Por Jon Lee Anderson

Traducción: Daniel Belmar

Ayer por la mañana, misiles y bombarderos de la coalición occidental asestaron un brutal golpe a una columna armada del ejército libio. El rápido avance desde la ciudad de Ajdabiya hacia Benghazi, ha dejado un campo de cenizas conformado por
tanques derruidos, lanza misiles sin misil y vehículos calcinados sobre la carretera rumbo al Oeste.

Con los primeros rayos del sol, los residentes de Benghazi condujeron sus vehículos hasta el desolado campo de batalla. A simple vista se podían contar una docena de tanques humeantes junto a las desmembradas extremidades de los soldados
Gadaffianos.

Un adolescente caminó a través de una densa línea de cuerpos putrefactos. El joven se detuvo y levantó la manta que cubría el cuerpo de un soldado libio. Se levantó irónico y grito “¡Hey! ¡¡La gran cosa que ha hecho Gadaffi!!”. Un anciano lo miró desafiante “¡Detente! ¡¡Deja de decir Haram!!”. En Árabe, Haram significa algo impropio, algo “prohibido” en palabras de Gadaffi.

Una acalorada argumentación escala la tensión entre el joven y el viejo, mientras los espectadores van tomando partido. Hay quienes protestan por insultar los cadáveres enemigos. Un amigo libio de 28 años, llamado Osama, ríe y señala al
joven provocador: “Estoy de acuerdo con él. Estos hombres han venido a atacarnos, queridos libios”.

Eufóricos, un grupo de jóvenes me invitó a la cima de un tanque. “¡Mira! ¡¡Mira!! ¡Mira la comida que tienen!”. Extrañando la hamburguesas americanas, me acerque al devastado carro de guerra. Inmensa fue mi decepción al contemplar algunas
manzanas, naranjas, un paquete aplastado de queso y un par de cigarrillos. Sin embargo, parecían felices con su hallazgo.

Al frente de otro tanque, un hombre equipado con una cámara me pide que le tome una foto con su anciano padre. El viejo, sobrepasado por la emoción, levanta sus brazos emulando “V de la victoria”. Tomó la foto y los locales me miran
especulando sobre mi nacionalidad. “¿Francés?” “¿Inglés?”. “Americano”, respondo.

Me dan la mano felices, expresando su gratitud a Occidente y la rabia que sienten contra Gadaffi. Entonces, les pregunto por Gadaffi. Avergonzado, un anciano me dice que “Gadaffi, usted sabe, él no es normal”. Los libios se refieren a Muhammar con un dejo de vergüenza, como si el fantasma del hombre que ha dominado sus vidas por más de cuarenta años los siguiera rondando. El anciano reflexiona “qué es lo que piensa, ¿Que de alguna forma lo vamos a perdonar y aceptar vivir con él, después de todo esto?”.

En un verde oasis, que normalmente habría sido utilizado para una dulce tarde de Picnic, un grupo de rebeldes miran los restos del fuego donde acamparon las fuerzas de Gadaffi. Hay restos de misiles tierra-aire y los restos de una ovejita.

Tras examinar al animal, un hombre reacciona furioso. Las fuerzas de Gadaffi robaron la oveja a los granjeros locales y no la mataron según la honorable tradición del Muslin que ordena cortar el cuello y dejarlo sangrar. En su lugar, los soldados
dispararon a la cabeza del animal. Para Osama, esta es una prueba de que “no eran libios ¡Eran mercenarios!”.

Hasta ahora, los libios en Benghazi han insistido en que no se encuentran en una guerra civil, sino que en una lucha de los libios contra un ejercito despiadado, loco y cruel. Que no esta compuesto por la mayoría de los libios, sino que por matones, soldados pobres del sur y mercenarios extranjeros.

En el nuevo frente de batalla de esta guerra, ubicado a cinco millas de la entrada a Ajdabiya, hay unos quinientos hombres abordo de autos y vagones de batalla. Gritan ansiosos mirando el vacío espacio entre ellos y la ciudad ocupada. Esperando el ataque aéreo de los aliados. Las bombas suenan, la tierra se retuerce. Los rebeldes le explican al veterano Ibrahim que “perseguirán a los sobrevivientes”.

Fuente: The New Yorker

Foto: EFE