Hoy fue una de esas mañana en que amanecí deprimida con ganas de desayunar  medias lunas con un café cappuccino. Después de visitar al doctor entré a la pastelería Paradiso de Huérfanos con San Antonio a servirme el desayuno anhelado, era el medio día y como siempre transitaba mucha gente gris por el sector.

Al sentarme en el local observé como una joven mujer rubia, bien producida y obesa pedía un completo en oferta a 350 pesos, sin sentarse se lo come en más o menos 3 mascadas, de inmediato pide otro y se lo vuelve a comer parada. Se va del local y llega una joven madre con su hijita, vestía sin gracia y su obesidad era notable. Pide dos completos y un berlín, sienta a la hija y la joven se come los dos completos al hilo parada, sin disfrutarlos. Su hija la miraba con cara de “¿no me darás nada a mi?”.

A los 5 minutos entra un hombre; creo que era su pareja por lo mal que se trataron; la reta porque no le había pedido completo a él, ella le grita que vaya a pedirlo a la caja, que no la huevee y mueve su cabeza con cara de “ahueonao”. Sigue comiendo y el joven delgado, con cara de amargado se sirve su porción.

Él se va primero y ella queda ahí tomando bebida sin cruzar palabras con su hija. Al terminar, la agarra de un brazo y salen caminando.

Mi observación de lo sucedido fue obvia  ya que la mujer me mira con cara de desafiante con un tono de “¿que andai sapeando fea culia?” Di vuelta la mirada ya que me dio temor a que me enfrentara.  Al  salir noté que dejó el envase de bebida y las servilletas sucias en el mesón, siendo que hay basureros debajo de cada puesto.

En otros tiempo me hubiese causado risa esta situación, pero cada vez es más común este tipo de actitud en las personas de nuestro país, la frustración, soledad, vacío y mala calidad de vida, esa vida “tipo” soñada de hacer una familia, tener hijos y crear un hogar se desvanece con el atrapamiento de la lucha citadina y la subvaloración entre las personas.

En el artículo Chile, país de gordos, la presidenta del Colegio de Nutricionistas de Chile, Mirta Crovetto, señala que el incremento de peso entre los chilenos puede explicarse por varios factores. Uno de ellos es el hecho de que “la población mejoró su nivel de ingresos. Esto hizo que tuviera acceso a una mayor oferta de alimentos, pero no hubo políticas que regularan la calidad de la comida a la que se estaba accediendo. Así, las personas se dedicaron a consumir alimentos procesados con alta densidad energética”.

No creo que la razón del incremento de la obesidad en  Chile sea por el mejor nivel de ingresos de las personas, ya que no es que la gente este ganando más plata, sino que las políticas económicas del endeudamiento están creciendo, pero la calidad de vida está disminuyendo.

Existe un desenfreno por adquirir cosas materiales que van invadiendo el mercado a través de los medios de comunicación, la gente se endeuda, amarra y no es feliz, ni con esas cosas ni con las que vendrán en el nuevo catalogo de las grandes tiendas. Los sueños se ven truncados y vetados por el individualismo, la vida apurada y malgastada, mal pagada. El sueldo no alcanza para vivir tranquilo, las preocupaciones se implantan en cada mirada triste y gris de los habitantes de esta gran ciudad, no queda tiempo para compartir y disfrutar con lo simple. La comunicación se hace mierda o simplemente no existe, los malo entendidos afloran por estar siempre a la defensiva.

No hay un respeto por el entorno, ¿por qué dejar la basura en el mesón? ¿Hay alguien en la escala social laboral más bajo que yo que vendrá a recoger mi desperdicio? ¿Así me puedo vengar de mi maltrato diario y falta de crecimiento?

“Me odio por tanto como y me odio tanto como odio al resto y pagué…así que limpien mi mierda”.

El exceso que esta mujer tuvo al comer lo traduzco en llenar a través de la chatarra sus vacíos, sus propias tristezas y amarguras, esa vestimenta despreocupada y su desaliñada apariencia hablan de un ser infeliz, sin salida más que en el rellenarse comiendo porquería en la ciudad paradiso.