Un grupo de intelectuales vinculados al Kirchnerismo argentino, encabezados por el director de la Biblioteca Nacional transandina, Horacio González, pidieron el lunes pasado en una carta abierta que los organizadores de la Feria del Libro no permitan que el escritor peruano Mario Vargas Llosa -reciente ganador del premio Nobel- inaugure el evento. Aquí, el destacado escritor Martín Caparrós, le responde a González en una carta que publica Newsweek:

Querido Horacio: ¿qué harías si apareciera Borges? ¿Y Cortázar? Me cuesta escribirte estas líneas. Vos sabés que te respeto y, sobre todo, te tengo mucho cariño. Pero acabo de leer tu carta al director de la Cámara del Libro pidiendo que anulen la invitación a Mario Vargas Llosa para que inaugure la Feria del Libro.

A mí Vargas me cae bastante mal. Sus opiniones políticas me parecen –como a vos– deleznables. Pero es un escritor, que fue un excelente escritor de los años sesenta, que publicó entonces dos o tres libros muy buenos y un gran libro, y que después se dedicó a confeccionar novelitas –lo cual es, en su caso, particularmente enojoso: alguien con su inteligencia sabía qué estaba haciendo.

A vos su literatura, decís, te gusta más que a mí. Pero decís que “mucho tememos –¿quiénes son ustedes?– que no sea el Vargas Llosa de Conversación en la Catedral el que hable en la Feria sino el Vargas Llosa de la coalición de derecha que en estos mismos días realiza una reunión en Buenos Aires”.

Yo imagino que debe ser el mismo y que, para inaugurar una Feria del Libro hablará de libros y, quizás, un poco de política. Supongo que es, al fin y al cabo, un derecho que se ganó escribiendo: si no te gusta lo que dice, te alcanzaría con ejercer tu derecho a no escucharlo. Pero querés que no hable.

Y más. Si solo –¿solo?– hubieras querido que no hablara era más eficaz levantar el teléfono y llamar a la Cámara del Libro: entonces ellos habrían podido organizar con él un resfrío o una cojera pertinaz. Pero no se trataba de eso: uno diría que ustedes –¿quiénes son ustedes?– querían demostrar que pueden, que definen quién habla y quién no habla. No creo que sea tu intención, Horacio, pero así es como queda, porque en lugar de llamar a la Cámara publicás un texto para invitarlos públicamente a que “reconsideren” su invitación; a que le digan, en síntesis, como solía decir nuestro querido Elvio, “no te vistas que no vas”.

Con eso, para empezar, le das al asunto una difusión improbable: si Vargas hubiera hablado en la Feria, eran unas líneas rutinarias en los diarios; con tu pedido despertaste radios y televisiones y malhumores de mucha gente que cree que hay que dejar hablar. Supongo que era lo que querías; si no, sería un error grave.

Para seguir, ponés a la Feria en un brete: si no te hacen caso y le mantienen la invitación se enemistan con el oficialismo –vos sos, ahora, el oficialismo, el peso del Estado– y, en este país y este momento, un organismo de ese tipo puede pagarlo caro; si te hacen caso y le dicen que no venga, son unos pusilánimes tornadizos a los que no muchos, de ahora en adelante, aceptarán convites. Una situación de pura pérdida.

Supongamos que no te importe: es tu derecho. Les proponés que, en cambio, “se designe a un escritor argentino en condiciones de representar las diferentes corrientes artísticas y de ideas que se manifiestan hoy en la sociedad argentina”. ¿Lo decís en serio, Horacio? ¿Un escritor argentino que represente “las diferentes corrientes artísticas y de ideas”? ¿Uno para todas, todas para uno? Vos sabés mejor que yo que ese escritor no existe y, al tratar de desinvitar a Vargas Llosa, trabajás para que exista menos todavía.

Yo no estoy en contra del enfrentamiento social y cultural; sí estoy en contra del enfrentamiento social y cultural por chiquitaje. Pero los dos sabemos que en la cultura argentina actual hay un grado de enfrentamiento que elimina cualquier posibilidad de que alguien “represente las diferentes corrientes”. Y además, ¿por qué tiene que ser argentino? ¿Estamos por las fronteras literarias? ¿Nos sentimos más cerca de Hugo Wast que de Vassili Grossman, de Mallea que de Céline, de Aguinis que de Murakami? ¿Somos jinetes protestantes?

Discúlpame que te diga que tu gesto me parece autoritario. El problema no es que no estén representadas las distintas corrientes: en una inauguración, si habla un tipo, nunca va a estar representada más de una. El tema es que ésa no te gusta. Sí te gusta, supongo, la una y única que está representada en esos actos multitudinarios que organiza el gobierno argentino en el canal público, llamados 678, donde vas con cierta frecuencia; ahí no parece molestarte que no estén representadas “las diferentes corrientes artísticas y de ideas que se manifiestan hoy en la sociedad argentina”; ahí, en un espacio tanto más público –con mucho más público, pagado por el dinero público– que la Feria del Libro, nunca se presenta sino una corriente, y a todas las otras que las parta un rayo –o sus insultos. Dicen algunos que en la Biblioteca Nacional pasa algo parecido, pero no me consta; sí sé que en la mayoría de sus actos, la corriente es más o menos monocorde.
En cualquier caso, la situación parece clara: un intelectual oficialista –respaldado por otros intelectuales oficialistas: un grupo de intelectuales oficialistas trata de impedir que un escritor que dice que respeta pero no le gusta por sus posiciones políticas inaugure la Feria del Libro. Por eso la pregunta del principio: ¿si viniera, un suponer, Jorge Luis Borges, tanto más de derecha que Mario Vargas Llosa, también le impedirían inaugurar la Feria?

¿O si viniera, incluso, Julio Cortázar, y siguiera siendo de izquierda y entonces criticara a este gobierno, también lo callarían? No quiero ponerme liberal, nunca lo fui. Pero el peligro de decir quién puede y quién no puede hablar es que sienta un precedente: hoy decís que no puede hablar fulano porque no te gusta; ¿cómo hacés para impedir que otros hagan lo mismo, mañana, con zutano? ¿Con el sólo argumento de que zutano sí te gusta y tenés el poder de decidirlo? ¿Es un puro ejercicio de poder? Vos sabrás. Yo, como nunca tuve, no sé hacer esas cosas.

Afectuosamente, pese a todo,

Martín Caparrós