El mandamás de Cuba, Raúl Castro, recorrió el mundo con su frase para el bronce “O rectificamos o ya se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio, nos hundimos, y hundiremos el esfuerzo de generaciones enteras”. En su discurso del pasado 18 de diciembre, de más dos horas, hizo una serie de análisis políticos y económicos que en la isla difícilmente se podrían criticar. Acá, el abogado cubano-chileno, Mijail Bonito, lo desmenuza con un duro diagnóstico.

Por Mijail Bonito

La desesperación es mala consejera. En el discurso de Clausura de la sesión del Parlamento Cubano, Raúl Castro, afirmó que la “Revolución Cubana” se encuentra al borde del precipicio y a punto de hundirse si no supera el cúmulo de errores cometidos a lo largo de sus 52 años de existencia. Culpó, por supuesto, al actuar de los funcionarios y a la mentalidad con que eran abordadas las tareas, sin tomarse el respiro ni la obligación de confesar los errores propios.

Resaltar la genialidad apostólica del Castro anterior, como héroe histórico de la Patria Cubana, fue su arma preferida, eximiéndolo de toda responsabilidad en el desastre. La esencia de estas declaraciones señala, en palabras de Raúl, que sí se hubieran tomado los senderos que indicaba el iluminado hermano mayor nada de esto habría sucedido. La irresponsabilidad política del actual Presidente y de su hermano mayor, se asimila más a la de un monarca chapucero que a la de un gobernante contemporáneo.

La mezcla de contenidos económico- jurídicos elementales como advertir que nadie está por encima de la ley, que el  desconocimiento de la misma no exime de su cumplimiento y que los que ocupen cargos gubernamentales también someten su actuar a la misma y explicar a los cubanos que no se vive sin producir, sumado al alarde de poder absoluto al describir la destitución de altos miembros del Buró Político del Partido Comunista, hacen de Raúl, la caricatura precisa de un octogenario regente.

La historia reciente de Cuba ha estado signada por frases apocalípticas como “Patria o muerte” o “Socialismo o Muerte”

La principal causa de los errores cometidos, según Raúl Castro en su discurso han sido la “falta de cohesión, organización y coordinación entre el Partido (Partido Comunista de Cuba) y el Gobierno…”. Es asombroso que, siendo todos los Ministros, miembros del Buró Político del PCC o de su Comité Central pueda existir descoordinación. La misma persona que participa en la toma de decisiones políticas en la cúpula del PCC es la encargada de dirigir el Ministerio que debe ejecutar las medidas. Nunca nadie en la historia ha estado descoordinado consigo mismo. El mismo Raúl Castro es Segundo
Secretario del PCC y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

Pero quedan preguntas sin respuesta: ¿Quién abrió el precipicio? ¿Quién condujo a un país entero hasta el borde? ¿Quién cometió errores que han dado al traste con la economía del país?

Lo que sí ha sabido dejar en claro, Raúl el Básico, es su absoluto poder sobre todos y cada uno de los cubanos, partiendo por los funcionarios gubernamentales y los diputados. Lo hizo de una forma poco sutil, señalando a dos Ministros y un Primer Secretario Provincial del Partido Comunista que fueron relevados de sus cargos por mal desempeño y por dar “muestras de superficialidad”.

El propio Castro asegura que se les solicitó la renuncia a estas personas, tanto de sus cargos ministeriales como de sus cargos partidistas incluyendo la renuncia a su condición de diputados, cargo, supuestamente, de elección popular. El mensaje es claro, el que no esté de acuerdo conmigo que renuncie, de lo contrario, yo les hago renunciar por muy “electos por el pueblo” que sean.

Con este ejemplo, Castro, graficó la mano dura que tendrá con los que cometan errores. Lo que no cuenta Raúl, en su nihilismo, es que todos los dirigentes “corruptos e ineptos”, destituidos durante su regencia, son miembros de la generación más joven, formada, protegida y preparada por ellos mismos como su recambio generacional, lo que sería otro de los errores no mencionados y cometidos por él.

La “llamada generación histórica” no está sujeta a las limitaciones legales del resto. Ellos tienen la autoridad moral para señalar el camino, enmendarlo, y así piensan imponerlo hasta el fin de sus días. Todas las Constituciones Monárquicas, de una u otra forma, declaran la irresponsabilidad regia. Ni Raúl ni Fidel ni los miembros de la generación histórica se someten al escrutinio del resto. La razón es muy simple, su autoridad moral equivale al viejo aforismo británico: “The king can do no wrong”

La pérdida de la libertad individual, la prohibición de las expresiones no permitidas en el argot revolucionario, la doble moral inspirada en el miedo a la pérdida de la condición humana, a convertirnos en gusanos, apátridas, presos o desterrados llorando la separación… nos han convertido en una nación de bocas cerradas y brazos caídos, entre los que me incluyo, por no haber sido capaz de alzar la voz hasta varios años después de haber abandonado Cuba, cargando el temor de no volver a ver a la familia. Este miedo nos limita a asentir frente a las palabras de un señor que modifica leyes y llama
apóstatas a quienes disienten, como si de religión se tratara.

