Por Rasmus Sonderris

“¿Jugar al ajedrez estimula la inteligencia?” alguna vez se le preguntó al Gran Maestro Boris Spassky.
“Claro que sí,” contestó. “Pero solamente estimula la inteligencia para jugar al ajedrez.”

Algo parecido sucede en la educación chilena. Con una enseñanza enfocada en la competencia por las notas, estimula solamente la inteligencia para someterse a evaluaciones y obtener un buen puntaje.

Siendo que invertimos mucho dinero en la educación, es comprensible que queramos comprobar sus frutos. ¿Pero qué es lo que medimos? Por ejemplo, para tener verdadera aptitud académica, es esencial dominar herramientas para la búsqueda de información, desde extraer conocimientos de libros e Internet hasta colaborar con colegas y expertos. Sin embargo, el uso de cualquiera de esos métodos en la sala de exámenes es “hacer trampa”. La verdad es que una prueba de alternativas, como la PSU, no mide mucho más que la memorización de la materia. En esta era de enciclopedias online, es una de las destrezas menos valiosas. Por ejemplo, una PSU pregunta si la primera bomba nuclear cayó sobre Hiroshima o Nagasaki. No cabe duda que saber la respuesta es señal de cultura general, pero en términos de aptitud académica, no reviste mayor relevancia que recordarse de resultados de fútbol o saber sobre la vida privada de los famosos. Todas esas cosas también están en Wikipedia.

Las empresas del futuro requerirán trabajadores con múltiples inteligencias, creatividad, iniciativa, originalidad y habilidad para trabajar en equipo. Ninguna de esas capacidades es estimulada en un sistema escolar dirigido casi exclusivamente a optimizar el desempeño en el SIMCE y la PSU, donde no hace falta redactar ningún texto, realizar ningún análisis, generar ninguna idea, o relacionarse con nadie. Si queremos que Chile sea un país desarrollado, éste es el tema que debería preocuparnos, y no tanto la trillada discusión sobre lucro o no lucro. Es lamentable que el debate sobre educación en Chile esté tan reducido al tema financiero a expensas de la discusión sobre los contenidos y métodos de enseñanza.

En Chile hoy en día, el único norte para medir la calidad son las pruebas en las que las autoridades educativas parecen tener fe ciega. Los resultados en la PSU determinan qué estudiantes se llevan las becas del gobierno, y los del SIMCE cuánto se paga en salario a los docentes. El profundo daño no radica en las pruebas propiamente tales, ni en las diferencias salariales entre los profesores, sino en los incentivos tan estrechos y arbitrarios que terminan por condicionar toda actividad en la sala de clases durante tantos años de estudio.

Nuestro sistema educativo debería ayudar a cada persona a desarrollarse para que tenga un futuro de acuerdo a sus talentos y gustos. En vez de eso, se concentra en preparar uniformemente a todos para memorizar materia que luego se olvida mucho más rápido que se aprende. No sólo se desaprovecha el potencial de nuestra juventud, sino que también convierte la educación en una carrera de desgaste donde triunfan los “mateos” más capaces de soportar el aburrimiento. Ellos son los que cosechan todos los aplausos, por ejemplo, cuando la prensa celebra a los “ganadores” en la PSU cada año, elevándolos a la condición de ídolos y ejemplos a seguir. En cambio, los niños creativos, o más susceptibles a otros tipos de aprendizajes igualmente válidos para nuestra economía y sociedad, son vistos como culpables del desprestigio de su colegio y como causantes de una baja en los sueldos de sus profesores. Los ideales así favorecidos son tan rígidos y pobres como la economía y la sociedad resultantes.

La alternativa no es una escuela hippie exenta de disciplina y metas. Veamos dos modelos a nivel internacional que pueden remediar el problema.

La primera opción es refinar las pruebas, sobre todo a nivel preuniversitario, para medir también destrezas como la creatividad, obtención de información y trabajo en equipo. En Escandinavia, por ejemplo, se realizan exámenes grupales, a veces con una duración de varios días. Los estudiantes tienen acceso a bibliotecas e Internet para preparar una presentación escrita u oral frente a un comité de examinadores que incluye a profesores de otros liceos. Obviamente esto se traduce en un estilo de enseñanza que favorece la independencia e iniciativa. Calza bien con el modelo escandinavo que es, en muchos sentidos, lo que reclaman los manifestantes en las calles chilenas, es decir, educación pública de calidad más o menos igual para todos bajo un fuerte control político. (El que la clase media pague más del 50% de su renta en impuestos es un aspecto ineludible de este modelo que no mencionan los lienzos de protesta). Siendo de origen danesa, yo me eduqué bajo ese sistema, el que sin duda tiene sus virtudes, pero no lo recomiendo para Chile. Las evaluaciones son mucho más subjetivas que en una simple prueba de alternativas. Ello exige una pericia docente y una cultura de imparcialidad que no se construye de la noche a la mañana. Aún así produce injusticia, o al menos la frecuente percepción de injusticia, en el reparto de las notas. Además, esas pruebas, por muy sofisticadas que sean, también tienen sus rigideces y limitaciones para medir toda la gama de aptitudes académicas y profesionales.

La segunda opción es la de Estados Unidos y Gran Bretaña, entre otros países, cuyas universidades tienen sus propios procedimientos de admisión, incluyendo, en muchos casos, una consideración de las experiencias extracurriculares, así como pruebas y entrevistas adaptadas a cada carrera. En Chile esto ya existe en algunos establecimientos educativos, pero habría que desarrollarlo en mucho más profundidad. El puntaje en la PSU podría permanecer como un elemento a tomarse en cuenta. Pero además, una escuela de periodismo agregaría un test de recoger y comunicar información. Un curso de enfermería podría exigir un año de experiencia laboral en la atención a personas. Y una carrera de ingeniería daría ventaja a quien demuestre alguna aplicación práctica de su dominio de física y matemáticas. De esta manera, se aprovecharía mejor una virtud del modelo vigente de educación superior en Chile, que es su gran diversidad, en vez de imponer una camisa de fuerza sobre todos por igual, midiendo con la misma vara primitiva la capacidad para ser enfermero, ingeniero y periodista.

Otra ventaja de esta última opción en el contexto chileno es que no requeriría de una reforma profunda ni de un gran aparato normativo del Estado, sino solamente de una mayor independencia por parte de las universidades e institutos. En general, sería un cambio popular entre los jóvenes estudiantes. Primero, les daría oportunidades para hacerse valer en más ámbitos, permitiendo que saquen más provecho de sus fortalezas. Segundo, fomentaría otro tipo de educación primaria y secundaria, no necesariamente menos rigurosa, pero sí más versátil, creativa, interesante y acorde con los tiempos. Para los profesores sería un desafío, y tal vez para muchos un tanto incómodo, tener que estimular más tipos de inteligencia que la de rendir pruebas. A largo plazo la solución también pasa por cambios en la carrera del magisterio para desterrar finalmente esa pretensión anticuada de enseñar materia como se carga un disco duro.

Pero aquí y ahora, en este momento de protesta y agitación, urge que los jóvenes manifestantes dejen de obsesionarse tanto con el tema tangencial de las platas y apunten su ira contra el nefasto culto a las pruebas. ¿O será que el sistema educativo los ha dejado incapaces de transgredir las normas y romper los esquemas?