Quizás conviene mirar a Francisco Javier Errázuriz no como una excentricidad sino como el centro mismo de la elite que hemos ido construyendo en estos últimos veinte años. Es cierto que se atreve a hacer cosas que otros empresarios chilenos no se atreven; que va más lejos que nadie y puede ser violento y absurdo como pocos otros empresarios lo son. Es cierto que habla más rápido que nadie y tiene menos pudor que nadie. Su historia sin embargo, el sustento profundo que mueve sus acciones, es sin embargo el mismo del Presidente, algunos de sus ministros, y no pocos de los directores de La Polar y otras empresas. Esa leyenda personal, esa visión del mundo y Chile, de la que Fra Fra es la parodia más extrema, es quizás la razón profunda de ese desencuentro de la elite y la gente, el trasfondo de toda esta crisis que por primera vez no es económica, que no es del todo política, ni del todo cultural, que es moral, es decir todas las anteriores.

En Fra Fra vemos la misma escisión moral que en el Presidente, su ministro de Educación, su intendente de Santiago, o su ministro de Deportes, incapaces de ver que el país no es lo mismo que sus bolsillos o su poder personal, incapaces de reconocer que los privilegios de los que gozan no son naturales, y que la lógica de sus negocios no es la del mundo. Esto, que es común a toda clase dirigente poco fiscalizada, tiene en Chile un componente especial. Esa elite nació del hambre, conoció la intemperie, que se hizo en tiempos de oscuridad, de muerte. Es una elite privilegiada que se ve a sí misma como épica, luchadora; perseguida incluso.

No abusan por el simple placer de abusar, creen realmente que están ayudando al país cuando se ayudan a sí mismos. Les parece absurdo que les pregunten por el lucro, porque están íntimamente convencidos que el dinero les da lo mismo, que comen y se visten como cuando eran mucho más pobres. Como todos los hijos de una revolución -la de Pinochet-, confunden los medios y los fines. Si se hicieran ese tipo de preguntas, si hubiesen tenido escrúpulos, si hubiesen sentido la culpa que a veces visitaba a sus padres o sus hermanos mayores, no sólo no hubiesen prosperado sino que no hubiesen sobrevivido. En eso no se diferencian de la izquierda de su misma generación. La dictadura fue para todos una lección de realismo crudo. Nadie, ni los regalones del régimen, se libró de la grisura, de la traición, del miedo. La frivolidad presidencial, o la del Fra Fra, nace justamente de ese contacto con la oscuridad de origen, con la complejidad de un tiempo en que morían como moscas los demasiado delicados de olfato.

Nada se les regaló a estos regalones y fue con hambre, con una irrestricta hambre, que todos llegamos al banquete, cada uno a comer lo que pudiera. ¿No es esa hambre la que explica la desmovilización de los noventa? ¿No es esa educación en el cínico rigor de la dictadura lo que no le permite a la elite de ambos bandos comprender por qué los estudiantes no se contentan con las becas y los créditos que les regalan, por qué les importa ahora el cómo y a cambio de qué se las dan?

El hambre de ya no tan pobres, la de los nuevos ricos, la de este especie rara que nos gobierna, que un amigo llama “los de nuevo ricos”, especie sui generis, específicamente chilena, el Fra Fra, Sebastián Piñera, o el twittero insigne Jorge Errázuriz, que se sienten hijos de una tradición antigua, con calles, palacios y leyes y ministros en el gabinete, pero al mismo tiempo se sienten hijos de su propio esfuerzo, herederos de nada más que un nombre, obligados a trabajar desde muy joven, despertándose más temprano que todo el mundo.

Huasos de paking, empresarios con mentalidad de jugador de casino, el éxito en ellos no logra opacar la sensación previa, la de haber sido antes que todo, y sobre todo, expropiados. Prefieren pensar que
han sido víctimas de la reforma agraria de la que se han beneficiado como nadie; prefieren pensar que salvaron a Lagos que los salvó a ellos; que aguantaron a la Bachelet, que los enriqueció como nadie. El desarraigo desde el que hablan es más profundo que cualquier triunfo; la orfandad que escenifican es la de su clase -que fue expulsada a patadas de la primera línea de la política en 1938- pero también la de sus vidas a contracorriente en colegios donde se burlaban de ellos por saber ellos y no el resto lo que querían y tener que pelear día a día cuando los lindos del curso se perdieron en la ilusión de heredar de alguien o de vivir del cuento.

Desprecian muchos de ellos la sofisticación libresca. Los cuadros, los colores, la forma de sus casas. Llaman a eso austeridad cuando es sólo simpleza. Se califican de liberales porque sienten a lo lejos el desprecio con que los miran los conservadores. Poco o nada se distingue su vida de la de estos. Se sienten populares. Pelean contra la ruina de los tíos, la de los abuelos que se encamaban, que deliraban, que se casaban con primas o se enamoraban de sus hermanas. De alguna forma el lenguaje estrictamente pragmático, su odio físico a cualquier sofisticación, es su forma de rebelarse contra las taras genéticas a los que los excesos de matrimonios consaguíneos los condenan: el porte, la locura. El embuche de Donoso, el orden de las familias de Edwards. Son a la vez decadentes y aspiracionales, nuevos y muy antiguos, tradicionales y excéntricos.

En sus vidas llenas de acierto, un solo error se interpone siempre: la política. Ese trabajo para el que a primera vista tienen todas las ventajas, el contacto con la historia, el conocimiento del presente, la frivolidad y la capacidad técnica, los millones en las casas y la ambición sin límite y, en el caso del Presidente, hasta buenas ideas y buena voluntad. La política en que sin embargo -porque ésta siempre tiene que ver con la moral- queda más claro que en ninguna parte la distancia que separa lo que son de lo que creen, de lo que quieren ser. Ruina para ellos, pero lo que es más grave, ruina para la derecha política y económica que se ve a sí misma en el peor de los espejos posible, la cara misma de su subconsciente más recóndito, las ganas de ser comprendida sin comprender nada, la ambición de pasar a la historia sin leerla, la enormidad de unos privilegios que leen como una maldición.

Desnudos de todas las formas posibles -Karadima, Kodama y otra K del montón-, en ese delicioso carnaval que acabará con justos y pecadores al mismo tiempo, la derecha pinochetista, la política, la intelectual, arrastrando a todo el resto del mapa político hacia el magma sin ideología visible, hacia esas otras elites peruanas o argentinas que no se dan ni el trabajo de presentarse en las elecciones, que se contentan en manipular de lejos los títeres sin cabeza.