Este señor nos afirma que debemos rectificar nosotros, los ciudadanos, cuando ha sido él y su “generación histórica” los que desvirtuaron el carácter de un proceso de restauración democrática en una tiranía corrupta, signada por la mentira de sus propios funcionarios, como él mismo repite una y otra vez en su discurso.

A este señor, el miedo ciudadano le sobra para recaudar frases comprensivas: “es cierto, debemos rectificar, será difícil, pero no tenemos opción, de lo contrario, nos hundiremos”. Estas frases salen de boca de personas que hoy pierden sus empleos sin contar con un sólo sindicato que defienda sus intereses y que se ven obligadas a ejercer oficios que sólo le permitirán sobrevivir, previo pago de gigantescos impuestos.

No es sólo el miedo lo que lleva a tantos a fingir y resignarse. Es el desconocimiento del afán futuro, de la realidad del mundo exterior, de la convivencia democrática. Es el desconocimiento de los derechos que les asisten por el hecho de ser humanos. No poder reclamarlos y esperar a que el Jefe de Estado insista en que los ciudadanos deben expresarse sin temor es, en sí mismo, escandaloso.

Destacado 3: “La pérdida de la libertad individual, la prohibición de las expresiones no permitidas en el argot revolucionario, la doble moral inspirada en el miedo a la pérdida de la condición humana, a convertirnos en gusanos, apátridas, presos o desterrados llorando la separación”

Es también la sensación de que disentir es ir en contra de la historia patria. Un juego de manipulación que convierte a la vida en Cuba en un círculo vicioso. La decisión de asumir sacrificios en aras de defender la revolución, se convierte en tarea nacional y concepto de vida de la nación. Estar en desacuerdo equivale a traicionar. Eso solo se concibe porque se han logrado trastocar en un concepto único la Patria, la Revolución y el Socialismo.

La historia reciente de Cuba ha estado signada por frases apocalípticas como “Patria o muerte” o “Socialismo o Muerte”. En todas, el pueblo queda sin opción. Se enfrentará al descalabro más profundo, morirá si no logra mantener el status quo. Hoy se abre una repetición, o se hacen los cambios económicos o Cuba se hunde en el precipicio. El gobierno prohíbe concebir que hubo Isla de Cuba antes del año 59 y que habrá Isla de Cuba muchos años después de ellos, pues los cubanos hemos tocado el fondo del precipicio hace muchos años dentro de Cuba o en el exilio.

Cuando los cubanos no podían entrar a los hoteles ni conversar con extranjeros, cuando se necesitan permisos para salir y entrar del país, cuando el 25% de la población ha logrado emigrar sorteando todas las trabas, con familias desunidas y gritos de “gusanos” en la memoria, con piedras lanzadas por familiares y vecinos al que se marchaba, cuando la policía está en cada esquina de la Habana, cuando disentir o expresarse se paga en prisión, cuando alguien amanece pensando en qué hurtar de su trabajo para dar de comer a sus hijos en la noche, ya está en el fondo del precipicio.

Hoy, los únicos que podrían hundirse son los gobernantes que aún no conocen el fondo al que se niegan a llegar. Al mencionar el precipicio y he ahí su error, Raúl Castro evita caer al mismo lugar que ya habitan todos los cubanos tanto desde el punto de vista económico como del reconocimiento de sus Derechos Fundamentales.

Pero quedan preguntas sin respuesta: ¿Quién abrió el precipicio? ¿Quién condujo a un país entero hasta el borde? ¿Quién cometió errores que han dado al traste con la economía del país? Cualquier gobierno que utilice esta fraseología dicotómica de muerte y sacrificios sería tildado de fascista, pero el gobierno cubano ha tenido “la eficiencia” de convencer a buena parte del mundo y convertir en heroísmo la opresión y en necesaria -en virtud de enfrentar al enemigo imperialista- la violación de los Derechos Humanos.

La respuesta lógica de un ciudadano común, en un país democrático, sería impedir que el mismo grupo de personas que les guió al precipicio les siga rigiendo. Pero el uso de la opresión en su sentido más directo y más de medio siglo de negación cívica, obliga a los cubanos a bailar al ritmo de este señor de voz gangosa y carisma reducido. De tal suerte que en Cuba, o todos tenemos miedo o todos somos ignorantes de la democracia, pero lo cierto es que, hoy, tenemos los gobernantes que nos merecemos.

*Abogado cubano-chileno