. Escandaloso. Yo lo habría condenado ahí. Eso me sorprendió. Que le tocara las campanillas al sacristán no es algo que me sorprenda.

Se sabía, parece.
-Sí, es curioso. Yo conocí a Karadima una vez. En la casa de los Izquierdo en Osorno –los papás del que sale en la TV, Felipe–, y llegué a almorzar a esa casa y estaba Karadima, y estaba Vacarezza, obispo, muy inteligente. Por suerte estaba Vacarezza. Se me acercó en un momento Karadima y me dijo “Yo a ti te conozco”. Yo en esa época era jovencito. Y le dije: “No, usted no me conoce. No nos hemos visto nunca”. Era entrador. Era agresivo. No es que yo me pudiera imaginar la letra chica de lo que estaba haciendo Karadima, pero no me sorprende lo que salió a la luz, los mundos masculinos de esa índole se prestan para eso.

COFRADÍA DE DEVOCIÓN

“Los políticos europeos de derecha cuando vienen a Chile se espantan”, comenta Jocelyn-Holt.

Con Vargas Llosa, con Guy Sorman. Larroulet tomaba nota de lo que decía Sorman hasta que habló de una derecha alejada de la moral católica, y ahí a Larroulet se le cayó el pelo (es un decir).
-Sí, lo mencionó Carlos Peña en una columna. Uno debería hacerse la pregunta de si las posturas religiosas de Larroulet, que probablemente son agudas, son equivalentes a las de María Luisa Brahm. Podríamos ahí encontrarnos con bastantes sorpresas.

¿Por qué?
-Yo creo que hay muchos más laicos en la derecha de lo que uno cree, y tienen posiciones de poder. El solo ejemplo de Hinzpeter. Pusieron un judío en Interior, y un judío bastante ortodoxo que no me parece que en lo moral sea conservador. Eso me llama la atención. Ahora, es cierto que uno va a España y pregunta si los colegios del Opus Dei en España son tan selectivos socialmente como los de acá. Y lo primero que te contestan es que no, que ese es un fenómeno del Opus chileno. Ese tipo de sorpresas demuestra que la derecha europea o ciertos sectores de la derecha norteamericana son mucho más liberales que nuestra derecha. Si Chile fuera más católico o evangélico de lo que es –tiendo a pensar que no lo es un país muy religioso éste–…

¿No? ¿Y buena parte de la derecha, por ejemplo, no lo es?
-No, tienen una ideología muy conservadora, y acciones conservadoras como hacer alarde que tienen ocho niños o más. Y de que son de comunión diaria. Eso es enteramente ideológico. Es lo que quedó en evidencia con Karadima, porque al mismo tiempo les mete la mano en los calzoncillos y no importa. Si la derecha fuera más religiosa, tendríamos un conservadurismo mucho más norteamericano, integrista.

¿No lo tenemos?
-Aquí el integrismo es económico, materialista. Y no es esto monopolio de la derecha, porque los sectores directivos de la Concertación por dios que se mostraron materialistas. Muchos de esos políticos aspiraban a tener directorios en las empresas, inicialmente en las estatales y a estas alturas del juego en cualquiera, a tener casa en Cachagua y Zapallar.

Jaime Estévez es presidente de la UC.
-Estévez es el paradigma de esto.

No sé si sea cierto que el catolicismo no es tan fuerte en Chile o que es más bien funcional a un integrismo económico.
-Eso es como los homofóbicos. Cuando hay una persona que es muy homofóbica, hay que tocarle el traste para saber qué tan homofóbico es. Lo que ocurre en Chile es que hay una lógica de combinación de negocios con ideología conservadora religiosa que camufla los orígenes sociales. En el fondo estos sectores son todos nuevos ricos, ascendidos muy recientemente, y ser conservador religiosamente te da pedigree. Es como la gente que antiguamente iba a los remates y compraba cosas viejas y alhajaba sus casas dando la impresión de que todo lo habían heredado. Ser devoto de la virgen María y terminar siendo camarera de la virgen del Carmen te puede dar ciertos puntitos, entrar en Schoenstatt te puede dar ciertos puntitos de profundidad religiosa tradicional. Y en la iglesia hay un cierto fenómeno de cofradía, una cofradía de devoción, y eso es muy bueno para los negocios.

¿Por qué?
-Años atrás conté cómo los empresarios que vivían en La Dehesa bajaban por Santa María de Manquehue e iban a esa iglesia del cura Díaz que está al lado de El Mercurio, antes de llegar a sus oficinas se juntaban ahí. Lástima que ningún diario sacó fotografías de los choferes y de los autos. Era una especie de misa express, muy rápida, donde se juntaban todos, se veían, ideal para los negocios.

Piñera no calza en esos grupos…
-¿Cuál es el catolicismo de Piñera? Tiene un tío, pero un cura muy diplomático, no es Medina, tampoco es “hurtón”. El catolicismo de Piñera abarca al Negro Piñera. No hay nada de qué preocuparse. Alguien me comentó que estuvo detrás de Piñera en la iglesia de Cerro Castillo. Me dijo que era un tipo lleno de tics, por lo tanto parece que estar en la iglesia no le baja los tics. ¡Piñera es tan poco profundo! Por eso a mí no me convencen cuando dicen que es inteligente, yo no lo creo, es tal la falta de profundidad suya que es notable. Sí es un tipo muy hábil, de una habilidad que va con los tiempos y por eso gana lo que gana y le va como le va.

