Foto: Agencia Uno

Piñera prueba una vez más en este cambio de gabinete que los que lo detestan no lo conocen. La complicada fórmula que ensaya aquí para dejar contentos a todos los partidos de su alianza y a todas las tendencias dentro de esos partidos, demuestran un agudísimo sentido de lealtad y delicadeza que los que lo llaman Piraña no pueden imaginar. Nadie, o casi nadie -o sea Ena- queda herido después de este cambio de gabinete. Esto, al costo de un enredo de cargos y enroques difícil de explicar a cualquiera que no esté enterado de la trastienda más pequeña de la política chilena.

Lo único realmente claro y práctico aquí es la incorporación de Andrés Chadwick en un ministerio para el que pareció haber nacido. ¿El resto? Dejar a Hinzpeter justo cuando su único triunfo, las cifras de delincuencia obtenidas gracias al terremoto, parecen ir desapareciendo. ¿Qué más? Cambiar a dos ministros, Kast y Bulnes, que sabían lo que estaban haciendo -porque conocían el tema en que trabajaban- para ponerlos en ministerios que no conocen, todo para dejar cortando cintas y besando niños al ministro más cuestionado y más cuestionable de la transición, el turbio Joaquín Lavín, el hombre que no necesitó ni corromperse para ser el más corrupto de todos los ministros de estos últimos veinte años. Un enroque ministerial que se parece demasiado a castigar a los que lo hacen bien y premiar a los tramposos, los que no dicen lo que ganan, los que ganan a espaldas misma de la ley: Larroulet y Lavín, la cara misma de eso que, como son de derecha y gente bien, se llama lucro, eso que se llamaría, de ser concertacionistas y más morenos, frescura, arreglín, o simple caraderajismo. La puerta giratoria, la primera es la vencida y todo el resto de los eslóganes anti delincuencia se aplican en este gobierno solo a los pobres y los flaites que rellenan las cárceles que el ministro Bulnes estaba empezando a descomprimir cuando lo sacaron del trabajo para quemarlo en tratar de imponer un acuerdo que no acuerda nada en educación.

El presidente escuchó a El Mercurio o incluso La Tercera, pero perdió la oportunidad única de dar una señal moral potente y expulsar de su gabinete al conflicto de interés y la manipulación mediática que han enfermado a la gente mucho más allá que la torpeza verbal o emocional del presidente y su equipo político. Lavín y Larroulet, pero también Echeverría, Golborne o Hinzpeter. La política entró al gabinete y tendrá quizás la ventaja y la fuerza de ordenar a las huestes y hablar un solo discurso, uno que no olvide la palabra igualdad del menú de ofertas y promesas que veremos crecer al por mayor. Un gabinete casi coherente, casi poderoso, que no podrá sin embargo reparar el centro mismo del problema que no es otro que ideológico. Porque -escribo esto en Nueva York- lo que fallaba en Bush Júnior es lo mismo que falla en Piñera, no su incontinente lengua, no su tendencia a decir cualquier cosa de cualquier manera, sino su ideología, el conservadurismo compasivo como lo llamó Bush JR, la nueva derecha como lo llamó el Karl Rove chileno, Rodrigo Hinzpeter.

Los chascarros de ambos presidentes son los de sus ideas, o más bien esas ideas le son cómodas y posibles a estos hombres de pensamientos superficiales e ideas baladíes, que nunca dejan de ser hijos, que comprenden el mundo y sus países como una gran familia disfuncional que todos sus intentos de unir a través de trampas y mentiras piadosas sólo desunen más. Estas ideas, esta visión del mundo, teñir el neoliberalismo de un tinte popular y populista, no ha cambiado. Sólo que ante la crisis que por todos lados -menos la economía- se asoma, la derecha chilena ha decidido recurrir de manera fetichista al recuerdo del último momento de la historia en que gobernó en democracia sola y sin contrapeso: el parlamentarismo de comienzo del siglo XX. Presidentes semi jubilados, parlamentarios que hacían y deshacían gabinetes, protestas que lideraban las federaciones de estudiantes y los anarquistas, la desigualdad que era casi la misma que la de hoy, la prosperidad del salitre que estaba a punto de convertirnos en un país desarrollado, el trauma de la guerra civil del 91 que obligaba a llegar a acuerdos antes que la sangre llegara al río.

Mi bisabuelo Manuel Rivas Vicuña fue uno de esos políticos que hacían y deshacían gabinetes dos veces al año. Lo hacía, pensaba él, para permitir en medio de este enredo de primos, cuñados e intereses creados, para lograr mediante suaves reformas que la vida de los pobres mejorara. Logró así sacar a adelante la ley de instrucción primaria obligatoria porque como hoy, pensaba que la educación haría los cambios que la economía o el sistema político no podían hacer. Ante todo, como Correa, como Insulza, como Longueira, pensaba que quería evitarle al pueblo la sangría de una revolución, queriéndolo antes todo evitársela a sus amigos y conocidos. Una lección que aprendió con dolor, exilio y olvido -¿quién, a no ser los muy viejos, lo recuerdan?-, una fatalidad de la que tuvo sin embargo un aviso cuando se encontró en la calle con Alberto Edwards, el autor de “La Fronda Aristocrática” ese libro que tantos citan ahora sin leer. Necesitado de un ministro para cerrar un gabinete le ofreció como si nada el ministerio de Hacienda. El escritor horrorizado agitó nerviosamente los brazos como si le hubiese echado encima una maldición.

“Esto va a terminar a palos, Manuel. Esto no da para más. Hay que escoger si quieres estar del lado de los que apalean o de los apaleados. Yo quiero estar del lado de los que apalean. No digas que no te lo advertí”.

Advertencia que tomó todo su sentido algunos años después, cuando Edwards se hizo ministro del mismo Carlos Ibáñez del Campo que expulsó a mi bisabuelo a empujones y culatazos en el primer barco, a Arica primero y Estados Unidos, y Francia, y Turquía, un exilio del que no volvió nunca del todo porque el país, tal como lo adivinó Edwards, no era el mismo, no era el suyo, no lo era ni siquiera cuando creía manejarlo y gobernarlo. Como le sucedió a mi bisabuelo, el país que gobierna Piñera no es él que cree gobernar. Ni la unidad de toda la clase política, ni el miedo de toda la clase empresarial pueden cambiar el hecho que tarde o temprano cuando un país se ha enviciado con su propia desigualdad, cuando no sabe cómo salir de ella, llega a la hora de los palos. Nada quita que haya, como en esa calle Ahumada de 1913, que escoger si vas a estar del lado de los que apalean el sistema de los que reciben los palos con él.