A mediados de 2010 el nombre de Lord Huron empezó a circular en varios blogs del circuito musical indie norteamericano. Con un EP de apenas tres canciones autoproducidas (Into the Sun) y sin ningún tipo de publicidad aparte del boca a boca, los críticos se preguntaban intrigados de dónde había salido esta banda capaz de de crear atmósferas hipnóticas y exquisitas, mezcla de folk con ritmos tropicales.

Con el lanzamiento en noviembre de un segundo EP con cuatro temas, Mighty, las comparaciones con Fleet Foxes y Vampire Weekend no tardaron en llegar. ¿Qué hay detrás de Lord Huron? Se trata del proyecto de Ben Schneider, un artista visual de 27 años originario de Michigan (creció cerca del lago Huron), que ha pasado los últimos años viajando por México, el sur de Francia e Indonesia y que ahora reside en Los Angeles. Schneider –quien prefiere que le llamen Lord Huron– compuso y grabó solo todas las canciones de ambos EP, pero para poder irse de gira reunió a varios amigos de Michigan y armó la banda.

Pocas cosas son tan emocionantes como descubrir a un artista antes de que la fama lo alcance. La sensación es parecida a la de guardar un secreto muy precioso: por un lado está la tentación de mantener la exclusividad del descubrimiento; por otro, el impulso de compartirlo con todo el mundo.

Hay algo adictivo en seguir a grupos musicales que solo un puñado de gente conoce a través de un par de videos de Youtube; los seguidores nos sentimos parte de una secta oculta a punto de ser expuesta a la luz. Por eso no dudé en largarme a Cleveland, Ohio, cuando me enteré de que Lord Huron iba a tocar allí como telonero de la banda canadiense Rural Alberta Advantage el domingo de Pascua.

Cleveland no solo fue una de las ciudades más grandes de Estados Unidos gracias a la industria pesada, sino también el escenario de feroces luchas raciales entre blancos y negros y el lugar donde el DJ Alan Freed acuñó el término “rock and roll” a principio de los 50.

Hoy, como consecuencia del cierre de sus fábricas, Cleveland es una especie de ciudad fantasma hecha de enormes edificios y avenidas desiertas patrulladas por una cantidad impresionante de policías. Cleveland vive del brillo de sus glorias pasadas: famosa por su escena musical, la ciudad está asociada con The O’Jays, Dean Martin, The Pretenders y Tracy Chapman.

El Rock & Roll Hall of Fame Museum recoge una cantidad abrumadora de memorabilia: los primeros contratos de Elvis Presley, el testamento de Jim Morrison, los dibujos de Kurt Cobain, la guitarra de Jerry Garcia, el vestido extra-large de la voluminosa Cass Elliot (The Mamas & the Papas), la chaqueta de cuero de Joey Ramone.

Las distintas salas explican la historia del rock, su lucha permanente contra el establishment y sus momentos fundacionales: la revolución hippie por la no violencia que, tras fracasar, dio lugar al grito punk de NO FUTURE; el glamour ochentero al que siguió la apatía existencial grunge de los 90. La rebelión juvenil y las consignas generacionales de casi un siglo ordenadas cronológicamente, con sus reliquias disecadas, enmarcadas y expuestas para el escrutinio de los visitantes.

Una vez más presenciaba la paradoja del rock, el constante oscilar entre su rol de outsider y la inevitable domesticación del circuito comercial. ¿Qué habrían dicho los recalcitrantes punks de haber visto las poleras con la palabra “anarquía” y el logo del museo vendidas por 20.99 dólares a la salida?

El slogan de sexo, drogas y rock & roll está impreso en magnetos para pegar en el refrigerador y en tarjetas postales. La vida verdadera, decía Rimbaud, está en otra parte. El rock, ciertamente, no está en el museo del rock, así como pocas veces está en los grandes estadios.

Esa noche, en el pequeño Beachland Ballroom, unas doscientas personas aguardaban la llegada de Rural Alberta Advantage. Casi nadie prestó atención cuando un barbudo Ben Schneider subió al escenario, con el resto de sus músicos, y empezó a producir la envolvente atmósfera de “Mighty”.

Estoy segura de que algo pasó en ese momento, así como no me cabe duda de que muchos habrán regresado esa noche a sus casas a googlear el nombre del grupo. Por ahora, Lord Huron debe conformarse con telonear para bandas más conocidas de la escena indie. Mientras tanto, el gospel no se difunde en la Rolling Stone sino en Youtube, en los blogs y en los pequeños bares. Es posible que Lord Huron también sueñe con una portada en la Rolling Stone; para entonces, claro, ya estaremos en sumergidos en otras búsquedas.