Es tan hábil que han capitalizado la serie de chascarros que ha dicho aduciendo que son prueba de su espontaneidad.
-Ah, eso es simplemente ignorancia. Si es así, el tipo no puede ser muy religioso, ni piadoso, ni su padre lo era, ni ese mundo del que se rodeaba lo era. La señora Picha probablemente era piadosa como son todas las señoras de esa clase social, que ciertamente son más piadosas que sus maridos. Este país en general no es piadoso. Si hemos tenido santos ha sido gracias al interregno de Juan Pablo II. Hasta ahora, no parecen haber prosperado los siguientes candidatos en lista, la Laurita Vicuña, el señor Hiriart, el hermano de Gabriel Valdés. No se han agilizado esas candidaturas a la beatificación. El papa anterior sí que les dio, tuvo una política preferencial por Chile.

MAPUCHE, LA ISLA

Estuviste fuera de Chile, ¿estás al tanto de lo que ocurre en Isla de Pascua?
-No mucho. La Isla de Pascua es una clara expresión de las aspiraciones imperialistas de Chile. Chile tiene un capítulo imperialista, que tiene que ver con los territorios del norte y con este peñón en la mitad de la nada ¡que queda muy lejos! Chile tiene que hacer soberanía permanentemente a través de los sellos. Y gente como Sergio Onofre Jarpa arma medio escándalo cuando la Isla de Pascua aparece en los sellos franceses. La Isla de Pascua es un fetiche perfecto que adentro tiene puros fetiches. El folclore pascuense es bien fetiche. Isla de Pascua es una obsesión chilena alimentada por la misma sicología que inspiró los reclamos por las Malvinas en los argentinos, que fueron capaces de hacer esa guerra con costos altísimos, una guerra imbécil. El nacionalismo chileno puede convertir a la Isla de Pascua en un motivo de cuanta tontera es dable. No me sorprendería. Yo a veces he pensado escribir una novela satírica ubicada en Isla de Pascua.

¿Y el caso mapuche? ¿Cómo viste el desarrollo de la huelga de hambre, sus efectos?
-El caso mapuche es simplemente escaladas de un proceso que lleva años. A mí lo que me sorprendió fue la torpeza de la huelga de hambre.

¿Por qué?
-Lo que quedó en evidencia –fue Hinzpeter quien lo hizo evidente– es que fue una huelga de hambre asistida, y por tanto creo que fue más costoso para el movimiento mapuche que para el gobierno. Yo siempre he apoyado las reivindicaciones mapuche, pero me parece que uno no juega con pistolas cargadas. Una huelga de hambre es como jugar ruleta rusa.

Pero las demandas mapuche te siguen pareciendo legítimas.
-A grosso modo sí, completamente legítimas, pero no me parece que la huelga fuera una manera de reforzar la legitimidad. Al contrario. Me pareció de una torpeza infinita.

NACIONALISMO Y LEMA
En tu libro “La Independencia de Chile” decías que nuestra emancipación fue un hecho “más bien casual, sorprendente y confuso”. Por otra parte, hace unos meses, Carla Cordua dijo en The Clinic: “¿En qué consiste la independencia chilena? No consiste en nada”, refiriéndose al contexto de la globalización. ¿Qué te pareció el chovinismo, el patriotismo ilimitado con que se celebró el Bicentenario?

-Estoy de acuerdo en que el nacionalismo es vacío de sentido, es un recurso que emplean los Estados para legitimarse. Y eso en un mundo globalizado pierde peso y el Estado nación es cada vez más débil. Hasta ahí estaría de acuerdo con la postura de Carla. Ahora, en general me parece que, sin perjuicio de que fue accidental, lo que se hizo a partir de la Independencia no es para nada accidental. Nos volvimos republicanos, la política pasó a ser el eje nacional. Las instituciones republicanas como el Congreso, los grupos políticos, la Universidad de Chile, la educación pública, la Constitución, los derechos y garantías de las personas, no me parecen para nada algo menor, sino fundamental. A partir de la Independencia, se hizo un proyecto nacional muy notable. Y eso es lo que nos permitió ser históricos. En cuanto a la celebración del Bicentenario, yo hubiese esperado más discusión sobre qué tan republicanos somos, sobre la educación pública, etc.

Alguna vez mencionaste la idea de cambiar el lema nacional.
-Sí, por una línea de Gabriela Mistral: “Todo tiene la patria y parece que todo necesita”. Es una curiosa mezcla de esperanza y realismo. Me gusta por eso mismo. También cambiaría la bandera de Zenteno, fea, que nos condicionó políticamente en forma geométrica y milica, en un sentido distinto a si hubiéramos continuado con la bandera más tipo pastel que tenía Carrera. Si el Ejecutivo no estuviera en La Moneda –ese neoclásico duro–, si hubiera otra patrona en vez de la virgen del Carmen –una virgen milica–, si no tuviéramos un himno tan marcial, este país sería distinto.