Un jueves cualquiera después de unas pilsen y unos churrascos en El Cuervo, con mi loco sufrimos del síndrome de hipertermia bucal, así es que para sanar aquel mal fuimos al Chivas Bar por un whisky sour, los cuales terminaron siendo 3 para cada uno, con marrasquino incluido.

Nos fuimos tranquilos después de conversar largo rato en el bar caminando por el parque Bustamante, donde es habitual ver animales vagabundos en la noche o gente que saca a pasear a sus mascotas.

Pero esa oscura noche de jueves 13 nos encontramos con un robusto perro negro, lustroso, bien alimentado, digno de tener un padre humano, estaba asustado y no nos dejaba pasar, gruñía y estaba muy nervioso, angustiado y temeroso.

Como iba media chispy chispy y nunca le he temido a los perros, le hice cariño en la cabeza, con este acto dejaba de gruñir y se tranquilizaba, pero al retirar la mano volvía a su estado de agresividad.

Tengo que haber repetido unas cuatro veces la acción intentando calmar al amigo sabueso, pero no había caso, estaba totalmente asustado y ofendido por alguna razón y no permitía que siguiéramos nuestro camino.

En la última oportunidad que dejé de acariciarlo, bajé mi mano y nos disponíamos a caminar cuando el can se alteró aún mas, me agarró la mano izquierda y comenzó el desgarro carnal con sus colmillos malolientes, aquel que no se suelta por ningún motivo hasta ver ese pedazo de fiambre quieto y moribundo.

Los sour que abrigaban mi interior permitieron mantenerme tranquila, luego de un corto forcejeo me quedé quieta y así soltó mi mano.

El pobre, asustado se fue corriendo, nosotros atravesamos la calle y comenzó el dolor más grande que he sentido en mi vida. Mi mano estaba desangrándose, con tejido graso expuesto, piel en pequeños colgajos y orificios que atravesaban el tejido blando de los nudillos.

No podía parar de llorar del dolor.

Ahí comenzó una pequeña discusión con mi acompañante, él aseguró que las clínicas son mejor y más seguras que las postas de urgencia, me convenció de ir a la clínica Las Lilas, yo quería ir a la Posta Central, la misma en la que me saqué las muelas del juicio por $2.000

De entrada en la clínica todo fue medio raro, algo patético diría más bien, con el solo hecho de llegar a urgencias me sentaron en una silla de ruedas, (por una mano mala), me daba vergüenza esa situación, pero me obligaron hacerlo, era como el suceso Kenita Larraín en versión piante.

Me ingresan a un box y una chica con cara de pocos amigos me empieza a derramar suero en la mano, yo lo único que quería era un calmante para el dolor, lo que ella me hacía más me dolía. Luego entra la Dra., bien rara la eñora, era como Bob Patiño en versión femenina, con aspecto de que estudió medicina para agradar a sus padres o que sé yo, ganar mucho dinero.

Le comenté que soy médico veterinario y algo me manejo, para que no me vendiera la trucha, pero ni me pescó. Llama a otra enfermera muy rara, fea, gorda y pesada, con cara de colon irritable de tránsito lento, me pone una vía a la vena con ketoprofeno, ve mi tatuaje en el brazo derecho y comenta entre dientes “no sirve”, así es que sin piedad por mi mano afectada me chanta 3 inyecciones en mi extremidad izquierda.

Le pregunto “la antirrábica no se pone en la guata”, ríe burlescamente: “eso era antes poh!” (Con voz de Ursula, la bruja del mar) bueno, más me dolió donde me la puso ahora!

La Dra. no sabía qué hacer, puesto que mi mano sangraba por los dos lados, ya que los colmillos del perro la atravesaron.

Me mandó a sacar radiografías, aunque que era evidente que no había fractura.

El chico practicante, hippie, cuico y mala onda me chanta la mano en una placa y sin preguntar ni dar instrucciones, me irradia sin piedad 4 veces ya que no le resultaban las Rx.

Al salir me hace sentar en la silla de ruedas nuevamente y le pregunto: “¿no hay fractura verdad?”, me responde, “eso te lo va a decir el traumatólogo”.

Le insisto: “tú que sabes y tomaste las placas debes observar de que no hay nada”. Me vuelve a decir que el traumatólogo me lo dirá. Terrible buena onda el ruciecito con cara de mamoncito.

Al volver al box 3, la Dra. Patiño me infiltra lidocaína en 4 puntos de mi mano mala y con muy mala mano la de la eñora, comienza a separar los tejidos para suturarme.

Pero resulta que la hemorragia no paraba por el otro lado de la mano. Ella se para bruscamente, se saca los guantes y dice “no sé que hacer, que lo vea el traumatólogo mañana, pide una hora”. Deja todo tirado, no me hace nada y la dulce enfermera me pone un tremendo guante de box, un cabestrillo y me saca la vía.

Me echan del box en la silla de ruedas y al pedir la cuenta me encuentro con la sorpresa de que el monto era de $168.000.

Al ver cada detalle, descubrí que la vacuna antirrábica -que es gratis en el servicio público- la cobran nada más y nada menos que a $34.000 y que además debía volver a inocularme al lugar 4 veces más. JA! Lopenchu!

El lugar tiene la infraestructura necesaria para ser una excelente clínica, pero la ineficiencia e insensibilidad de algunas personas que trabajan allí lo hace un desperdicio de recursos añorado por el servicio público.

La eñora care raja cobra una consulta de $30.000 por hacer las cosas a medias, en un hospital me hubiesen chantado todo lo necesario, posiblemente igual de brusco que en la clínica y lo mas probable es que me hubiesen hueviado por mi olor a copete, pero sin pagar más de un sueldo mínimo por una atención básica. Pero claro, después de esperar unas largas horas.

¿Y por qué no fuimos a la posta? Por inocentes, pensábamos que tendríamos una atención de primera y que la Isapre ayudaría con el reembolso, pero resulta que “Más vida” solo devuelve la consulta y las Rx, total del monto cancelado = $100.000, poco menos de un sueldo mínimo. “Su silencio es la medicina que nosotros no fabricamos”.