El año pasado llegué a Lima y lo primero que hice fue preguntar a todo el mundo por Wendy Sulca. “¿Quién?”, me dijeron los periodistas de Etiqueta Negra y El Comercio, dos de los medios peruanos más importantes.

Esa noche terminé en una cena en honor del poeta Rodolfo Hinostroza, y muchas de las estatuas ahí presentes reaccionaron de la misma forma. ¿Era posible?

Para entonces, el video “Cerveza, cerveza” de Wendy Sulca había sobrepasado el millón de visitas en Youtube y el tema “La tetita” le seguía de cerca. Wendy Sulca ya era un fenómeno mediático viral y “En tus tierras bailaré” —una colaboración mega-kitsch con la también peruana Tigresa del Oriente y el ecuatoriano Delfín Quishpe a.k.a Delfín hasta el Fin— causaba furor en Argentina, México y España.

La primera vez que escuché hablar de Wendy fue hace dos años, en una noche increíblemente gélida en Ithaca, Estados Unidos, durante una reunión de estudiantes de la universidad de Cornell.

Alguien estaba poniendo en una laptop videos de artistas callejeros latinoamericanos, y de pronto una estudiante israelí que apenas hablaba español sugirió tímidamente pasar un video de Wendy Sulca.

El shock fue inmediato. Una niña que no pasaba de los diez años (cuando abría la boca se notaba que aún estaba cambiando de dientes), vestida con el traje típico del folclore peruano, cantaba con voz chillona “quiero tomar cerveza” a la orilla de un mar encrespado.

La canción-homenaje a Israel, “En tus tierras bailaré”, inspiró un artículo de la periodista mexicana Alma Guillermoprieto en el New York Review of Books, que titulaba: “What is That Monkey Doing Behind the Rowboat?” (“¿Qué está haciendo ese mono detrás del bote?”). Yo me preguntaba lo mismo. Tenía que encontrar a Wendy Sulca.

A veces el camino más seguro es el más directo. Así que busqué la website de Wendy Sulca, anoté un teléfono y llamé. Para mi sorpresa, contestó ella.

Después de hablar con su mamá para que aprobara la entrevista, quedamos en encontrarnos al día siguiente en casa de una tía de Wendy.

Tanto Wendy Sulca como su tía vivían en Lima extraradio, en San Juan de Miraflores, un distrito que acoge a miles de migrantes de la provincia. El taxista que me condujo insistió en esperarme hasta que terminara la entrevista; según él, la zona era peligrosa para una turista después del atardecer.

En la casa de la tía flotaban los retazos de tela: la señora me explicó, mientras sostenía en los brazos a una niñita de unos tres años, que la familia se dedicaba a fabricar peluches.Wendy ayudaba con el relleno.

En ese momento apareció la señora Lidia —la madre de Wendy y también su manager— y se disculpó por el retraso de su hija: acababa de salir del colegio y estaba probándose el traje.

Mientras esperábamos, la madre me contó que deseaba algún día poder cambiarse de barrio. Los ladrones habían asaltado ya cinco veces su casa, pensando que tenían mucho dinero, y en el último atraco le habían puesto un revólver en la cabeza a Wendy.

“La gente ve los videos de Youtube y piensa que somos ricas”, dijo la señora Lidia, que perdió a su marido en un accidente de tránsito cuando Wendy era pequeña. Desde entonces, la señora Lidia se dedicó a promover la carrera de su hija como artista folclórica infantil.

La trayectoria de Wendy Sulca empezó en las polladas, fiestas populares en las que se recauda fondos para apoyar alguna causa. Las polladas pueden durar toda la noche y allí la cerveza circula sin parar.

Durante los primeros años, madre e hija tenían que viajar en autobús a pueblos muy lejanos donde las contrataban para amenizar las fiestas. Como no siempre tenían dinero para los boletos, los choferes las dejaban viajar en el compartimiento de equipaje.

Wendy a veces llegaba tan agotada que tenía se echaba a llorar y se negaba a subir al escenario. La señora Lidia comentó que los videos de Youtube, por más que tuvieran millones de visitas, no le reportaban un centavo, y que los ingresos todavía provenían de las contrataciones para actuar en las polladas.

Mientras me contaba esto apareció finalmente Wendy, esbelta, sonriente y radiante dentro de su traje típico. Al frente de su amplia falda llevaba la figura de una llama, a un costado resplandecía con toda arbitrariedad la imagen de una Barbie.

Wendy explicó que el folclore peruano era así: se alimentaba de todas las fuentes. Poco quedaba de la niña con cara de sufrida de los primeros videos de Youtube: Wendy se había convertido en una adolescente de 14 años muy segura de sí misma.

Me dijo que no le importaba que se hicieran la burla de ella en internet, que las parodias solo hacían crecer su popularidad. Le pregunté si le gustaba el huayno, el tipo de música folclórica con el que se inició.

Contestó que no, que el huayno le aburría, que en realidad a ella le gustaba el rock latino, pero que no le importaba seguir cantando huaynos si eso era lo que esperaba la gente.

Su grupo favorito era la banda mexicana Panda. No tenía novio, dijo, pero cada noche debía apagar su celular porque las llamadas de admiradores desconocidos no la dejaban dormir.

Era buena alumna y en el colegio todos conocían sus videos —algunos compañeros se hacían la burla de ella, pero eso no le importaba. Estaba consciente de que en la capital limeña la gente la ignoraba, pero en los pueblos todos la conocían y se sentían orgullosos de ella.

Anochecía y afuera el taxista tocó la bocina indicando que era hora de marcharnos. Antes de salir me tomé una foto con Wendy Sulca y le pregunté cuál era su sueño para el futuro. “Quiero ser maestra de escuela”, dijo simplemente.

Poco después supe que Calle 13 la invitó a participar en la grabación de un video, y luego la revista Rolling Stone de Argentina la entrevistó; algún tiempo después ya estaba participando en festivales en el extranjero.

A la alta cultura limeña todavía le costaba reconocer a la pequeña cantante de “Cerveza, cerveza”, pero en la provincia y en el extranjero Wendy Sulca era una celebridad.