“La locura se combate con democracia”. En la tragedia que supone cada una de las víctimas ha exigido más democracia, más apertura, más humanidad, aunque sin ingenuidad. Valientes y sabias palabras las del Primer Ministro noruego Jens Stoltenberg, que en las horas más aciagas post atentados que costaron la vida a cerca de un centenar de personas, ha sabido poner mesura en la desgracia.

En una sociedad que ha privilegiado la libertad y el respeto de los derechos, con una democracia “abierta” como les da en llamarla, donde no se han hecho cargo ni parte de la locura colectiva por la seguridad en perjuicio de las garantías de todos, vivir experiencias como estas debe ser perturbador. Sin embargo, haciendo gala de temple oportuno han reaccionado con declaraciones explícitas de sensatez y sin desenfreno, abogando por mantener los espacios de libertad construidos con esfuerzo.

Porque el más trágico favor que podrían hacerle a la persona que aparentemente cometió ambos atentados, o a los excesos y la incomprensión que él represente, es ceder en lo que han conseguido limitando sus propias vidas. El regalo que los noruegos pueden ofrecer hoy al mundo, aún desde los miedos y el dolor que lógicamente puedan sentir, es mostrar que ellos son quienes triunfan cuando mantienen sus espacios de derechos, en un ejemplo maduro de civismo, de amor y aprecio por la libertad, de respeto por las garantías de todas las personas.

Con mucho menos estímulo, hemos visto en nuestro país muchas veces sobre reaccionar a ciertos eventos, sobredimensionando conflictos, dándoles un carácter inadecuado, generando con ello únicamente limitaciones a nuestras propias vidas, estigmatización, discriminación y la imposibilidad de asentarnos como una democracia plena que busca la igualdad y la equidad.

En lugar de buscar conocer e imitar experiencias de países con niveles de criminalidad avanzados y buscar herramientas de lucha contra excesos de los que carecemos en nuestro país; en lugar de buscar las soluciones más confrontacionales, harían bien muchas de nuestras autoridades en intentar conocer y replicar los caminos seguidos por países tan desarrollados en la paz y la sana convivencia como estos.

Que vivan situaciones excepcionales de conflicto, no supone un fracaso de su opción. Muy por el contrario, el desconcierto que genera una situación como ésta no es sino explicable desde la anormalidad que irrumpe en su realidad pacífica de convivencia con respeto. Si el origen de este atentado es el racismo arraigado, es también ocasión y espacio para un análisis profundo de los males que aquejan a un mundo que debiera crecer sin fronteras. Si lo que ocurrió en la isla de Utoya y en Oslo, la matanza noruega es, como parece, la expresión más extremista del fascismo al multiculturalismo y una reacción desquiciada a los temores a la inmigración de ese orbe sin confines, debiera dar lugar a una reflexión sobre los peligros del miedo y el desprecio al otro.

Desafortunadamente esto puede ocurrirle a cualquier estado y gobierno, y la paranoia que hoy campea en occidente, de seguro no habría previsto un atentado así, ni probablemente habría podido evitarlo. En su visita a nuestro país en marzo del 2009 en la Cumbre de Líderes Progresistas, Jens Stoltenberg y los demás líderes mundiales que asistieron, concordaron en la necesidad de encontrar un orden social y económico más justo, con respuestas progresistas que supongan una regulación más profunda del mercado financiero y una democracia ciudadana -qué oportuno suena-. Mantenerse en esa búsqueda, inconclusa y retrasada, y apurar las soluciones es la reacción pacífica a la locura del exceso que puede cambiar el mundo.